Novio de mentiras Capítulo 25 — Paulina se quiebra
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Capítulo 25 — Paulina se quiebra

El viernes amaneció con olor a café y a pan dulce, y con Paulina llorando en la cocina de su mamá.

Yo llegué temprano, porque la abuela me mandó con un encargo de la tienda, y la encontré en la mesa de la cocina, con el vestido de novia colgado en la percha a sus espaldas —el blanco, el de los botones diminutos, el que le quedaba como un guante— y las manos apretadas alrededor de una taza de té que ya estaba frío.

—¿Paulina? —dije, desde la puerta.

—Estoy bien —dijo, con la voz mojada—. Estoy perfecta.

—Tienes el té frío.

—Es que se me enfrió.

—¿Y por qué lloras?

—No lloro. —Se secó la cara con el dorso de la mano—. Es el humo.

—No hay humo, prima.

—Entonces es el polvo.

Me senté frente a ella. La cocina de mi tía Chole —la mamá de Paulina, la misma que nos había casado sin querer tres días antes— olía a canela y a jabón.

Paulina, la novia perfecta, la contadora que llevaba la lista de invitados en una tabla de Excel con colores, se veía todo menos perfecta: los ojos rojos, el pelo sin peinar, la bata puesta a las diez de la mañana.

—¿Qué pasa, Paulina?

—Nada —dijo—. Todo. —Y luego, con la voz quebrada—: Emilio me dijo que su mamá quiere sentarse en la mesa principal.

Y que su tía Regina va a traer a sus hijos, los que estudian en el extranjero, los que nunca saludan.

Y que su primo Fede quiere hacer el brindis, y que su prima Xime quiere cambiar el color de las servilletas porque "el salmón no combina con el otoño".

—Se rió, con una risa que era mitad sollozo—.

Y yo, que llevo un año planeando esta boda, de pronto no decido nada.

No decido el color de las servilletas de mi propia boda, Val. ¿Me entiendes?

—Te entiendo.

—Y entonces pensé: si no decido ni las servilletas, ¿qué voy a decidir en mi matrimonio? ¿En mi vida? —Me miró, con los ojos llenos—. ¿Y si me caso y un día despierto y soy la esposa de Emilio Del Valle, la que asiente, la que sonríe, la que pone las servilletas del color que diga su suegra?

—Paulina…

—No me digas que todo va a estar bien —dijo—. Porque no lo sé. Y tú tampoco lo sabes. —Se secó otra vez la cara—. Tú al menos tienes a Mateo. Tú sabes lo que quieres. Yo ya no sé ni quién soy.

Me quedé callada. Porque la mentira, otra vez, me pesaba en el pecho: yo no sabía lo que quería. Yo llevaba tres días fingiendo, y la única diferencia entre nosotras era que ella fingía ser perfecta y yo fingía estar enamorada.

—Escúchame —dije, tomándole las manos—. ¿Tú quieres a Emilio?

—Sí —dijo, sin dudar.

—¿De verdad? ¿O quieres la boda?

—Lo quiero a él —dijo, y esta vez su voz sonó distinta, más limpia—. Lo quiero cuando llega a la tienda y me cuenta de la empacadora. Lo quiero cuando se ríe de sus propios chistes. Lo quiero cuando me mira, Val, como si yo fuera la única persona en el salón.

—Entonces eso es lo que importa —dije—. Lo demás son servilletas.

—¿Y si su mamá…?

—Su mamá se sienta en la mesa principal —dije—.

Y la tía Regina trae a sus hijos del extranjero.

Y el primo Fede hace el brindis, y la prima Xime cambia el color de las servilletas.

Y tú, Paulina, te casas con Emilio, y cuando bailen el primer baile, todo eso va a ser ruido de fondo.

—Le apreté las manos—. Lo que importa es el baile.

Paulina me miró. Y por primera vez en la mañana, su cara se aflojó.

—¿Y si me equivoco?

—Te equivocas —dije—. Y te levantas. Y vuelves a decidir. —Sonreí—. Así es esto, prima. No hay manual. Hay decisiones.

—Eso suena a consejo de la abuela.

—Lo es —dije—. La abuela me lo dijo anoche.

Paulina se rió. Fue una risa pequeña, mojada, pero fue una risa.

—Gracias, Val —dijo—. Tú sí que estás segura de Mateo, ¿verdad?

La pregunta me cayó como una piedra en el estómago.

—Yo… —empecé.

—Porque se te nota —dijo Paulina, secándose los ojos—. Se te nota en cómo lo miras. En cómo te ríes con él. En cómo se te ilumina la cara cuando lo mencionas. —Sonrió—. Eso es amor, prima. Eso es lo que yo quiero. Alguien que me mire como Mateo te mira a ti.

Y yo, la mentirosa profesional, la que llevaba cuatro días actuando, no pude decir nada.

Porque no sabía si era amor.

Porque ya no sabía si era un trato.

Porque, por primera vez desde que firmé aquel contrato ridículo en un cuaderno de recetas, tenía miedo de que fuera las dos cosas a la vez.

—Sí, prima —dije al fin, y la mentira me supo a nada—. Estoy segura.

Paulina sonrió, se levantó, y se fue a bañar con su vestido de novia en la percha, como si con eso fuera a ahogar sus dudas en el agua caliente.

Me quedé en la cocina, con el té frío de Paulina y las mías, cuando entró mi tía Chole, con el mandado y un humor de los suyos.

—¿Ya la viste? —dijo, dejando las bolsas en la mesa—.

Anoche lloró hasta las dos, mija. Me dijo que Emilio quería invitar a sus primos, que su mamá quería cambiar las servilletas, que no decide nada de su propia boda.

—Se sentó, con un suspiro—. Y yo, ¿qué le digo?

Que todas las novias lloran. Que yo también lloré antes de la mía.

Que hasta su abuela lloró, y mira nomás cómo le fue.

—¿Cómo le fue a la abuela?

—Cincuenta años de matrimonio, un esposo que la adoraba y tres hijas que la visitan cada semana.

—Me miró—. Así le fue. —Hizo una pausa, y su voz cambió, se le puso seria, de esas veces raras en que Chole no estaba de broma—.

Oye, mija. Yo también me casé joven. Yo también llegué con mis dudas a la iglesia.

Y a veces, todavía, me pregunto si elegí bien.

—Se encogió de hombros—. Pero uno elige, y luego se queda, y luego las dudas se van haciendo chiquitas. Eso es todo. No hay más secreto.

—¿Y tú elegiste bien, tía?

—Tu tío es un santo —dijo Chole, y sonrió—. Un santo con sus defectos. Pero un santo. —Y luego, con su voz de siempre—: Ahora, ¿tú por qué no has ido a ver el pastel? Dicen que llegó el camión a la tienda de Don Aurelio.

—¿El camión?

—El del pastel de Paulina. El de tres pisos. —Chole me miró—. Dijo Don Aurelio que se veía de revista. Anda a verlo, mija. Que la novia no lo ha visto todavía.

Y yo, que sabía que ese pastel lo había hecho yo con mis manos, una flor por una, con la receta de mi abuela, sentí un orgullo raro y una prisa rara.

Y, de camino a la puerta, me di cuenta de que llevaba toda la mañana sin pensar en el trato, sin pensar en el domingo, sin pensar en nada que no fuera Paulina y sus dudas.

—Voy —dije—. Voy a verlo.

Y salí de la cocina de mi tía Chole, con el mandado de la abuela todavía pendiente, sin saber que el camión de las tres, el del pastel de tres pisos, me estaba esperando para arruinar mi viernes.

Y yo, que llevaba cuatro días fingiendo ser la novia más segura del pueblo, caminé hacia la tienda de Don Aurelio sin saber que, en cuestión de horas, iba a necesitar que alguien me dijera, por primera vez, qué se necesita.