Novio de mentiras Capítulo 29 — El radar
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Capítulo 29 — El radar

El patio de la casa de la abuela tenía una buganvilia que se salía por la barda, dos sillas de fierro y un silencio que engañaba.

Nos sentamos ahí, después de la iglesia, porque Valeria dijo que necesitaba cinco minutos de paz antes de la cena de ensayo. Yo dije que la acompañaba. Ella dijo que no hacía falta. Yo me quedé de todas formas. Fue de esas discusiones que no se discuten.

—El padre Memo nos vio —dijo ella, con las manos alrededor del vaso de agua—. Nos vio la cara.

—El padre Memo tiene setenta años y cree que las miradas se ensayan —dije—. No nos vio nada.

—Te vio. Me vio. Dijo que la mirada era de mentira. —Me miró—. ¿Sabes qué es lo peor? Que tiene razón.

—¿Tiene razón en qué?

—En que se nos nota —dijo ella, y su voz bajó—. Se nos nota, Mateo. Que esto es un trato. Lo vio un cura. Lo va a ver mi tía Chole. Lo va a ver tu mamá. Lo va a ver todo el pueblo.

—Entonces ensayamos la mirada —dije.

—¿Así de fácil?

—Así de fácil. —La miré—. Es un contrato, Valeria. Los contratos se cumplen. Mañana, a las cinco, nos paramos en esa iglesia, ponemos la cara que haya que poner, y el domingo cada quien por su lado. Eso era el plan.

—¿Eso era el plan? —dijo ella, y su voz sonó rara—. O sea que tú sigues con el plan.

—Yo…

—Porque yo también sigo con el plan —dijo ella, rápido, demasiado rápido—. Claro que sigo con el plan. El plan es el plan. El trato es el trato. Nada de miradas, nada de fondant, nada de nada.

—El fondant no fue nada.

—Fue algo. —Se quedó callada. Luego, más bajo—: El fondant fue algo, Mateo. Y la mirada del cura fue algo. Y el domingo, cuando esto se acabe, no quiero quedarme con la duda de si fue algo o no fue nada.

No supe qué contestar. Porque ella tenía razón, y las dos cosas eran verdad al mismo tiempo: era un trato, y era algo, y yo no sabía dónde terminaba una cosa y empezaba la otra.

—La abuela —dije, de pronto, mirando la ventana de la casa.

—¿Qué?

—La cortina. —Señalé la ventana del cuarto de la abuela—. La cortina se movió.

Valeria se puso pálida.

—¿Cuánto oyó?

—No sé. —Sentí el corazón en la garganta—. No sé cuánto oyó.

Repasamos, en voz baja, todo lo que habíamos dicho desde que nos sentamos. El padre Memo. La mirada. "Se nos nota que esto es un trato." El plan. El domingo. Cada quien por su lado. Todo eso, dicho en el patio de la casa de la abuela, a un metro de su ventana.

—Dijimos "trato" —dijo Valeria, con la voz rara—. Dijimos "contrato". Dijimos "el domingo cada quien por su lado". —Me miró—. Si la abuela oyó eso, Mateo, se acabó todo. Todo.

—O no oyó nada —dije—. Las cortinas se mueven con el aire.

—¿Y si oyó?

—¿Y si no oyó?

—No me contestes con otra pregunta —dijo ella, con los dientes apretados—.

Esto es serio. Mi abuela es la persona más lista del pueblo.

Si ella sabe lo del trato, lo sabe todo el pueblo antes del domingo.

Y mi mamá. Y mi tía Chole. Y Paulina. Y la boda.

—Se pasó la mano por la cara—. Y el trato decía, regla número seis, que nadie se entera.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—Esperar —dije—. Y si la abuela sale con su café y su cara de siempre, es que no oyó nada.

—¿Y si sale con otra cara?

—No sé —dije, y fue la verdad—. No sé qué cara pondría la abuela si supiera.

—Pues mi abuela —dijo Valeria, con la voz quebrada—, si supiera lo del trato, no se sentaría a tomar café con nosotros. Me daría una cucharada de su propio chancla. —Hizo una pausa—. Y a ti, Mateo Del Valle, te daría dos.

—¿Dos?

—Una por mentiroso. Y otra por hacerme mentirosa a mí. —La risa se le escapó, a pesar de todo, mojada—. Mi abuela odia a los mentirosos. Desde lo del abuelo y la tienda.

—¿Lo del abuelo y la tienda?

—El abuelo le escondió una vez que la tienda perdía dinero. Se enteró hasta que quebró la mitad del inventario. —Negó con la cabeza—. Desde entonces, mi abuela dice que las mentiras son deudas: se cobran solas.

—¿Y tú qué crees?

—Creo que mi abuela tiene razón —dijo ella—. Y que esta mentira, la nuestra, va a cobrar. La pregunta es cuándo.

Nos quedamos callados. El patio, la buganvilia, el silencio. Y entonces la puerta se abrió, y la abuela salió con dos tazas de café en las manos, como si no hubiera pasado nada.

—Hijos —dijo, con su voz de siempre—. ¿Quieren café? Está recién hecho.

—Abuela —dijo Valeria, con la voz extraña—. ¿Usted…?

—¿Yo qué, mija?

—Nada. Nada.

La abuela nos sirvió el café. Se sentó en la tercera silla, la que no estaba, la que aparecía siempre que ella decidía sentarse. Tomó su taza. Y nos miró a los dos, despacio, con esa mirada suya que no se apura.

—Este patio es muy bonito —dijo—. Muy tranquilo. Aquí no llegan los chismes, ni las prisas, ni los ruidos de la calle. —Tomó un sorbo—. Y uno, de viejo, aprende a no oír lo que no le toca oír.

—Abuela… —dijo Valeria.

—Yo no oigo nada, hijos —dijo la abuela, con una calma que daba miedo—. Aquí no se oye nada.

Y siguió tomando su café, con los ojos puestos en la buganvilia, como si no hubiera dicho nada, como si no hubiéramos dicho nada, como si el patio no estuviera temblando.

—¿Sabes, mijo? —dijo, de pronto, mirando a Mateo—.

Yo a tu abuelo lo conocí en una boda. Él era de la familia del novio, yo de la de la novia.

Y nadie nos presentó. Nadie nos dijo nada.

—Sonrió, con una sonrisa que se le fue a otro lado—.

Pero esa noche, en el baile, me pidió una canción, y yo supe que ese hombre iba a ser mi esposo.

—Tomó otro sorbo—. No me lo dijo nadie. No había trato.

No había plan. Había una canción, y un hombre que me miró, y yo supe. Así de simple.

—¿Y cómo supo que era de verdad, abuela? —preguntó Valeria, con la voz rara.

—Porque no me lo tuvo que decir —dijo la abuela—. Cuando algo es de verdad, mija, no necesita avisar. Se siente. Como el café: no necesita que le digas que está caliente. —Nos miró a los dos, despacio—. Lo caliente se siente solo.

Se quedó un momento en silencio. Luego se levantó, con su taza, y se encaminó a la puerta.

—Yo ya me voy a dormir —dijo—. Mañana es la boda, y la abuela de la novia tiene que estar fresca para llorar en la iglesia. —Se detuvo en la puerta—. Que duerman bien, hijos. Y que no se les olvide: aquí no se oye nada.

Y entró, y cerró la puerta, y el patio se quedó en silencio.

Valeria me miró. Yo la miré.

—La abuela lo sabe —dijo ella, en voz baja—. Lo sabe todo.

—Lo sabe —dije.

—¿Y qué hacemos?

—Nada. —La miré—. Porque ella tampoco va a hacer nada. Dijo que no oía nada. Y la abuela, cuando dice algo, lo sostiene.

—Eso es lo que me da miedo —dijo Valeria, con la voz apenas un hilo—. No que se enoje. No que nos regañe. Que sepa todo y no diga nada. Que nos esté viendo, Mateo, con esa sonrisa de santa, sabiendo que somos mentirosos, y que decida esperar a ver qué hacemos.

Me quedé callado. Porque ella tenía razón.

Porque los dos sabíamos, en ese momento, que la abuela había oído todo. Y que la abuela, con su café y su calma y su sonrisa de santa, había decidido que no había oído nada.

Eso era peor.

Mucho peor que si nos hubiera regañado.