Capítulo 27 — La reparación
A las once y media, Mateo llegó con todo: los dos palitos de bambú, la manteca vegetal en letras azules, el kilo de azúcar glass y, además, una caja de galletas de las caras, las que venden en la tienda de Don Aurelio y que yo solo compro cuando algo muy bueno o muy malo me pasa.
—¿Las galletas son parte del trato? —le pregunté.
—Las galletas son para aguantar la reparación —dijo—. Mi mamá dice que la repostería se hace con paciencia y azúcar. Yo solo tengo azúcar.
Se me escapó la risa. Y con la risa, se me aflojó algo del pecho que no sabía que tenía apretado.
Trabajamos toda la tarde en la cocina de la tienda.
No fue como las otras veces, las de la actuación, las de la plaza o el mercado, donde cada gesto era para que alguien lo viera. Fue distinto. Fue real. Yo con las manos en el fondant, él con las mangas remangadas, pasándome las cosas antes de que se las pidiera, como si llevara años en una cocina.
—¿Cómo sabes dónde está el azúcar? —le pregunté.
—Tiene el mismo color que el de tu casa —dijo—. Y Don Aurelio tiene todo ordenado igual que tú.
—¿Que yo tengo todo ordenado?
—Tu cocina —dijo él, sin dejar de mirar lo que hacía—. El domingo, cuando me tocó lavar los platos. Los trastes por tamaño, las ollas por uso. Todo en su lugar. —Alzó la vista—. A los arquitectos nos enseñan a leer espacios. Tu cocina tiene tu firma.
Me quedé callada, con el rodillo en la mano.
—¿Qué? —dijo.
—Nada —dije—. Es que nadie me había leído la cocina.
—¿Y ahora?
—Ahora resulta que tengo firma.
Se rió. Y trabajamos en silencio un rato, y el silencio no fue incómodo, fue de los buenos, de los que no necesitan llenarse.
Le enseñé lo del fondant.
—Se amasa así —dije, con las manos en la masa—, con los dedos, de afuera hacia adentro. El calor de las manos lo ablanda. Si aprietas de más, se rompe. —Lo miré—. Como las personas, dice mi abuela. Se amasan con paciencia, no con fuerza.
—¿Tu abuela dice eso?
—Mi abuela dice muchas cosas. —Sonreí—. Esta es de las buenas.
Se lavó las manos y lo intentó. Le quedó un desastre: la masa se le rompió en tres pedazos, se le pegó en los dedos, y cuando trató de juntarla, le quedó una forma que no era ni bola ni plancha.
—Así no —dije, y le puse las manos encima, guiándole los dedos—. Así. Despacito. De afuera hacia adentro.
Y fue entonces cuando me di cuenta.
Sus manos. Las tenía yo entre las mías. Y él no se movió, y yo no me moví, y la masa, entre los dos, se fue haciendo bola, y la cocina se quedó sin aire otra vez.
—¿Y ahora? —dijo él, con la voz rara.
—Ahora… —retiré las manos, rápido—. Ahora ya sabes. Es como todo: práctica.
—¿Y cuánta práctica se necesita?
—Depende de la persona. —Volví a mi trabajo—. Tú, con unos veinte años, la armas.
Se rió. Y seguimos, y la tarde fue pasando, y entre el fondant y las galletas y las risas, se me fue soltando la tarde entera.
La regla número tres decía: nada de citas de verdad. Nada de cenas a solas, de películas, de cosas de novios de verdad.
Y ahí estábamos: a solas, en una cocina, un viernes por la tarde, arreglando un pastel que no era nuestro.
—Esto cuenta como cita, ¿no? —dijo él, sin levantar la vista.
—Es una reparación —dije—. Las reparaciones no cuentan.
—¿Y si cuentan?
—Entonces estás violando la regla tres.
—¿Y tú?
—Yo te estoy enseñando —dije—. Enseñar no es cita.
—¿Y comer galletas juntos?
—Eso es un refrigerio. Los refrigerios son neutros.
—¿Y esto? —dijo, y me pasó un pedazo de fondant con la punta del dedo, a un centímetro de mi boca—. ¿Esto qué es?
No supe qué decir. Me quedé mirando el dedo, el fondant, la manera en que me miraba, y sentí que la cocina se había quedado sin aire.
—Esto es un accidente de trabajo —dije, y le quité el fondant de la mano, y me lo comí, y no supe si estaba comiendo fondant o algo más peligroso.
—Entonces sigo sin violar la regla —dijo él, y volvió a su trabajo, con una sonrisa que se le veía hasta de perfil.
A las cinco de la tarde, el pastel estaba perfecto.
De verdad perfecto: la grieta sellada, el piso de arriba enderezado, las flores otra vez en su lugar, la parejita de novios de azúcar mirando al frente como si nada hubiera pasado.
Me quedé un momento parada frente a él, con las manos en la cintura, y sentí ese orgullo raro, el de las cosas que uno arregla con las manos.
—Perfecto —dijo Mateo, a mi lado.
—Casi —dije—. Le falta brillo.
—¿Brillo?
—Una capa delgada de glaseado. Se la pongo después del ensayo. —Lo miré—. Si quieres, te enseño.
—¿A glasear?
—A glasear. Es de las cosas que se aprenden de a poquito.
—¿Y me va a salir?
—No —dije, y sonreí—. Pero te va a salir bonito el intento.
Se rió. Y cuando salimos de la tienda, con el pastel cubierto y la tarde cayendo, Don Aurelio, que había estado toda la tarde espiando desde el mostrador, con el periódico que no leyó, nos despidió desde la puerta.
—Buenas tardes, jóvenes —dijo—. Pastel de boda, ¿no? —Sonrió, con una sonrisa de las que saben—. Se ve que lo hicieron con cariño.
—Con mucha paciencia, don Aurelio —dijo Mateo.
—La paciencia es el cariño de los que no saben decirlo —dijo Don Aurelio, y se metió a la tienda, dejándonos con la frase colgando.
Caminamos un trecho en silencio. La tarde, el pueblo, el olor a pan de la panadería.
—Don Aurelio habla como tu abuela —dijo Mateo.
—Don Aurelio estuvo enamorado de mi abuela cuando eran jóvenes. —Sonreí—. Todavía la mira con los mismos ojos. Es de las historias que el pueblo cuenta en voz baja.
—¿Y por qué no se casaron?
—Porque mi abuela eligió a mi abuelo. Y cuando mi abuela elige, no hay vuelta atrás. —Lo miré—. Mi abuela dice que las decisiones de las Montes se toman una vez y se sostienen toda la vida.
—¿Y tú? —dijo él—. ¿Ya tomaste alguna decisión de Montes?
La pregunta me llegó directo al pecho.
—Todavía no —dije—. Pero las estoy madurando.
—¿Y cuánto tarda una Montes en madurar una decisión?
—Depende. —Lo miré—. Las importantes, toda la vida. Las que de verdad importan, un segundo. El chiste es saber cuál es cuál.
—¿Y cómo sabes cuál es cuál?
—Cuando llega —dije—, se siente. Como lo del café, dice mi abuela. Lo caliente se siente solo.
—¿Y a ti te ha llegado alguna? —dijo él, sin levantar la vista.
La pregunta me llegó al pecho, y no supe si contestar, y contesté con lo primero que me salió:
—Estoy en eso.
Y seguimos caminando, y la tarde cayó, y yo sentí que había pasado la tarde entera sin pensar en el trato, sin pensar en el domingo, sin pensar en nada que no fuera la cocina y él.
Fue una tarde buena. De las que no se firman en ningún contrato.