Novio de mentiras Capítulo 16 — La despedida de soltera
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Capítulo 16 — La despedida de soltera

La despedida de soltera de Paulina fue en casa de la prima Lety, que vive en la colonia de arriba y tiene un patio con lavadero donde cabe media familia.

Había papel picado, una piñata de las que ya nadie usa, una botella de tequila que nadie abrió y dos de vino que sí, y quince mujeres de todas las edades haciendo lo que las mujeres de este pueblo hacen cuando están solas: reírse, chismear y ponerse serias cuando nadie lo espera.

El juego de la botella había pasado a la historia cuando la prima Lety sacó las fotos de la boda de su mamá y todas nos pusimos a adivinar quién era quién.

La tía Chole contó tres veces la historia de su boda, y las tres veces la contó distinta.

Mi mamá corrigió los detalles con la precisión de maestra que le conocíamos.

Y yo, con un vaso de vino en la mano y la mente en otro lado, asentía sin oír.

Yo estaba en la cocina, cortando limones para los vasos, cuando Paulina entró al baño y no salió.

Al principio no lo noté. La tía Chole estaba contando la historia de su boda (la cuarta vez en la noche), y mi mamá la interrumpía con los detalles que ella recordaba distinto. Las primas se reían. La prima Lety ponía más vino.

—¿Y Paulina? —preguntó mi mamá, de repente—. Hace rato que no la veo.

Nadie lo había notado. Yo sí. La había visto entrar al baño hace veinte minutos, y había visto que la luz seguía encendida.

—Voy a ver —dije.

Toqué la puerta del baño.

—¿Paulina?

Silencio. Luego, una voz pequeña, mojada:

—¿Val?

—Sí, soy yo. ¿Estás bien?

—Estoy… —hubo un sollozo que se cortó—. Estoy perfecta. Es mi despedida. Tengo que estar perfecta.

—Paulina, ábreme.

Tardó. Pero abrió.

Estaba sentada en la orilla de la tina, con el vestido de la despedida —el color vino que le quedaba tan bien—, las lágrimas corriéndole por la cara, y las manos apretadas sobre el regazo, como si estuviera conteniendo algo más grande que ella.

—No llores —dije, sentándome a su lado—. Es tu fiesta.

—Por eso lloro. —Se rió, con una risa rota—. Es mi fiesta. La fiesta de la novia perfecta, con la lista de invitados perfecta, el vestido perfecto, el protocolo perfecto. Y yo aquí, en el baño, preguntándome si en verdad quiero casarme o si solo quiero terminar la lista de invitados.

—¿Qué?

—No sé si quiero casarme con Emilio, Val. —Me miró, con los ojos rojos—. O si quiero casarme porque ya llevamos dos años, porque la boda está pagada, porque mi mamá ya invitó a media iglesia, porque sería una vergüenza cancelar. No sé si quiero a Emilio o si quiero la boda.

—¿Emilio sabe algo?

—Emilio no sabe nada. Emilio está feliz. Emilio es feliz, ¿me entiendes? Y yo no sé si puedo darle la felicidad que él se merece, porque no sé si yo soy feliz.

—¿Y por qué no se lo dices?

—¿Cómo le digo "oye, Emilio, no sé si quiero casarme"?

Después de dos años. Después de que su mamá nos prestó la casa para la luna de miel.

Después de que yo misma elegí el vestido, el color de las servilletas, la canción del primer baile.

—Se rió, con una risa que era mitad sollozo—.

No puedo cancelar mi propia boda, Val. Sería la vergüenza del pueblo.

—No sería una vergüenza, prima. Sería una decisión.

—Mi mamá me mataría.

—Tu mamá te quiere. Y te quiere más que a una boda.

—¿Y Emilio?

—Emilio —dije, y busqué las palabras con cuidado—, Emilio te quiere. Y si tú le dices la verdad, Emilio va a escucharte. Es de los que escuchan.

—¿Y si me escucha y se va?

—Entonces no era él, prima. —La abracé más fuerte—. Pero yo lo he visto, Paulina. Lo he visto hablar de ti en la tienda, lo he visto cuadrarse cuando alguien dice tu nombre. Ese hombre no se va a ir.

La abracé. Fue lo único que se me ocurrió. La abracé en la orilla de la tina, con el vestido color vino arrugándose entre las dos, y la dejé llorar.

—¿Y tú? —dijo, entre sollozos—. Tú sí eres feliz, ¿verdad? Con Mateo.

Las palabras se me quedaron atoradas.

—Yo… —empecé.

—Lo vi —dijo Paulina, secándose la cara con el dorso de la mano—. En la plaza. Cómo te mira. Cómo caminaba contigo, como si llevara años haciéndolo. —Sonrió, con una sonrisa temblorosa—. Eso es amor, Val. Eso es lo que yo quiero. Alguien que me mire así.

Y yo, la mentirosa profesional, la que llevaba tres días actuando frente a mi familia, no pude decir nada.

Porque no era amor. Era un trato. Un trato con reglas y fecha de caducidad, y yo era la única que sabía que el domingo a las ocho de la mañana, la parejita de la plaza iba a terminar.

—Val —dijo Paulina—. ¿Me estás escuchando?

—Sí. Te escucho.

—¿Y qué hago? ¿Qué hago con lo que siento?

—No sé, prima. —Tomé su mano—. Pero te digo una cosa: tú no eres un fraude. Tú eres la persona más organizada que conozco, y si has estado dos años con Emilio, no ha sido por la lista de invitados. Ha sido porque lo quieres. Y el miedo no quita el amor, Paulina. El miedo solo lo disfraza.

—¿Y cómo sabes tú eso?

—Porque lo estoy viviendo —dije, y fue lo más honesto que dije en toda la noche.

Paulina me miró. Y por primera vez en la noche, su sonrisa fue de verdad.

—Tú sí eres feliz, ¿verdad, con Mateo? —repitió, pero esta vez con otra entonación—. Porque yo quiero eso para ti, Val. Quiero que alguien te mire como Mateo te mira.

—Yo… —El nudo en la garganta me ganó—. Sí, prima. Soy feliz.

La mentira me supo a ceniza.

Pero Paulina sonrió, se levantó, se arregló el vestido color vino, y dijo:

—Pues vamos a terminar mi despedida, que mi mamá va a empezar con la historia de su boda otra vez, y no la aguanto.

Nos reímos. Las dos. En la orilla de la tina, con las lágrimas todavía frescas.

Y mientras Paulina se reía, yo sentía el peso de mi mentira crecer en el pecho, como una masa que no termina de leudar.

Porque había una diferencia entre las dos, y era esta: Paulina tenía miedo de no querer lo suficiente. Y yo tenía miedo de querer demasiado a alguien que el domingo se iba a ir.

Salimos del baño con las caras arregladas y las sonrisas puestas.

La fiesta siguió: la tía Chole contó su historia por cuarta vez, la prima Lety sacó el tequila que nadie abrió, y Paulina, mi prima perfecta, se rió con todas, como si en el baño no hubiera pasado nada.

Y yo me reí con ella, y brindé con ella, y la abracé en la puerta cuando se acabó la fiesta.

—Nos vemos mañana en el ensayo —dijo Paulina, con los ojos brillantes—. Y gracias, Val. Gracias por escucharme.

—Para eso están las primas —dije.

—Y para eso están los novios —dijo ella, y me guiñó un ojo—. Cuida al Del Valle. Que se nota que te cuida a ti.

Caminé a casa con el eco de sus palabras. El pueblo dormido, la luna, el olor a tierra mojada. Y yo, con la pregunta de Paulina —"tú sí eres feliz, ¿verdad?"— rebotándome en la cabeza, como una campana que no termina de sonar.

En la esquina de la casa de la abuela, me detuve.

La tienda cerrada, el letrero de "abarrotes", la luna reflejándose en el vidrio polvoriento.

Y por un segundo, un segundo tonto, me la imaginé abierta: el mostrador de madera, las dos mesitas afuera, el letrero nuevo con un nombre que todavía no existía.

—Algún día —dije, en voz baja—. Algún día, Valeria.

Y entré a la casa, y la abuela ya me había dejado la luz prendida en el pasillo, como siempre.