Novio de mentiras Capítulo 18 — El atrio
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Capítulo 18 — El atrio

A las once y media de la noche, el atrio de la parroquia de San Gabriel estaba vacío.

Yo no había ido a buscarla. En serio. Había salido de la hacienda a caminar, porque la cena de mi mamá y las preguntas de los primos me habían sacado, y mis pies me llevaron al único lugar del pueblo donde uno puede pensar sin que nadie lo mire.

Ella estaba ahí.

Sentada en las escaleras del atrio, con una chamarra prestada sobre los hombros, mirando la puerta de la iglesia. No la vi llegar. No supe si llevaba mucho tiempo. Solo la vi, y me quedé parado en la entrada, sin saber si acercarme o irme.

—No te quedes ahí parado —dijo ella, sin volverse—. Pareces poste de luz.

—¿Cómo supiste que era yo?

—Porque caminas como la gente que no quiere que la oigan. —Se volvió, por fin—. Los Del Valle caminan así. Como si siempre estuvieran a punto de irse.

Me senté a su lado. A un metro de distancia. Sin preguntar.

—¿Y tú qué haces aquí? —preguntó ella.

—Caminar. Pensar.

—¿Y qué piensas?

—Cosas. —Miré la puerta de la iglesia—. Que mañana se casa tu prima. Que mi hermano está tan nervioso que me hizo ensayar el brindis tres veces. Que mi mamá ya me preguntó tres veces si "la señorita Montes" va a la cena de ensayo.

—¿Y qué le dijiste?

—Que sí va. —La miré—. ¿Vas a ir?

—¿A la cena de ensayo de los Del Valle? —Se rió, sin humor—. No sé. Todavía no decido si quiero conocer a tu mamá o si prefiero conservar la poca dignidad que me queda.

—Mi mamá no es tan mala.

—Tu mamá me miró en la boda de tu hermano… digo, en la que va a ser, y no me saludó. Bueno, no me conoce. Pero me imagino cómo va a ser.

—Es una Del Valle —dije—. Es su trabajo.

—¿Y tú qué eres?

—Un Del Valle —dije—. Pero estoy en tratamiento.

Se rió. Fue una risa corta, de sorpresa, y se le escapó antes de que pudiera detenerla. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, me sentí orgulloso de haber provocado una risa.

—Mi abuela dice que las iglesias son como los hospitales —dijo ella, mirando la puerta—: uno no entra por gusto, pero sale más tranquilo.

—¿Y tú entras por gusto?

—Yo entro porque me criaron aquí. Las bodas, los bautizos, los velorios.

Todo pasa en esta parroquia. —Señaló la puerta—.

El padre Memo me bautizó. Me dio la primera comunión.

Y el sábado va a casar a mi prima, que es lo único que le falta por hacerme.

—Sonrió—. A veces pienso que este pueblo no me va a dejar irme nunca.

—¿Y quieres irte?

—Quiero quedarme —dijo ella, y su voz sonó distinta—. Pero a mi manera. Con mi local, mi nombre en el letrero. —Me miró—. ¿Tú nunca has querido quedarte en algún lado, Mateo?

La pregunta me tomó por sorpresa.

—No —dije, y fue la verdad—. Nunca había tenido un lugar donde quedarme.

—¿Y ahora?

No contesté. No supe cómo.

—Oye —dijo ella, cambiando de tono—. ¿Por qué no me contaste lo de Elena?

—¿Qué de Elena?

—Que se fue. Tu ex. Que te dijo que estabas más casado con el despacho que con ella.

—¿Quién te contó?

—Nadie. Lo leí en tu cara, cuando mencionaste el matcha.

—El matcha.

—La cafetería. Dijiste que Elena pidió un matcha y lo dejó a la mitad. Y se te notó, Mateo. Se te notó que esa historia te duele.

Me quedé callado. El atrio en silencio, la noche del pueblo, el olor a incienso que salía de la iglesia.

—Elena fue hace dos años —dije—. Nos conocimos en una cena de clientes.

Ella trabajaba en publicidad. Nos veíamos los fines de semana, cuando yo no tenía junta.

—Hice una pausa—. Y un día me dijo que estaba más casado con el despacho que con ella, y que no quería ser la tercera en mi matrimonio. Y se fue. Y tenía razón.

—¿Y no la buscaste?

—No supe cómo. No supe qué ofrecerle. Yo no sabía estar con alguien, Valeria. Solo sabía trabajar. Y los dos sabíamos que eso no alcanza.

—¿Y ahora sabes?

La pregunta me quedó flotando. El atrio, la noche, ella mirándome con esos ojos que lo ven todo.

—No sé —dije, y fue la verdad—. Pero esta semana estoy aprendiendo.

Ella asintió. No preguntó más.

—¿Y tú? —dije—. ¿Por qué no me has contado lo del local?

—¿Qué local?

—El de la repostería. El que sueñas con abrir. El que me contaste esta mañana, cuando ensayábamos la historia. —La miré—. Dijiste que es un sueño de los que se cuentan en voz baja.

—Y lo es.

—¿Por qué?

—Porque si lo digo en voz alta, y no pasa, se queda en ridículo. —Se encogió de hombros—. Los sueños en voz baja no decepcionan a nadie.

—A mí no me decepcionarías.

Se quedó callada. Me miró, y por un segundo, bajo la luna del atrio, su cara perdió la ironía.

—La abuela tiene una tienda —dijo, al fin—.

La que está en la esquina de su casa. Antes era de mi abuelo, cuando llegó de Jalisco.

Ahí vendía su mamá, después mi mamá, y cuando la abuela se jubiló, la cerró.

—Se mordió el labio—. Yo quiero abrir ahí mi repostería.

Con el mostrador de madera, las dos mesitas afuera, el pan de muerto en octubre.

No sé cómo se va a llamar. No sé si va a funcionar. Pero es el sueño, Mateo. El de verdad.

—¿Y por qué no se lo has dicho a tu familia?

—Porque mi tía ya me ve casada, mi mamá me ve segura, y mi abuela… —sonrió—. Mi abuela ya sabe. La abuela siempre sabe.

—Entonces, ¿por qué no lo haces?

—Porque da miedo. Porque es caro. Porque… —me miró—. Porque a veces los sueños se quedan en voz baja, ¿no?

—Eso ya lo dijiste esta mañana.

—Y lo sigo pensando.

Me quedé callado. Y entonces, sin pensarlo, le dije lo que nunca le había dicho a nadie:

—Yo tampoco quería ser arquitecto.

—¿Qué?

—Estudié arquitectura porque mi mamá lo decidió.

Los Del Valle tienen nombre que mantener, y los Del Valle con nombre estudian carreras de gente con nombre.

Yo nunca pregunté. —Miré mis manos—. Diseño edificios de oficinas, Valeria.

Edificios donde la gente va a trabajar ocho horas al día sin mirarse.

Y a veces, en las juntas, pienso que estoy construyendo jaulas bonitas.

—¿Y qué harías si no?

—No sé. —La miré—. Es la primera vez que alguien me pregunta.

—¿Y qué harías si pudieras elegir? —insistió ella.

Me quedé callado. La noche, el atrio, la pregunta flotando entre los dos como una de esas cosas que uno nunca se atreve a pensar.

—No sé —dije al fin—. Nunca me habían preguntado eso tampoco.

—Pues cuando lo sepas, me dices —dijo ella, y sonrió—. Yo también estoy aprendiendo a elegir.

—¿Y tú qué elegirías?

—Eso —dijo ella, y su voz bajó—. Ya lo sabes. El local. El letrero con mi nombre. —Me miró—. Y ahora, encima, me estás complicando la lista.

—¿Complicándola cómo?

—Antes solo tenía un sueño —dijo—. Ahora tengo dos. Y no sé cuál me da más miedo.

No pregunté cuál era el segundo. No me atreví.

Se quedó callada. El atrio, la noche, las dos personas que llevaban catorce años sin decirse nada importante.

—Oye —dijo ella, al fin—. No está tan mal ser un Del Valle en tratamiento.

—¿No?

—No. —Se levantó, se ajustó la chamarra—. Hasta los Del Valle pueden aprender. —Y me tendió la mano, sin pensar—. Vamos, te acompaño a la esquina. No quiero que la abuela me regañe por dejarte caminar solo.

Tomé su mano. Fue un gesto pequeño, natural, el que se hace sin pensar.

Pero los dos lo notamos.

Y ninguno dijo nada.

Y mientras caminaba de regreso a la hacienda, la pregunta de Valeria me siguió como un perro fiel: ¿qué haría si pudiera elegir? No sabía la respuesta. Pero por primera vez en mi vida, quería encontrarla.