Novio de mentiras Capítulo 24 — La noche de Val
40%

Capítulo 24 — La noche de Val

A las dos de la mañana, yo estaba despierta, mirando el techo del cuarto de la abuela, haciendo una lista mental de todas las razones por las que esto era una idea terrible.

Razón uno: Mateo Del Valle era el hombre que me había dejado plantada en el baile de fin de cursos.

Razón dos: Mateo Del Valle era fresa, de la hacienda, del equipo de los que nunca han pedido permiso.

Razón tres: Mateo Del Valle se había inclinado hacia mí en la azotea, y yo había cerrado los ojos.

Razón cuatro: la razón tres. Solo la razón tres. Repetida como un estribillo.

Me di la vuelta en la cama. La cobija del 2016 me tapaba hasta la nariz.

—Mañana lo mando al diablo —dije, en voz baja, al techo—. Mañana mismo. Le digo que esto no puede seguir, que mejor cada quien por su lado, que el trato termina hoy.

El techo no respondió. Los techos nunca responden.

—No me gusta. No me gusta nada. Es fresa, es Del Valle, es el que me dejó plantada. Y además parpadea cuando miente. No se puede confiar en un hombre que parpadea.

El techo siguió callado.

—Pero recogió los aguacates —dije, y la voz se me quebró en la mitad—. Los recogió uno por uno. Y los dejó en el portón. Y nadie se lo pidió.

El techo, claro, no me creyó.

—¿Mija? —dijo la voz de la abuela desde la puerta, y me sobresalté tanto que casi caigo de la cama—. ¿Ya comiste?

—Abuela, son las dos de la mañana.

—Por eso. ¿Ya comiste?

—Sí, abuela. Comí guacamole.

—¿El de los aguacates del portón?

Me quedé helada.

—¿Cómo sabes lo de los aguacates del portón, abuela?

—Porque los vi —dijo la abuela, sentándose en la orilla de la cama con su bata de franela y sus chanclas—. Los dejó el Del Valle, ¿verdad?

—¿Y cómo sabes que fue él?

—Porque nadie más en este pueblo te trae aguacates sin avisar, mija. —Me miró, con esos ojos que han visto nacer a medio pueblo—. Los hombres del pueblo avisan cuando quieren algo. Los que no avisan, es porque no saben cómo pedirlo.

—¿Y eso qué significa?

—Significa que ese muchacho está más asustado que tú. —Me arropó la cobija, como cuando era niña—. Y que tú, que siempre ves lo peor de la gente, esta vez estás viendo lo mejor de alguien que no sabe mostrarlo.

—Abuela, es un trato. Un trato con reglas. Se acaba el domingo.

—Ajá.

—En serio, abuela. No es nada.

—Ajá. —Se quedó callada un momento, y cuando habló, su voz tenía esa calma de las que han visto de todo—. ¿Sabes lo que me dijo tu abuelo la primera vez que me pidió que fuera su novia?

—¿Qué?

—Me dijo: "doña Cuca, necesito que me haga un favor.

Mi papá no me deja trabajar en la parcela si no ando con una hija del pueblo".

—Sonrió, con esa sonrisa de arrugas—. Un favor.

Eso me pidió. Y yo, que ya lo había visto cargar costales en la empacadora con una fuerza que no le cabía en el cuerpo, le dije que sí.

—¿Y no te dio coraje cuando supiste la verdad?

—Me dio coraje, mija. Claro que me dio. Pero para entonces ya lo había visto llegar a mi casa todos los días, con un pretexto distinto cada vez: que si el mandado, que si la leña, que si un saludo para mi mamá.

Y los pretextos, mija, cuando son de verdad, dejan de ser pretextos.

—Me miró—. Lo que yo te digo es: no juzgues tan rápido.

El que empieza pidiendo un favor, a veces termina pidiendo quedarse.

—¿Y cómo supiste que era de verdad? —pregunté.

—No supe —dijo la abuela—. Decidí. —Sonrió, con esa sonrisa de arrugas—.

Un día, tu abuelo llegó con un pretexto que ya ni era pretexto: me trajo un listón para el pelo, de los que vendían en la tienda del pueblo.

Y yo, que lo había visto llegar con el mandado, con la leña, con un saludo, me di cuenta de que ya no me acordaba de cuál fue el primer favor.

Solo me acordaba de él. —Me apretó la mano—.

Así se sabe, mija. Cuando los pretextos se te olvidan y solo te acuerdas de la persona.

—¿Y si yo no me acuerdo de Mateo cuando se acabe el trato?

—Entonces era un trato —dijo la abuela, con esa calma de las que han visto de todo—. Y se acabó, y listo. Pero si cuando se acabe el trato, tú sigues acordándote de él, mija… entonces nunca fue un trato.

—¿Y cómo voy a saberlo?

—Porque va a doler —dijo la abuela—. El domingo, cuando él se vaya, vas a sentir un peso aquí —se tocó el pecho—, como si te hubieras comido algo que no te cayó bien. Y si ese peso se queda, hija, entonces era de verdad. Y entonces vas a tener que decidir si lo persigues o lo dejas ir.

—¿Y tú qué harías?

—Yo —dijo la abuela, y sonrió con esa sonrisa de la que ya vivió todo—, yo perseguiría. A tu edad todavía me quedaban fuerzas para correr detrás de lo que quería. —Me apretó la mano—. Y tú, mija, tienes mis fuerzas. Nada más que no las has usado.

—¿Y si me ve correr?

—Que te vea —dijo la abuela—. Que vea que su nieta corre detrás de él. Los hombres como el Del Valle no están acostumbrados a que corran detrás de ellos. Se les olvida cómo se siente. —Se rió, bajito—. Se les olvida, y cuando lo recuerdan, ya no quieren irse.

—¿Y si se va de todas formas?

—Entonces —dijo la abuela, y me tomó la cara con sus manos de viejita—, tú ya sabrás que corriste. Y eso, hija, se queda contigo. Nadie te puede quitar el haber corrido.

Me quedé callada. La cobija del 2016, la mano de la abuela, la noche del pueblo.

—Abuela —dije—. ¿Tú crees que Mateo es de verdad?

La abuela se quedó pensando. Un momento. Dos.

—Yo creo —dijo, al fin— que ese muchacho lleva catorce años cargando algo que no sabe soltar. Y que esta semana, sin que él lo planeara, encontró a alguien con quien quiere soltarlo. —Me apretó la mano—. Pero eso, mija, lo decides tú. No yo.

Me dio un beso en la frente, como cuando tenía ocho años, y salió del cuarto con sus chanclas y su bata de franela.

Me quedé mirando el techo. La cobija del 2016 me subía hasta el cuello.

Pensé en Mateo. En su libreta. En sus reglas. En la forma en que me había mirado en la azotea, como si yo fuera la única persona en el pueblo. En la forma en que había dicho "yo no me voy a ir", con esa voz que no era la del fresa.

Y pensé en el domingo. En la hora en que el trato iba a terminar.

—Mañana lo mando al diablo —dije, por segunda vez, al techo.

Y el techo, por primera vez, me pareció que sonreía.

Porque los dos sabíamos que era mentira.

Y entonces, el teléfono vibró.

No era el grupo de la familia. No era Pao. Era un número que no conocía, con lada del pueblo.

El mensaje decía:

"Señorita Montes, soy Camila Del Valle. Mañana, en la cena de ensayo, quiero hablar con usted a solas. No le diga a Mateo."

Me quedé con el teléfono en la mano, la cobija del 2016 hasta la nariz y el corazón golpeándome las costillas.

La madre de Mateo. Quería verme a solas.

Y no quería que Mateo lo supiera.

El viernes, pensé, no iba a ser una cena de ensayo.

Iba a ser un campo de batalla.