Capítulo 19 — El que llegó de Monterrey
A la mañana siguiente, el pueblo amaneció con dos noticias: que la parejita había sido vista en el atrio de la parroquia a altas horas de la noche (el chisme de la señora Toña, que no duerme), y que Diego Rojas había llegado de Monterrey para la boda.
Yo me enteré de la segunda cuando iba a la tienda de la abuela, y casi me caigo de la sorpresa.
Diego. Mi ex. El mecánico de diésel que me dejó por "la vida" y se fue a Monterrey con el corazón entero, o eso decía él.
Tres años sin verlo. Y ahí estaba, en la plaza, con una camisa a cuadros, unos botines de trabajo, y del brazo una chica joven, delgada, con el pelo lacio y una sonrisa de anuncio.
—¡Val! —gritó, con esa voz suya que se oía a una cuadra—. ¡Qué onda, prima! ¿O ya no me hablas?
—Diego —dije, y mi voz salió más neutra de lo que esperaba—. Qué sorpresa.
—¿Y ese recibimiento? —Abrió los brazos, y sin pedir permiso, me abrazó con esa fuerza suya de mecánico—. Tres años sin verte, Val. ¿Y no me das un abrazo de los de antes?
—Los abrazos de antes caducaron —dije, soltándome—. Como el nuestro.
—Uy, todavía con el coraje. —Se rió, sin ofenderse—. Mira, te presento a Karla. Mi prometida.
Lo miré. A él, con su camisa a cuadros y su sonrisa de siempre, la misma con la que me había dejado en la terminal de camiones hace tres años.
Y me di cuenta de una cosa: ya no me dolía.
Lo veía como se ve a un amigo de la prepa, a un capítulo cerrado.
Y eso, pensé, era lo más raro de todo: que el hombre que me había partido el corazón ahora solo me parecía un tipo que hablaba muy fuerte.
La chica del pelo lacio me sonrió, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Mucho gusto, Valeria —dijo—. Diego me ha hablado mucho de ti.
—¿Bien o mal?
—De las dos formas. —Y su sonrisa se mantuvo, impecable, mientras me miraba como quien examina a una pieza de museo.
—¿Y ustedes? —dijo Diego, mirando alrededor—. ¿Ya hay fecha? ¿Novio? ¿O sigues con tu política de "primero el trabajo"?
—Tengo novio —dije, y la palabra me salió más fácil de lo que esperaba.
—¿Ah, sí? ¿Y quién es el afortunado?
—Yo —dijo una voz detrás de mí.
Me di la vuelta. Mateo. Parado en la entrada de la tienda, con una bolsa de pan en la mano y una expresión que no le había visto nunca: una mezcla de seguridad y algo más, algo que no supe nombrar.
Llevaba el pan del día, el de la panadería de la esquina, y venía con la camisa un poco arrugada y el pelo todavía húmedo, como si hubiera salido corriendo. Como si hubiera visto a Diego desde la tienda y hubiera decidido, en ese mismo momento, que no me iba a dejar sola en esa conversación.
—Mateo Del Valle —dijo, extendiendo la mano—. El novio de Valeria.
Diego lo miró. De arriba abajo. Con esa mirada suya de mecánico que calibra todo.
—¿El Del Valle? —dijo, y su sonrisa se hizo lenta—. ¿El de la hacienda? ¿El que la dejó plantada en el baile de la prepa?
El silencio se instaló en la plaza. Hasta el radio de la tortillería pareció callarse.
—Ese fui yo —dijo Mateo, sin soltar la mano—. Y llevo catorce años queriendo arreglarlo.
—¿Y ella te perdonó?
—Eso lo decide ella —dijo Mateo—. No yo.
Diego lo miró un rato largo. Luego soltó la mano, se volvió hacia mí, y con esa puntería suya de mecánico, la que le conocía desde la prepa, soltó:
—No manches, Val. ¿El Del Valle? —Se rió, con una risa que no sabía si era burla o incredulidad—. ¿Tú con el Del Valle?
—Sí, Diego —dije, y apreté el brazo de Mateo, solo para la foto—. Con el Del Valle.
—Pues mira —dijo Diego, encogiéndose de hombros—. Las vueltas de la vida. —Y a Karla—: ¿Vamos, amor? Tengo que ver a los Rojas antes del ensayo.
Karla me miró una última vez. Con esa sonrisa de anuncio. Y algo en su mirada me dijo que la conversación no había terminado.
Se fueron. La plaza siguió su curso: la tortillería, el kiosco, el olor a elotes. Y yo me quedé con Mateo, con su brazo bajo mi mano y su expresión de no saber qué acababa de pasar.
—¿Diego? —dijo él.
—Mi ex —dije—. El de Monterrey.
—El que te dejó.
—El que se fue. No es lo mismo.
—¿Y tú lo querías?
—Lo quise —dije—. Hace tres años. —Lo miré—. Y luego aprendí que hay gente que se va, Mateo. Y que uno no puede hacer nada para que se quede.
Mateo se quedó callado. Me miró, con esa expresión suya de arquitecto que calcula estructuras, y dijo:
—Yo no me voy a ir.
—¿Qué?
—Que yo no me voy a ir —repitió, y esta vez su voz sonó distinta, sin el tonito de la gente que nunca ha pedido permiso—. El trato termina el domingo. Pero yo no me voy a ir, Valeria. Y cuando te diga lo que tengo que decirte, lo vas a entender.
—¿Y qué tienes que decirme?
—Eso también —dijo, y me soltó el brazo con cuidado, como si yo fuera un pastel recién glaseado—. También es un secreto.
—¿Y cuándo me lo vas a decir?
—Cuando sea el momento —dijo—. Y no sea la mentira hablando por mí.
—¿Y cómo voy a saber que es el momento?
—Porque va a ser la primera cosa real que te diga en años —dijo, y se quedó mirándome con una seriedad que me dejó sin aire—. Y porque tú me vas a creer.
—¿Y si no te creo?
—Entonces —dijo, y por un segundo su voz perdió el tonito de la gente que nunca ha pedido permiso—, voy a tener que seguir intentándolo hasta que me creas. Es lo único que sé hacer bien, Valeria: no soltar un proyecto hasta que queda bien.
—¿Y yo soy un proyecto?
—No —dijo, y me miró de una forma que me hizo olvidar el nombre del proyecto—. Tú eres lo primero que quiero que me salga bien sin planos.
Y se fue, caminando hacia la tienda, con su bolsa de pan y su camisa planchada.
Y yo me quedé en la plaza, con el corazón a mil, preguntándome qué diablos significaba todo eso.
—Qué bonito —dijo la señora Toña, desde su puesto, con la sonrisa de la que lo había visto todo—. Peleando por usted, mija. Eso es amor.
—Es un trato, señora Toña —dije, sin pensar.
—Ajá. —Y se rió, con esa risa de las viejas—. Como el mío, mija. Como el mío.
Y yo me quedé pensando, mientras caminaba a la tienda, en lo que me había dicho: "es un trato". Tres palabras. Y sonaban cada vez menos como una verdad.
—¿Señorita Valeria? —dijo la señora Toña, desde su puesto, cuando ya me alejaba—. Una cosa.
—¿Qué, señora?
—Ese muchacho —dijo, señalando la dirección por donde se había ido Mateo—.
Yo lo vi llegar a este pueblo hace tres días con una cara de amargado que ni su apellido le cabía en el cuerpo.
Y hoy lo vi caminar con usted, cargando sus bolsas, con una cara que no le conocía.
—Sonrió—. Los hombres así, mija, no son de mentira.
Son de los que llegan tarde. Pero llegan.