Capítulo 21 — El consejo de Karla
A las nueve de la noche, Diego me estaba invitando a cenar.
—Solo una cena, Val —dijo, con su sonrisa de mecánico—. Para ponernos al día. Sin segundas intenciones.
—Diego, tengo novio.
—Y yo tengo prometida —dijo, señalando a Karla, que estaba a dos pasos, revisando el teléfono—. Es una cena entre amigos. Nada más.
—Entre amigos que fueron novios.
—Por eso mismo. Para cerrar el capítulo. —Me miró, con esa mirada que yo conocía demasiado bien—. ¿O me vas a decir que el Del Valle no te deja cenar con nadie?
—El Del Valle no me prohíbe nada.
—Entonces, ¿a qué le tienes miedo?
A eso. A que me lo preguntes. A que yo no sepa contestar.
Fuimos al restaurante del pueblo, el único que abría después de las ocho, el de las carnitas que mi papá siempre decía que eran las mejores del estado. Diego pidió cerveza, Karla pidió agua mineral, y yo pedí una limonada, porque necesitaba la cabeza clara.
—¿Y qué se siente? —preguntó Diego, apoyando los codos en la mesa—. ¿Ser la novia del Del Valle?
—No sé. Pregúntale a tu prometida.
—Karla no es del pueblo —dijo él, con esa ligereza suya—. Ella no sabe lo que es el Del Valle aquí. El Del Valle es la hacienda, la empacadora, el apellido. Y ahora la novia del Del Valle es la hija de los de la tienda. —Se rió—. El pueblo debe estar ardiendo.
—El pueblo está feliz —dije—. El pueblo ya nos casó.
—¿Y tú?
—¿Y yo qué?
—¿Tú eres feliz?
La pregunta. Otra vez la pregunta. La misma que me había hecho Paulina, la misma que me había hecho Pao por teléfono, la misma que yo no sabía contestar.
—Sí —dije—. Soy feliz.
—Mientes —dijo Diego, y su sonrisa se hizo lenta—. Siempre te ha quedado feo mentir, Val. Se te nota en la boca.
—¿Y a ti qué te importa?
—Me importa porque fuiste importante para mí.
—Y su voz cambió, se volvió más baja, más seria—.
Escucha, Val. Yo fui un idiota cuando me fui a Monterrey.
Lo sé. Y no vengo a reconquistarte, en serio.
Pero verte con ese tipo… —hizo una pausa—.
No sé. No me cuadra. Tú no eres del mundo del Del Valle, Val. Tú eres del pueblo. Tú eres de aquí.
—Y el Del Valle también es de aquí.
—El Del Valle es de la hacienda. No es lo mismo.
—Diego…
—Solo te digo que pienses bien. —Me tomó la mano por encima de la mesa—. No quiero que te hagan daño otra vez.
—¿Y por qué te importa si yo me hago daño, Diego? —dije, y mi voz salió más fuerte de lo que esperaba—. Hace tres años no te importó cuando te fuiste a Monterrey sin avisarme. Me enteré por un estado de WhatsApp, con tu camioneta cargada y un pie de foto de "nueva etapa".
Diego se quedó callado. La mesa se hizo chica.
—Tenía razón en irme —dijo, al fin—. Pero no tuve valor para decírtelo bien. Y eso, Val, me lo cargo hasta hoy.
—¿Y ahora sí tienes valor?
—Ahora tengo a Karla —dijo—. Y Karla me enseñó que las cosas se dicen. —Me miró—. Por eso te digo lo del Del Valle: porque ya me equivoqué una vez contigo, y no quiero ver cómo te equivocas tú con alguien.
—¿Y por qué te importa tanto cómo me equivoque yo?
—Porque… —dudó. Y por primera vez en la noche, su voz perdió el tono de mecánico—. Monterrey no funcionó, Val. Me despidieron. Volví porque aquí es donde mi papá necesita ayuda. Karla es lo único bueno que me quedó.
—¿Y se lo has dicho a ella?
—No. —Me miró—. Porque si se lo digo, es de verdad. Y no sé si estoy listo para que alguien sepa que no soy el que aparento.
Me quedé callada. La frase me quedó dando vueltas: "no soy el que aparento". Tres días fingiendo, y yo sabía exactamente lo que se sentía.
—Diego —dijo Karla, con voz tranquila, desde su lado de la mesa—. Suéltale la mano a la señorita.
Diego soltó la mano. Karla no levantó la vista del teléfono.
—¿Sabes qué, Diego? —dije, levantándome—. Tú no vienes a reconquistarme. Vienes a asegurarte de que no te haya reemplazado con alguien mejor. Y eso, hace tres años, me habría dolido. Hoy solo me da flojera.
—Val…
—Buenas noches, Diego. Buenas noches, Karla. —Y a Karla, con una sonrisa que sí era mía—: Que estés muy bien. De verdad.
—Necesito ir al baño —dije, y me levanté.
El baño del restaurante era chico, con una luz amarilla y el olor a cloro de los lugares que no se ventilan. Me paré frente al espejo, con las manos apoyadas en el lavabo, y respiré.
—¿Valeria? —dijo una voz detrás de mí.
Karla. La prometida. La del pelo lacio y la sonrisa de anuncio.
—Sí —dije, sin volverme.
—Te siguió —dijo Karla, cerrando la puerta del baño—.
Diego. Te siguió a Monterrey… digo, te sigue siguiendo.
—Se rió, sin humor—. Lleva tres años hablando de ti, Valeria.
De cómo lo dejaste ir. De cómo eras "la que se fue".
Y cuando me pidió que nos casáramos, me dijo que contigo aprendió a querer.
—¿Y por qué me cuentas esto?
—Porque yo también fui la ex incómoda, Valeria.
—Se sentó en la orilla del lavabo, con las piernas cruzadas, y por primera vez su sonrisa de anuncio se apagó—.
Tuve un novio antes de Diego. Y en cada reunión, yo era la que sonreía mientras él hablaba de su ex.
Hasta que un día entendí que no iba a ganar nunca, porque él no me estaba viendo a mí: me estaba usando para demostrarle a su ex que ya estaba bien.
—¿Y qué hiciste?
—Me fui —dijo Karla—. Y luego conocí a Diego, y Diego también hablaba de ti.
Pero esta vez decidí quedarme y ver qué pasaba.
—Me miró—. Y lo que vi es que Diego no te quiere, Valeria.
Diego quiere la idea de ti. La Valeria que se quedó esperándolo en el pueblo mientras él triunfaba en Monterrey. No la real.
Me quedé callada. El baño chico, la luz amarilla, las dos mujeres frente al espejo.
—¿Y por qué me dices esto? —pregunté—. Yo soy tu rival. O lo era.
—No eres mi rival —dijo Karla—. Eres mi espejo. Y no lo seas: no seas la ex incómoda. No le creas cuando te diga que siempre te quiso, porque si siempre te hubiera querido, no se habría ido. —Se bajó del lavabo, se arregló el pelo—. Y cuida a tu novio, Valeria. Ese sí te mira de verdad.
—¿Mateo?
—Mateo. El del pan. El que está afuera, parado en la banqueta, esperándote.
—¿Qué?
—Desde que llegamos —dijo Karla, con una sonrisa que ya no era de anuncio—. No ha entrado. No ha llamado. Solo está ahí, esperando a que salgas. —Abríó la puerta del baño—. Eso, Valeria, no lo hace un novio falso. Eso lo hace un hombre que no quiere que camines sola de noche.
Salió. Me quedé parada frente al espejo, con el eco de sus palabras.
Y cuando salí del restaurante, ahí estaba.
Mateo. Parado en la banqueta, con las manos en los bolsillos, haciéndose el que no esperaba nada.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
—Caminaba —dijo—. Y la calle me trajo.
—¿Hace cuánto?
—No sé. Una hora. Quizá dos.
—Mateo…
—No digas nada —dijo él—. Solo quería asegurarme de que llegaras bien a casa. —Y me tendió la mano—. ¿Vamos?
Tomé su mano. Y caminamos las dos cuadras hasta la casa de la abuela, sin hablar, con el pueblo dormido a nuestro alrededor y la luna colgando sobre el campanario.
—¿Siempre esperas a la gente en las banquetas? —pregunté, a mitad de camino.
—Solo cuando me importa que lleguen bien —dijo él.
—¿Y eso cuándo empezó?
—Hace tres días —dijo—. En una parada de camiones, con un pastel de por medio.
Y por primera vez en mucho tiempo, no tuve miedo de que me soltara.