Novio de mentiras Capítulo 26 — El pastel dañado
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Capítulo 26 — El pastel dañado

Yo había ido a la tienda de Don Aurelio por un encargo de mi mamá —la vajilla, la misma que se usaría en la cena de ensayo de esa noche— y me la encontré a ella.

Valeria estaba parada frente a la mesa de la cocina de la tienda, mirando el pastel como quien mira un accidente.

Un pastel de tres pisos, blanco, con flores de fondant y una parejita de novios de azúcar en la punta, del tamaño de un pastel de boda de revista.

Y en el costado del piso de abajo, una grieta.

Una grieta fea, profunda, que corría desde el fondant hasta la base, como una cicatriz.

—Mateo —dijo ella, sin volverse. La voz rara. Rara en ella, que nunca se quedaba sin palabras.

—¿Qué pasó?

—El camión —dijo—. El camión de las tres.

Le pedí al chofer que lo subiera con cuidado, que es de boda, que se va a cortar mañana frente a doscientas personas.

Y el chofer me dijo que sí, que claro, que no se preocupe.

—Se rió, con una risa que era más un sollozo—.

Y lo subió con las bolsas del mandado. Encima.

Con las bolsas del mandado encima, Mateo.

Me acerqué. El pastel era un desastre hermoso: la grieta, las flores ladeadas, una esquina del piso de arriba hundida como si alguien le hubiera puesto el codo.

—Tres días —dijo ella, y ahora sí se volvió, y los ojos se le veían brillosos—.

Tres días tardé en armar esto. La receta es de mi abuela.

El fondant lo hice yo. Las flores, una por una.

Y mañana Paulina se casa, y su pastel va a ser el pastel cuarteado, el que se ve en las fotos para siempre, el que mi tía Chole va a mencionar en cada boda de la familia durante los próximos cuarenta años.

—Valeria.

—¿Qué?

—¿Se puede arreglar?

—¿Cómo? ¿Con cinta?

—No sé. Tú eres la que sabe. —La miré—. Dime qué se necesita.

Se quedó callada. Me miró como si yo hubiera dicho algo en otro idioma.

—¿Qué? —dije.

—Nada —dijo ella, y se pasó la mano por la cara—. Es que no me habían preguntado qué se necesita. Don Aurelio me dijo que buscara en internet. Mi tía Chole me dijo que le echara crema batida encima. —Se rió, sin ganas—. Nadie me pregunta qué se necesita.

—Pues yo te lo pregunto.

—Se necesita fondant nuevo —dijo, y su voz cambió, se volvió de repente la de la Valeria que sabe—. Y manteca vegetal. Y azúcar glass. Y un palito de los que sostienen los pisos, porque el de abajo se movió. Y mucha, mucha paciencia.

—El palito, ¿dónde se consigue?

—En la papelería de don Román. Pero don Román cierra los viernes a las dos.

—Son las once.

—¿Y quién lo va a traer?

—Yo.

—¿Tú?

—Yo —dije, y me estaba quitando el saco—. Yo traigo el palito, y la manteca, y el azúcar. Tú me dices cuánto de cada cosa, y yo lo traigo, y tú arreglas el pastel, y mañana el pastel se ve perfecto, y tu tía Chole no tiene nada que mencionar.

Valeria me miró. La grieta del pastel, la luz de la tienda, el olor a azúcar quemada. Y por un momento, su cara perdió el pánico.

—¿Por qué haces esto? —dijo.

—¿Cómo por qué?

—No es parte del trato, Mateo. Arreglar pasteles no viene en el contrato.

—El contrato dice que tengo que parecer un buen novio —dije—. Un buen novio arregla el pastel de la prima.

—Nadie te ve aquí.

—Yo me veo.

Se quedó callada. Y luego, despacio, como quien cede terreno sin querer, dijo:

—Dos palitos. Los largos, de los de bambú. Y la manteca, la de la marca que dice "vegetal" en letras azules. Y el azúcar glass, un kilo. —Hizo una pausa—. Y… gracias, Mateo.

—No me agradezcas. Es parte del trato.

—Ya sé que es parte del trato. Pero gracias de todas formas.

Salí corriendo, con el saco en la mano y la lista en la cabeza. La papelería de don Román estaba a seis cuadras. Cerró a las dos. Eran las once y diez.

La señora de la farmacia me vio pasar por la tercera cuadra y salió a la puerta con los ojos redondos.

—¿Mateíto? —dijo—. ¿Y esa carrera? ¿Le pasó algo a la novia?

—¡Encargo, señora! —seguí corriendo—. ¡Para la boda!

—¿Un encargo? —me gritó detrás—. ¿De qué?

—¡Del pastel! ¡Se quebró un palito!

—¡Qué bonito que la ayudes! —Y luego, más bajito, para su comadre—: ¿Viste? El Del Valle corriendo por el pastel de la novia. Está bien enamorado, la verdad.

No me detuve a corregirle. En la carnicería, en la tortillería, en la papelería, todos me vieron pasar como una exhalación, y a nadie le dio tiempo de preguntarme nada.

Llegué a la papelería de don Román a las once y veinticinco, con el corazón en la boca.

Don Román estaba en la puerta, bajando la cortina metálica.

—¡Don Román! —grité, desde media cuadra—. ¡No cierre!

—Ya cerré, mijo. Son las dos.

—¡Son las once y veinticinco!

Don Román se quitó los lentes, los limpió con el pañuelo, se los volvió a poner y miró su reloj.

—Son las once y veinticinco —dijo—. Tiene razón. —Se rascó la cabeza—. Pero ya bajé la cortina, y bajar la cortina es bajar la cortina. Es una regla.

—Don Román, por favor. Es para el pastel de la boda. Se quebró el palito del piso de abajo y si no lo arreglo, la novia va a llorar delante de doscientas personas.

—¿Y eso a mí qué?

—Es mi novia —dije—. Bueno, la novia es mi prima política. Pero el pastel lo arregla mi novia. Y si el pastel sale mal, mi novia llora, y si mi novia llora, yo lloro, y si yo lloro, mi mamá me regaña. —Hice una pausa—. Y a mi mamá nadie la aguanta cuando regaña.

Don Román me miró. Un rato largo. Y luego, con un suspiro que le subió desde los zapatos, levantó la cortina.

—Dos palitos —dijo—. Los largos, los de bambú. ¿Y qué más?

—Manteca vegetal y azúcar glass.

—Eso no vendo yo, mijo. Eso es de la tienda de Don Aurelio.

—¿Don Aurelio vende manteca?

—Don Aurelio vende de todo. Hasta chismes. —Don Román me dio los palitos, envueltos en papel periódico—. Ahí están. Son gratis. Pero me debe un favor.

—¿Qué favor?

—Que cuando se case, me invite al banquete. Me gusta el pastel de boda.

—Don Román, yo no… —empecé, y me detuve—. Claro. Claro que lo invito.

—Y a la novia también. —Don Román sonrió—. La señorita Montes es buena gente. Que le vaya bonito.

Salí de la papelería con los palitos bajo el brazo y una sensación rara: el pueblo entero, la señora de la farmacia, don Román, todos hablaban de nosotros como si fuéramos de verdad. Como si la señorita Montes y yo fuéramos una pareja de verdad, con encargos de boda y favores de banquete.

Y yo, que había firmado un contrato para que nadie sospechara, descubrí que lo que más me gustaba era exactamente eso: que sospecharan.

—Manteca y azúcar —me dije, retomando la carrera—. Manteca y azúcar.

Y mientras corría por las calles del pueblo, con el sol de noviembre en la cara y la lista repitiéndose en mi cabeza —dos palitos, manteca, azúcar glass—, no podía dejar de pensar en la manera en que me había mirado.

Como si me viera por primera vez.

Yo también, Valeria. Yo también.