Capítulo 23 — La noche de Mateo
A la una de la mañana, yo estaba sentado en la cama de la hacienda, con el contrato abierto en las piernas.
No el de verdad. El que Valeria había escrito en su cuaderno de recetas, el que yo había memorizado línea por línea en tres días. Las reglas. Las siete reglas.
Regla número uno: cero contacto físico.
La había roto la primera noche, cuando tomé su mano bajo la mesa, delante de su familia. La había roto esta tarde, cuando su mano rozó la mía al pasarle las bolsas. Y la había roto esta noche, en la azotea, cuando me incliné hacia ella y estuve a un centímetro de besarla.
Cerré los ojos y la volví a ver: la luna, el pueblo, las luces de la plaza, y ella a mi lado, con el viento en el pelo, contándome su sueño con esa voz que usaba cuando hablaba de verdad. Y yo, que llevaba años sin escuchar a nadie, la había escuchado como si de eso dependiera mi vida.
Regla número dos: cero "mi amor" fuera de escena.
La había roto en el mercado, cuando le dije "amor" sin que hubiera público.
Regla número tres: ella no me cocina.
No la había roto todavía. Pero estaba a punto: mañana, en la cena de ensayo, ella iba a sentarse a mi mesa. Y yo iba a querer que se quedara.
Regla número cuatro: nada de palabras rimbombantes.
La había roto en la azotea, cuando le dije que el amor no pregunta cuánto tiempo llevas conociendo a alguien. Esa frase no era mía. Esa frase había salido de algún lugar que yo no sabía que tenía.
Regla número cinco: caducidad. Domingo, ocho de la mañana.
No la había roto. Pero la odiaba.
La odiaba como se odian las cosas que uno sabe que van a llegar y no puede evitar.
El domingo, a las ocho, el trato terminaba.
Yo me subía al camión, ella se quedaba, y el pueblo entero seguiría su curso con un chisme menos.
Y yo volvería a mi departamento de Santa Fe, a mis juntas, a mis edificios de oficinas donde nadie se mira.
Y ella se quedaría aquí, con su sueño de repostería, y algún día otro hombre la miraría como yo la estuve mirando toda la semana.
Ese pensamiento me dolió más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Regla número seis: nadie se entera.
La había roto esta mañana, cuando le dije a Don Aurelio que no la iba a dejar. Y la había roto en la plaza, cuando le dije a Valeria que no me iba a ir.
Regla número siete: no dejarla plantada.
Esa era la única que no pensaba romper nunca. Aunque todo lo demás se rompiera, esa no.
Cerré el cuaderno. No era el de ella —ese estaba en su casa—, pero tenía una copia en mi teléfono: una foto que le tomé el primer día, a escondidas, cuando ella no miraba.
La había tomado por si acaso. Por si necesitaba recordar las reglas.
Y ahora la miraba todas las noches, y no era por las reglas.
El teléfono vibró. Emilio.
—¿Ya le dijiste a mamá lo de la cena de ensayo? —dijo, sin saludo—. Porque me acaba de llamar para preguntarme si tu novia va a ir, y le dije que sí, y ahora me toca a mí quedarme mal si no va.
—Va a ir.
—¿Y estás seguro? Porque Paulina dice que su prima es muy cumplida, pero yo a ti te conozco, Mateo.
Tú no traes novia desde Elena. Y de pronto apareces con una hija de los Montes, y el pueblo entero hablando, y mamá con el radar encendido.
—Silencio—. Oye, no me mientas: ¿es tu novia o es un teatro para sobrevivir la boda?
Me quedé callado.
—¿Mateo?
—Es mi novia —dije, y la mentira me supo a verdad—. Es mi novia, Emilio. Y mañana la vas a conocer.
—¿Y por qué dudaste?
—Porque dudo de todo —dije—. Es mi especialidad.
—Pues deja de dudar, hermano. Mañana es el ensayo, el sábado es la boda, y yo necesito que mi cuñada esté ahí, sonriendo, para que mamá se concentre en ella y me deje en paz a mí.
—¿Cuñada?
—Eso dije. —Se rió—. Ya me cayó bien, ¿sabes? Paulina dice que es de las buenas.
—Es de las buenas —dije, y fue lo más cierto que dije en toda la noche.
Colgué. Me quedé con el teléfono en la mano, y de pronto el cuarto de la hacienda se hizo más chico.
Mañana, después de la boda, se lo iba a decir.
No el domingo. Mañana. No, espera: mañana es el ensayo. La boda es el sábado. Después de la boda del sábado.
—Mañana —me dije, en voz baja—. Después de la boda.
Pero sabía que era mentira. Porque el miedo me iba a ganar, como me ganaba siempre, como me ganó en la prepa, cuando me quedé parado en el portal con la cerveza en la mano y el vestido esperando en el atrio.
—No otra vez —dije—. No otra vez, Mateo.
Saqué el teléfono. Abrí el chat de Valeria. El último mensaje era el mío: el del vestido, el que le mandé el miércoles, el que ella nunca contestó.
Escribí:
"Mañana, después del ensayo, necesito decirte algo."
Lo leí. Lo borré.
Escribí:
"La azotea. Cerré los ojos. Casi la beso."
Me quedé mirando las palabras. Eran las más ciertas que había escrito en años.
Y las borré.
—Eres un cobarde, Mateo —dije en voz alta—. Catorce años y sigues siendo un cobarde.
Me quedé sentado en la cama, con el teléfono apagado en la mano, mirando la noche a través de la ventana de la hacienda.
Mañana, después del ensayo. No: después de la boda. No: mañana. Mañana, en el momento exacto en que ella me mire y yo sepa que es ahora o nunca.
Mañana, le iba a decir la verdad.
Otra vez iba a intentarlo.
Y otra vez iba a tener miedo.
Pero esta vez, el miedo iba a tener que pelear conmigo.
Porque yo, Mateo Del Valle, arquitecto, treinta y cuatro años, llevaba catorce años debiéndole a Valeria Montes una disculpa. Y cuatro días queriendo darle algo más.
—Mañana —dije, apagando la luz—. Mañana sí.
Y el mensaje a medias quedó flotando en el aire de la hacienda, como todo lo que yo no me atrevía a decir.
Afuera, el pueblo dormía: las luces apagadas, los perros callados, el campanario de la parroquia recortándose contra la luna.
Yo me quedé mirando la noche desde la ventana, con el teléfono apagado en la mano, y por un segundo, un segundo estúpido, pensé en cómo se vería esta misma noche desde la azotea de la casa de la abuela.
Desde donde ella estaba.
—Mañana —dije, apagando la luz—. Mañana sí.
Y esta vez, por primera vez en mi vida, casi lo creí.
Pero el teléfono seguía apagado. El mensaje seguía sin escribir. Y la noche seguía siendo la noche, con su silencio de siempre, esperando a que yo fuera valiente.
—Mañana —dije otra vez, al techo, como si repetirlo lo hiciera cierto.
Y me dormí con la imagen de ella en la azotea, riéndose del audio de su mamá, con la luna en el pelo.
Y por primera vez en años, soñé con algo que no era un edificio.