Novio de mentiras Capítulo 20 — La prepa, catorce años después
33%

Capítulo 20 — La prepa, catorce años después

Debería haberme sentido tranquilo. Diego se había ido. La plaza había seguido su curso. Y yo, Mateo Del Valle, arquitecto, treinta y cuatro años, no tenía ningún derecho a sentir lo que estaba sintiendo.

Pero lo sentía.

Lo sentía como un clavo oxidado en el centro del pecho: la imagen de Diego abrazándola, la familiaridad con que le hablaba, la manera en que ella había dicho "lo quise" sin dudar. Yo no tenía derecho a los celos. Esto era un trato. Ella no era mía. Nunca iba a ser mía.

Y aun así.

Caminé hacia la tienda de Don Aurelio con la bolsa de pan, y en el camino, sin querer, mi cabeza se fue a la prepa.

El portal. La cerveza. El vestido azul a lo lejos. Los Rojas riéndose. Catorce años y seguía viéndolo cada vez que cerraba los ojos: el atrio, la espera, y yo, parado en el portal con una cerveza que no quise tomar.

No fui. Eso era todo. No fui.

Y llevaba catorce años sin perdonármelo.

—¿Mateo? —dijo la voz de Don Aurelio, desde el mostrador—. ¿Va a entrar o va a quedarse de adorno?

—Entro, don Aurelio. Perdón.

Entré. Dejé el pan en el mostrador. Y ahí, en la tienda de los Montes, con el olor a pilón y a jabón, me di cuenta de que llevaba catorce años pensando en ese vestido azul sin decírmelo.

—¿Y ese pensamiento? —dijo Don Aurelio, sin levantar la vista de sus frijoles—. Se le ve en la cara que está lejos.

—Estaba en la prepa, don Aurelio.

—Ah. —Asintió, con esa calma suya de río—. La prepa deja marcas.

—¿Usted también?

—Yo dejé la escuela a los doce, mijo. Pero las marcas no son de la escuela. Son de la gente. —Me miró—. Y usted tiene una marca de la gente.

—¿Y se puede borrar?

—No se borra, mijo. Se paga. —Volvió a sus frijoles, con esa calma suya de río—. Yo a mi mujer le debo cuarenta años de cuentas pendientes. Y llevo cuarenta pagándolas, un día a la vez. Así se hace: con constancia, no con discursos.

No supe qué responder. Don Aurelio era así: hablaba poco, pero cada palabra pesaba.

—Don Aurelio —dije—. ¿Puedo preguntarle algo?

—Pregunte.

—Usted conoce a su hija. ¿Qué cree que ella necesita?

El viejo me miró largo rato. Luego volvió a sus frijoles.

—Mi hija no necesita que la cuiden, mijo.

Necesita que no la dejen. —Hizo una pausa—.

A mi hija la han dejado mucho. Primero usted, en la prepa.

Después ese tal Diego. Y ella, en vez de enojarse, aprendió a no esperar nada de nadie.

—Me miró—. Si usted la va a dejar, déjela ahorita.

Si no la va a dejar, no la deje nunca. Porque mi hija ya no aguanta otra.

—Yo no la voy a dejar, don Aurelio.

—Eso dicen todos, mijo. Hasta que se van.

Salí de la tienda con las palabras de Don Aurelio clavadas. Caminé por la calle principal, con el sol de la tarde pegando fuerte, y la encontré a ella en la esquina de la casa de la abuela, discutiendo con la señora de la tortillería el precio de las tortillas.

Las tortillas. Las bolsas de mandado. Las cosas de todos los días, las que yo nunca había cargado en la vida porque siempre había alguien que las cargaba por mí.

Y ahí estaba ella, la hija de los de la tienda, regateando el precio de las tortillas con la misma dignidad con que hablaba de sus sueños.

—Amor —dije, y la palabra salió sola—. ¿Necesitas ayuda con las tortillas?

Valeria me miró, con esa expresión suya de "regla número dos", pero la señora de la tortillería ya estaba sonriendo con la sonrisa del chisme de primera mano.

—Qué lindo, mija —dijo—. Hasta le ayuda con las tortillas. Eso es amor.

—Es un trato, señora —dijo Valeria, por lo bajo.

—Ajá —dijo la señora, y me guiñó un ojo a mí—. Como el mío.

Caminamos de regreso con las tortillas. Yo con las bolsas, ella con las manos libres. Y en el camino, sin planearlo, le dije lo que llevaba días queriendo decirle:

—Esta noche no te dejo plantada.

Se detuvo.

—¿Qué?

—Lo que oíste. —La miré—. Sé que el trato tiene reglas. Sé que esto no es de verdad. Pero quiero que sepas que esta noche, en la cena de ensayo, en la boda, en lo que sea, yo voy a estar donde se supone que tengo que estar. —Hice una pausa—. No te voy a dejar plantada, Valeria. Nunca más.

Se quedó callada. Las tortillas entre nosotros, la calle del pueblo, el sol de la tarde.

—¿Y por qué me dices eso? —preguntó, al fin, con la voz rara.

—Porque es lo que necesitas oír —dije—. Y porque es verdad.

No dijo nada más. Caminamos el resto del camino en silencio, y cuando llegamos a la puerta de la casa de la abuela, ella se detuvo y me miró.

—Sabes qué, Mateo —dijo—. Empiezas a sonar menos fresa.

—¿Es un cumplido?

—Es un diagnóstico. —Y sonrió, con una sonrisa pequeña, de las que no se actúan—. Todavía no sé si es bueno o malo.

Y entonces, al darle las bolsas, mi mano rozó la suya.

Fue un roce. Un accidente. El tipo de contacto que pasa mil veces al día entre dos personas que se conocen.

Pero nos quedamos los dos congelados, con las manos a medio centímetro, y ninguno de los dos lo mencionó.

—Hasta mañana, Mateo —dijo ella, y su voz salió un poco ronca.

—Hasta mañana, Valeria.

Y entró. Y yo me quedé en la calle, con el roce de su mano todavía en la mía, y el clavo oxidado del pecho convertido en otra cosa.

Caminé de regreso a la hacienda con las tortillas, que ya ni sabía para qué las llevaba. El pueblo de la noche: las luces de las casas, el olor a leña, un perro que cruzó la calle sin apuro. Y yo, Mateo Del Valle, que nunca había caminado despacio por este pueblo, caminé despacio.

Porque no quería que el día se acabara.

Porque mañana, en la cena de ensayo, ella iba a sentarse en la mesa de mi familia. Y yo iba a tener que elegir entre el trato y lo que sentía.

Y porque, por primera vez en catorce años, no sabía cuál de los dos quería que ganara.

—El trato o lo que sentía. En el silencio de la calle, las dos palabras sonaban igual de falsas.

La noche no contestó. Las noches nunca contestan.

Algo que no sabía nombrar.

Algo que no quería que terminara.

En la puerta de la hacienda, me detuve. La luz de la sala estaba encendida. Mi mamá me esperaba, con su taza de té frío y su espalda recta.

—¿Y tu novia? —preguntó, sin levantar la vista.

—En su casa, mamá.

—¿Y mañana viene al ensayo?

—Mañana viene al ensayo.

—Bien. —Tomó su té frío, con esa ceremonia suya—. Porque quiero conocerla, Mateo. Quiero ver de qué está hecha la hija de los de la tienda.

—Está hecha de las cosas que yo no tengo, mamá —dije, y subí las escaleras sin darle tiempo a responder.