Capítulo 15 — La plaza
A las seis de la tarde, la plaza de San Gabriel era el corazón del pueblo: el kiosco, las palmeras, las señoras en las bancas, los chavos en la esquina, y el olor a elotes hervidos que subía desde el puesto de doña Chole.
—Ahí están —dijo Valeria, y su mano encontró mi brazo con una naturalidad que me dejó sin aire—. La parejita oficial.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Quiere decir que tienes que caminar como si me quisieras. —Y me sonrió, con esa sonrisa que ya no sabía si era actuada—. Es la hora de mayor tráfico del pueblo. Todos van a pasar por aquí.
Caminamos. La mano de ella en mi brazo, mis pasos acompasados a los suyos, el pueblo mirándonos con esa curiosidad amable de los lugares donde todo el mundo se conoce.
La señora de la tortillería nos saludó desde su puerta.
El carnicero levantó la mano. Un grupo de señoras en la banca del kiosco nos vio pasar y se inclinaron a cuchichear con una velocidad que habría impresionado a mi equipo de obra.
—Sonríe —dijo Valeria, por lo bajo—. Pero no sonrías todo el tiempo. Las parejas de verdad no sonríen todo el tiempo.
—¿Cómo sabes qué hacen las parejas de verdad?
—Veo muchas bodas, Mateo. Sé distinguir entre el amor y la actuación.
—¿Y qué estamos haciendo nosotros?
—Hoy, actuando. —Su mano apretó mi brazo un poco más—. Mañana, ya veremos.
En la banca del kiosco, la señora Toña nos vio y se iluminó.
—¡Miren nada más a la parejita! —gritó, con su voz de chisme de primera mano—. ¡Y qué bien se ven juntos! ¡Ojalá y se casen antes de que yo me muera!
—Señora Toña, usted va a vivir cien años —dijo Valeria.
—¡Y quiero ver la boda, mija! ¡La quiero ver! —Y a mí, bajando la voz con la discreción de un altavoz—: Mijo, usted no la deje ir. Esta niña es de las buenas. De las que valen oro.
—Lo sé, señora —dije.
Y lo dije sin pensarlo. Y cuando lo dije, me di cuenta de que sonaba a verdad.
—¿Y los anillos? —preguntó otra señora, desde la banca de al lado—. ¿Ya hay anillos?
—Todavía no —dijo Valeria, rápida—. Estamos en eso.
—Pues apúrense, que la vida es corta. Yo conocí a mi difunto un jueves y me casé un sábado. —Y se rió, con esa risa de las viejas que ya no le temen a nada—. Tres días. Y fueron cuarenta años.
—¿Y cómo supo que era él? —preguntó Valeria.
—Porque cuando lo vi, se me olvidó lo que estaba haciendo. —La señora nos miró, a mí, a ella, con una sonrisa—. Y usted, mijo, tiene cara de haberse olvidado de algo desde hace rato.
Valeria se rió, pero yo no.
Porque la señora tenía razón.
Me había olvidado de que esto era un trato. Me había olvidado de que el domingo a las ocho de la mañana esto terminaba. Me había olvidado de que yo era el cobarde de la prepa y ella la chava del atrio a la que dejé esperando.
Y la segunda vuelta a la plaza fue peor.
La señora de la tortillería salió a su puerta a saludarnos, y el carnicero levantó la mano con el cuchillo, y un grupo de chavos en la esquina nos vio pasar y uno gritó "¡ahí va la parejita!
" con una alegría que me hizo sentir, por un segundo, que esto no era una actuación.
Era algo más.
Algo que yo no sabía nombrar.
—Oye —dijo Valeria, de repente—. ¿Por qué me miras así?
—¿Cómo?
—Así. Como si estuvieras haciendo cuentas.
—Estoy haciendo cuentas —dije, y fue lo más honesto que dije en todo el día—. De cuánto me falta por aprender.
—¿Aprender qué?
—A no ser el cobarde de la prepa.
Se detuvo. La plaza siguió girando a nuestro alrededor: las señoras, los chavos, el olor a elotes. Pero ella se detuvo, me miró, y por un segundo su cara perdió la defensa.
—Sabes qué —dijo—. Eso casi suena sincero.
—Es sincero.
—¿Y cómo sé que no estás actuando?
—Porque si estuviera actuando —dije, y mi voz salió más baja de lo que quería—, no te habría contado lo de la apuesta. Ni habría recogido los aguacates. Ni estaría aquí, caminando contigo, queriendo que esto dure.
Valeria no dijo nada. Se quedó mirándome, con esa expresión suya que yo ya empezaba a reconocer: la de la que está decidiendo si creer o no.
—Se nos enfrió el elote —dijo, al fin.
—¿Qué?
—El elote de doña Chole. Íbamos a comprar uno. —Señaló el puesto, y su voz sonó rara, un poco ronca—. Vamos, antes de que cierren.
Compramos el elote. Nos lo comimos sentados en la banca del kiosco, con el pueblo cayendo a nuestro alrededor: las luces encendiéndose una a una, el radio de la plaza cambiando de cumbia a balada, los chavos de la esquina yéndose a sus casas.
Y mientras comíamos, sin hablar, la mano de Valeria en mi brazo y el silencio entre los dos lleno de cosas que ninguno se atrevía a decir, supe que quería quedarme ahí para siempre.
No en la banca. No en el pueblo. Ahí. Con ella.
—¿Sabes qué? —dije, sin pensar.
—¿Qué?
—Que hace una semana no conocía a nadie en este pueblo.
Quiero decir: no conocía a nadie de verdad.
Y ahora… —me detuve, buscando las palabras—.
Ahora sé cuál jitomate es de riego, sé quién es la señora Toña, sé que tu tía canta en la iglesia los domingos.
—La miré—. Y todo eso me lo enseñaste tú en tres días.
—¿Y eso qué quiere decir?
—No sé —dije—. Pero me gusta cómo se siente.
Valeria se quedó callada. Con el elote a medio comer y la noche cayendo, me miró con una expresión que no supe leer.
—A mí también me gusta —dijo, al fin, en voz baja—. Y eso me da miedo.
—¿Por qué?
—Porque las cosas que me gustan —dijo, y su voz sonó rara—, se van.
No supe qué contestar. Así que hice lo único que se me ocurrió: le di mi mitad del elote.
—Toma —dije—. Para que veas que no todo se va.
Se rió. Y me quitó el elote de la mano.
Y por un segundo, bajo la luz del kiosco, la vi sonreír como no la había visto sonreír en toda la semana.
Caminamos de vuelta con el elote a medio comer, y cuando llegamos a la esquina de la casa de la abuela, Valeria soltó mi brazo.
No fue un gesto dramático. Fue un movimiento pequeño, natural, el que se hace cuando se llega a la puerta. Pero yo lo noté. La sentí soltarme, y noté el vacío que dejó su mano.
Y supe, con una certeza que me dolió, que ella también lo había notado.
—Buenas noches, Mateo —dijo, sin mirarme.
—Buenas noches, Valeria.
—Gracias —dijo, y fue un gracias distinto, uno que no esperaba—. Por la tarde. Por el mercado. Por la plaza. —Se mordió el labio—. Por hacer que esto se sienta menos como un trato.
—No hay de qué —dije, y la verdad era que había de todo.
—Nos vemos mañana —dijo, y me miró por fin, con una sonrisa pequeña, de las que no se actúan.
—Nos vemos mañana.
Y entró. Y yo me quedé en la esquina, con el papel del elote en la mano, mirando la puerta que se cerraba.
Y caminé a la hacienda, y no pude dejar de mirarme el brazo, donde había estado su mano.