Novio de mentiras Capítulo 17 — Tú sí eres feliz, ¿verdad?
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Capítulo 17 — Tú sí eres feliz, ¿verdad?

Salí de la despedida a las once de la noche, con el eco de la pregunta de Paulina rebotándome en la cabeza.

"Tú sí eres feliz, ¿verdad, con Mateo?"

La pregunta más simple del mundo. Y yo no había podido contestarla.

La última hora de la fiesta había sido un acto de circo: la tía Chole, con dos copas de vino encima, me había agarrado del brazo y me había presentado a todas las primas como "la que se trajo al Del Valle, ¡al hijo de la hacienda!

", y yo había sonreído, y había dejado que me abrazaran, y había brindado por mi novio imaginario mientras por dentro sentía que la mentira me crecía como una masa que no termina de leudar.

—¿Y cuándo es la boda, Val? —preguntó una prima que no veía desde hacía años.

—Todavía no hay fecha, prima.

—Pues apúrate —dijo la tía Chole, con la autoridad del vino—. A mi edad no se puede esperar. ¡Y el Del Valle no se va a quedar soltero para siempre!

Se rieron todas. Yo también. La mentirosa profesional.

El pueblo estaba dormido cuando salí: las luces apagadas, los perros callados, el olor a tierra mojada flotando en el aire. Caminé sin rumbo, con las manos en los bolsillos, pasando por la plaza vacía, por el kiosco sin música, por la calle donde Mateo y yo habíamos caminado esta tarde.

La banca del kiosco seguía ahí. La misma donde nos habíamos comido el elote, donde yo le había dado mi mitad como quien dice "no todo se va". La miré un segundo de más, y me di cuenta de que estaba sonriendo, y me dio coraje.

—¿Valeria? —dijo una voz desde el puesto de las frutas, que estaba cerrando—. ¿Qué haces sola a estas horas, mija?

La señora Toña. Con su mandil y su canasta, apagando la lámpara del puesto.

—Caminaba, señora. Pensando.

—¿Y en qué piensa una muchacha bonita a estas horas? —Me miró, con esa sonrisa de la que ya lo sabe todo—. ¿En el novio?

—En el novio, no. En el trato.

—¿En el trato? —Se rió—. Mija, yo he visto a ese muchacho mirarla. Eso no es un trato. Eso es un hombre que se está cayendo y no sabe cómo decirlo.

—¿Y usted cómo sabe?

—Porque yo también me caí una vez, mija. Y cuando una se cae de verdad, no necesita contrato. —Cerró su puesto con llave, y me dio una palmada en el brazo—. Váyase a dormir, Valeria. Mañana tiene boda, y las novias de honor no pueden andar con ojeras.

—No soy novia de honor, señora.

—Ajá. —Y se fue, riéndose bajito, con su canasta y su linterna—. Como el mío, mija. Como el mío.

Me quedé sola en la plaza. El kiosco vacío, las bancas, la luna.

Y de pronto, sin querer, mi cabeza se fue catorce años atrás: a esta misma plaza, al salón de la cooperativa, al baile de fin de cursos donde entré sola, con el vestido que mi mamá me cosió, mientras todo el pueblo me miraba con lástima.

Catorce años. Y todavía, a veces, sentía a la niña de dieciséis esperando en el atrio.

Y luego pensé en esta tarde. En el mercado, con Mateo: el desastre de los jitomates, la señora Chuy cobrándole de más, él pagando sin chistar porque no sabía cuánto costaba un jitomate y le daba vergüenza preguntar.

En la plaza, con la mano de él en mi brazo y el elote a medio comer.

En la banca, cuando le di mi mitad y me miró como si le hubiera dado algo más grande.

Tres días. Tres días bastaron para que el hombre que me dejó plantada en el baile se convirtiera en el que recoge aguacates del suelo.

Y yo, que llevaba catorce años sin dejar que nadie se acercara, me había sentado en una banca con él, le había dado mi elote, y había cerrado los ojos en una azotea esperando que me besara.

Eso no era un trato. Eso era otra cosa.

Y me daba tanto miedo como la espera en el atrio, hace catorce años.

El teléfono vibró. Pao.

—¿Y? —dijo, sin saludo—. ¿Cómo fue la despedida?

—Paulina lloró en el baño. Y me preguntó si yo soy feliz con Mateo. —Silencio—. Pao, no sé si esto es real.

—Pues averígualo el domingo, cuando se vaya. Si te duele, era real. Si no, era un trato. —Pausa—. Fin de la consulta.

Colgó. Me quedé parada en medio de la calle, con el teléfono en la mano y la noche del pueblo a mi alrededor.

El miedo a quedarme sola. Pao tenía razón.

Desde la prepa yo había construido mi vida alrededor de una sola idea: no volver a darle a nadie el poder de dejarme plantada. Me fui a la ciudad, abrí Dulce Rincón con mis ahorros y los de mi mamá, y dejé ir a Diego sin pelear, porque ya sabía cómo se sentía esperar a alguien que no llega.

Y ahora había un tipo con una libreta, que recogía aguacates del suelo y me hacía reír en un mercado.

—Esto no puede seguir —dije, en voz baja—. Mañana le digo que el trato termina antes del domingo.

Pero mientras subía las escaleras de la casa de la abuela, con el eco de la risa de Mateo en el mercado y el recuerdo de su mano en mi brazo, supe que era mentira. No iba a poder decirle que terminara. Porque no quería que terminara.

Y porque, por primera vez en catorce años, tenía miedo de algo peor que quedarme sola: tenía miedo de que él se fuera y yo me diera cuenta de todo lo que no le dije.

En la puerta de mi cuarto, me detuve. El viernes, en la cena de ensayo, iba a sentarme en la mesa de los Del Valle. Iba a conocer a Camila, la madre que elegía los brindis y los vestidos y las vidas de sus hijos. Iba a sentarme ahí, delante de todo el mundo, con mi mentira puesta.

—¿Mija? —dijo la voz de la abuela desde su cuarto, cuando pasé por el pasillo—. ¿Ya comiste?

—Sí, abuela. Comí en la despedida.

—¿Y dormiste algo?

—Estaba a punto.

—Mentira —dijo, y se oyó reír bajito detrás de la puerta—. Pero está bien. Mañana tienes día grande.

—¿Día grande de qué?

—De ensayo, mija. De ensayo.

Antes de dormir, abrí el chat de Mateo. El último mensaje era el suyo, el del miércoles: "el vestido azul no se me ha ido de la cabeza en catorce años". Lo leí una vez más. No respondí. Pero no lo borré.

—Mañana —me repetí, acostándome—. Mañana lo mando al diablo.

Y me acosté, y no pude dormir, y el viernes tenía otros planes para mí.

Y en la oscuridad, con la luna entrando por la ventana, pensé en el domingo. En la hora en que el trato iba a terminar. En la parada del mercado, y en si él iba a estar ahí, o en si me iba a tocar esperar otra vez a alguien que no llega.

—Mañana —dije una vez más, al techo—. Mañana decido.

Y me dormí, por fin, sin haber decidido nada.