Capítulo 28 — El ensayo general
A las seis de la tarde, la parroquia de San Gabriel Arcángel olía a incienso y a flores frescas, y yo estaba parada al lado de Mateo Del Valle, frente al altar, fingiendo ser la madrina de una boda que no era la mía.
—¿Por qué los madrinos se paran aquí? —murmuré.
—Porque los madrinos son los que agarran las arras —murmuró él—. Lo dice el protocolo.
—¿Y tú qué sabes de protocolo?
—Tengo una mamá que se casa a la gente —dijo—. Se aprende por ósmosis.
—¿Ósmosis?
—Es un término de arquitecto. Significa que absorbí la información sin querer.
—O sea que no sabes nada.
—Exacto. Absorbí la información sin querer.
Se me escapó la risa, y el cura, que estaba leyendo sus notas en el altar, alzó la vista por encima de los lentes.
—¿Ya empezamos? —dijo—. Porque yo tengo un velorio a las siete.
—Ya empezamos —dijo Paulina, desde la banca donde estaba sentada con el ramo en las manos.
—¿Y los novios?
—Aquí —dijo Emilio, y se paró al lado de Paulina, y le tomó la mano con una naturalidad que me dio envidia: sin ensayo, sin trato, sin nada. Solo él y ella.
El ensayo fue un desastre hermoso.
Emilio se equivocó tres veces en dónde pararse.
Paulina le corrigió el paso con un codazo que el cura fingió no ver.
El anillo de arras se cayó dos veces y rodó hasta la banca de la abuela, que lo atrapó con la punta del zapato sin dejar de rezar.
Y la prima Regina, la de los hijos del extranjero, pasó el ensayo entero mandando fotos del altar al grupo de la familia, con el flash puesto, como si el ensayo fuera un concierto.
—¿Los padrinos tienen que ensayar algo más? —pregunté, cuando el cura nos puso la cajita de arras en las manos.
—El lazo —dijo el cura—. Cuando yo diga, los padrinos toman el lazo y lo ponen sobre los hombros de los novios, así, en forma de ocho. —Nos miró—. ¿Ya lo habían hecho? ¿Ustedes dos, digo, en alguna ceremonia?
—No, padre —dijo Mateo, con una seriedad que no le pedía nadie—. Es la primera vez que soy padrino.
—¿Y usted, señorita?
—Yo tampoco.
—Bueno. Pues el lazo es fácil. —Tomó la cinta blanca, larga, y nos la mostró—. Se pone así, sobre los hombros. Y listo. Los novios quedan atados para siempre. —Sonrió—. Es el único nudo que no se deshace con las manos.
—¿Y con qué se deshace? —pregunté, sin pensar.
El cura me miró. Un rato largo, con esa paciencia de los que han visto de todo.
—Con la vida, mija. La vida va deshaciendo los nudos. —Y luego, más bajo, solo para nosotros—: O los va apretando. Depende de cómo la vivan.
Y nos puso el lazo en las manos, a los dos, para que lo sostuviéramos, y yo sentí el peso de la cinta blanca, y el peso de las palabras del cura, y el peso de Mateo a mi lado, tan cerca que podía oler su colonia.
—Que se acerquen los padrinos —dijo el cura, al fin.
Nos acercamos. Yo con las manos sudadas —nunca había sido madrina de nada, ni siquiera en la prepa, donde las madrinas de los eventos eran siempre las niñas de las familias conocidas— y Mateo con una seriedad de arquitecto que le quedaba ridícula.
—Van a tomar las arras —dijo el cura, y nos puso en las manos la cajita de terciopelo con las trece monedas de oro—. Las sostienen así, hasta que yo diga.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté.
—Depende. Unos cinco minutos. Si la ceremonia es corta.
—¿Y si es larga?
—Entonces rezan.
Mateo me miró de reojo. Y yo, sin querer, me reí. Y la risa se me quedó pegada en la boca cuando el cura dijo:
—Y ahora, los padrinos se miran, porque se están casando también un poquito. Así se hace, hijos. Así se acompaña.
Nos miramos. Fue un segundo nada más. Un segundo frente al altar, con el olor a incienso y las arras en las manos, y la luz de la tarde entrando por los vitrales.
Y en ese segundo, Mateo me miró como si fuera de verdad.
Como si el altar fuera nuestro.
Como si las arras fueran nuestras, y el lazo, y las flores, y la iglesia entera.
—Eso es todo, hijos —dijo el cura—. Mañana, a las cinco. —Y luego, más bajo, solo para nosotros—: Y ustedes dos, ensayen esa mirada. Se les notó que era de mentira.
—¿Cómo…? —empecé.
—Tengo setenta años, mija. Yo sé lo que es una mirada de verdad. —Y me guiñó un ojo, y se fue a su velorio, dejándonos parados en el altar con las arras en la mano y la cara encendida.
—¿Eso estuvo mal? —dijo Mateo, en voz baja.
—Estuvo terrible.
—¿Y cómo se arregla?
No contesté. Porque no sabía cómo se arreglaba una mirada de verdad, o si se arreglaba, o si las miradas de verdad se ensayan.
Pero mientras recogíamos las arras y el lazo, y mientras Paulina y Emilio se tomaban fotos con la prima Regina, y mientras el pueblo entero se preparaba para la boda del año, no podía dejar de pensar en una cosa: la mirada de mentira, la que el cura había visto, había durado un segundo.
Pero me había dejado temblando.
Y si eso era de mentira, no quería ni imaginar lo que sería una de verdad.
Paulina me alcanzó en la puerta, ya con el ramo en las manos.
—¿Viste? —dijo, con los ojos brillosos—. El padre Memo dijo que los novios se miran. Y tú y Mateo se miraron. —Me dio un codazo—. Se van a casar antes que nosotros, ya vas a ver.
—Paulina.
—Es broma, es broma. —Sonrió—. Pero si se casan, me toca ser madrina. Ya la armé.
—¿Ya la armaste?
—Ya aparté el vestido. —Y se fue riendo, con el ramo, a buscar a Emilio—. ¡Y no te cases sin avisarme, prima!
—No me voy a casar, Paulina.
—¡Ya veremos!
Y yo me quedé en la puerta de la iglesia, con el corazón a mil, pensando que Paulina, sin saberlo, acababa de tocar la única cuerda que no quería que tocara: la de un futuro que no estaba en ningún contrato.
Salimos de la iglesia y la abuela nos esperaba en la puerta, con su chal y su sonrisa de la que ya sabe.
—¿Y? —dijo.
—El padre Memo dice que la mirada fue de mentira, abuela —dije.
—Ah, ¿sí? —La abuela me miró, despacio, de arriba abajo, y luego miró a Mateo, con esa calma suya de las que lo ven todo—. Pues yo la vi de verdad, mija. Yo, desde la banca, la vi de verdad.
—Abuela…
—Ya, ya —dijo, y me dio un beso en la frente—. A cenar. Mañana es el día grande, y las novias y las madrinas tienen que dormir bien.
Y se fue caminando, despacio, con el chal y la sonrisa.
Y yo me quedé parada en la puerta de la iglesia, con el corazón a mil, preguntándome si la abuela decía la verdad, o si las abuelas también saben fingir.