Novio de mentiras Capítulo 22 — La azotea
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Capítulo 22 — La azotea

La azotea de la casa de la abuela era mi lugar favorito del mundo desde que era niña.

Se subía por una escalera de caracol que rechinaba en el tercer escalón, y desde arriba se veía todo el pueblo: las luces de la plaza, el campanario de la parroquia, los techos de lámina que brillaban con la luna.

Ahí subía yo cuando quería pensar. Ahí subía cuando quería llorar sin que nadie me viera.

Y ahí, a las diez y media de la noche, subí con Mateo Del Valle.

—¿Y esto? —dijo él, mirando alrededor—. ¿Tu escondite secreto?

—El único lugar del pueblo donde nadie nos va a ver —dije—. Ni la señora Toña, ni mi tía, ni el chisme.

—¿Ni el chisme?

—Ni el chisme. Aquí arriba solo estamos tú y yo.

Se sentó en la barda, con cuidado, como si no quisiera romper nada. Yo me senté a su lado, dejando un espacio entre los dos que los dos fingimos no notar.

—¿Y por qué me trajiste aquí? —preguntó.

—Porque quería mostrarte el pueblo desde arriba —dije—. Para que veas lo que ves todos los que te conocen.

—¿Y qué veo?

—Mira —dije, señalando—. Esa luz es la tienda de mi papá.

Esa otra es la casa de la señora Toña, la del chisme.

Aquella es la tortillería, donde mi tía pasa la mitad del día.

Y aquel, el más grande, el de la esquina…

—hice una pausa—. Esa es la tienda de mi abuela.

La que quiero convertir en mi repostería.

—¿La de tu abuela?

—Sí. —Señalé—. La cerraron hace años, cuando el abuelo se enfermó. Pero está intacta. El mostrador, los estantes, el letrero de "abarrotes" que ya ni se lee. Y yo quiero… —me detuve—. Bueno, ya te lo conté. El sueño.

—Cuéntamelo otra vez —dijo Mateo—. Desde el principio.

—¿Por qué?

—Porque quiero oírlo —dijo—. Y porque la primera vez estaba anotando en la libreta y no te miré bien.

—¿Y ahora sí me vas a mirar?

—Ahora sí —dijo—. Ahora no tengo libreta.

Me reí. Y le conté el sueño otra vez, con más calma, con más detalles: el mostrador de madera que iba a lijar yo misma, las dos mesitas que iba a pintar de verde, el olor a pan de muerto en octubre.

Y mientras hablaba, me di cuenta de que nunca lo había contado así, despacio, sin miedo a que se espantara.

Y él me escuchó. De verdad. Sin interrumpir, sin mirar el teléfono, sin el tonito de la gente que escucha por educación.

Lo miré. Bajo la luna, con la camisa clara y el pelo revuelto por el viento, Mateo Del Valle tenía una expresión que yo no le había visto nunca: atención. Atención de verdad, sin filtro.

—¿Y qué nombre le pondrías?

—No sé. —Me encogí de hombros—. Todavía no llego al nombre. Primero tengo que llegar al local.

—Llegarás.

—¿Cómo sabes?

—Porque yo he visto tu pastel, Valeria. El de tres pisos. Y porque he visto cómo trabajas, cómo regateas, cómo le hablas a tu familia. —Me miró—. La gente que hace las cosas como tú las haces, llega.

Me quedé callada. La luna, el pueblo, las luces de la plaza.

—Oye, Mateo —dije, sin saber de dónde salió la pregunta—. ¿Tú crees que se puede querer a alguien sin conocerlo de verdad?

—¿Qué?

—Digamos que conoces a alguien hace tres días. Que te cae mal, que te hace enojar, que te hace reír. ¿Se puede querer a esa persona? ¿O solo es… el momento?

Mateo me miró largo rato.

—Yo creo —dijo, con cuidado— que el amor no pregunta cuánto tiempo llevas conociendo a alguien. Pregunta cuánto tiempo llevas queriéndolo sin decírtelo.

La frase me golpeó en el pecho. Era una frase bonita. Demasiado bonita para ser de un trato.

—¿Y tú? —dijo él—. ¿Tú qué crees?

—Yo creo —dije, y mi voz salió más baja de lo que quería— que hay personas que aparecen cuando menos las esperas. Y que te cambian los planes. Y que no sabes si agradecerles o mandarlas al diablo.

—¿Y en qué grupo estoy yo?

—Todavía no lo decido —dije—. Pero te estoy leyendo, Mateo Del Valle. Y el capítulo va mejorando.

Nos reímos. Fue una risa bajita, cómplice, de las que no se actúan. Y cuando la risa se acabó, nos quedamos mirando.

La luna. El pueblo. Los dos, sentados en la barda, con el espacio entre nosotros que ya no era tan grande.

Mateo se inclinó hacia mí. Yo no me aparté. Él se acercó un poco más. Yo cerré los ojos.

Y entonces, mi teléfono vibró.

Y luego volvió a vibrar.

Y luego el grupo de WhatsApp de la familia —"La Familia Montes"— explotó con un audio de mi mamá, a todo volumen, con su voz de maestra de primaria:

—"Hijos, ya son las diez y media. ¿Ya llegaron bien? No se les olvide que mañana es el ensayo y que la boda es el sábado. Pórtense bien. Los quiero. ¡Ah! Y Valeria, si estás con Mateo, dile que su hermano está buscándolo para lo del brindis. ¡Que descansen!"

El audio resonó en la azotea con la claridad de un altavoz de iglesia.

Mateo y yo nos quedamos congelados, a medio centímetro, con la cara roja y la risa atorada.

—Tu mamá —dijo él, al fin—, tiene el radar de tu abuela.

—Mi mamá es maestra —dije—. El radar lo tiene todo el que da clase a cuarenta niños.

—¿Y ahora? —pregunté, con la voz rara.

—Ahora… —respiró hondo—. Ahora creo que mejor bajamos, antes de que mande otro audio.

Bajamos. La escalera rechinó en el tercer escalón, como siempre. Y en la puerta de la azotea, nos quedamos mirando, los dos con la risa todavía a medias, los dos sabiendo lo que había pasado ahí arriba.

La luna seguía arriba, el pueblo seguía abajo, y entre los dos, la pregunta que ninguno se atrevía a hacer. Yo sentía el corazón en la garganta y la mejilla todavía caliente de lo que había estado a punto de pasar.

—Tu mamá —dijo Mateo— va a saberlo.

—¿Saber qué?

—Que estuvimos a punto. —Me miró—. Las mamás siempre lo saben.

—Mi mamá no sabe nada. Mi mamá solo sabe mandar audios.

—¿Y tu abuela?

—Mi abuela lo sabe todo —dije, y era la verdad—. Pero mi abuela no dice nada. Esa es su especialidad.

—Me da miedo tu abuela —dijo Mateo, y sonó sincero.

—A todos nos da miedo mi abuela —dije—. Es parte del trato.

—¿Del trato?

—Del trato de ser Montes —dije—. La abuela viene incluida.

Se rió. Una risa bajita, de las que se quedan, y yo sentí que se me aflojaba algo en el pecho que llevaba años apretado.

—Buenas noches, Valeria —dijo, y su voz sonó rara, un poco ronca.

—Buenas noches, Mateo.

Y ninguno de los dos durmió bien esa noche.

En mi cuarto, con la luna entrando por la ventana, me quedé mirando el techo y pensé en la azotea: en sus ojos, en su mano, en el momento en que el audio de mi mamá nos había salvado de algo que ninguno de los dos sabía nombrar.

—Mañana lo mando al diablo —me dije, en voz baja.

Y supe, con una certeza que me asustó, que era la primera mentira de la noche.