Novio de mentiras Capítulo 14 — De novios por el mercado
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Capítulo 14 — De novios por el mercado

El mercado municipal de San Gabriel, visto desde adentro, es un organismo con reglas propias.

Yo lo sabía de niño: mi mamá nunca pisaba el mercado, mandaba a la gente de la hacienda. Así que mi conocimiento se reducía a lo que veía desde el carro: toldos, voces, colores. Nada más.

Valeria, en cambio, caminaba por ahí como quien camina por su casa. Saludaba a cada puesto por su nombre, sabía cuál jitomate era de riego y cuál de temporal, y regateaba con una ferocidad que habría hecho llorar a mi contador.

—¿Y el novio? —preguntó la señora del puesto de jitomates, mirándome de arriba abajo—. ¿El de la hacienda?

—Sí, señora —dije, con mi mejor sonrisa de arquitecto—. Mateo, mucho gusto.

—¿Y sabe pedir jitomates, el arquitecto?

—Claro que sé pedir jitomates.

Hubo un silencio. La señora me miró. Valeria me miró. El puesto entero me miró.

—Pues pida, mijo —dijo la señora—. Aquí no mordemos.

Pedí. Y fue un desastre.

No supe si pedir por kilo o por pieza. Le dije "jitomate rojo" y la señora me respondió "¿cuál de los tres rojos, mijo?". Me cobró veinte pesos, y yo pagué sin chistar, porque no sabía cuánto costaba un jitomate y porque me daba vergüenza preguntar.

—No, no, no —dijo Valeria, quitándome el billete de la mano—. Son doce. Y con la bolsa, trece. —Y a la señora, en el tono de quien negocia con la vida—: Doña Chuy, no me haga esto delante del novio.

La señora Chuy parpadeó. Me miró. Y cobró trece, con una sonrisa de la que sabe cuándo pierde.

—¿Cómo le hizo? —pregunté, mientras caminábamos.

—Un farol —dijo ella—. El farol funciona mejor cuando no sabes qué hay detrás.

—O sea que eres buena negociando.

—Soy buena leyendo a la gente. No es lo mismo.

—Y a mí, ¿me lees?

Valeria se detuvo. Me miró. Y por un segundo, bajo el toldo del mercado, con el olor a cilantro y a queso fresco entre los dos, su cara perdió el humor.

—A ti, Mateo Del Valle —dijo—, te estoy leyendo desde la prepa. Y todavía no termino el capítulo.

No supe qué contestar. No había respuesta para eso.

El queso fue peor. El pan fue peor. La carne fue un desastre: le pedí "un kilo de carne" a un carnicero que me miró como si le hubiera pedido media vaca, y tuve que rescatarme con un "para la cena, ¿no, amor?" que salió tan raro que hasta el carnicero se rió.

—Amor —repitió Valeria, por lo bajo, cuando ya estábamos lejos—. Regla número dos.

—Tu tía estaba en el puesto de las tortillas.

—Mi tía ya se fue del puesto de las tortillas.

—Estaba la señora de la farmacia, que le cuenta todo a tu tía.

—La señora de la farmacia no estaba.

—Estaba su hija.

—Su hija no cuenta nada. Su hija está enamorada del de la farmacia y no ve nada más.

—¿Y entonces por qué dije "amor"?

—Porque querías —dijo Valeria, y me dejó con la palabra en la boca.

Seguimos caminando. El mercado se abría a nuestro paso: las señoras nos miraban, los señores levantaban la vista, y un murmullo nos seguía por donde íbamos. La parejita. El Del Valle con la Montes. Qué bonito.

El puesto de la fruta fue el último examen. La señora Toña nos vio llegar y se persignó con la emoción.

—¡Miren nada más! —dijo, con su voz de chisme de primera mano—. ¡El arquitecto y la pastelera! ¡Qué parejita más linda!

—Señora Toña —dijo Valeria—, nomás venimos por un kilo de manzanas.

—¡Y yo que pensé que venían a anunciarme la boda!

—Todavía no, señora. Las manzanas, por favor.

La señora Toña pesó las manzanas con una lentitud deliberada, mirándonos a los dos con una sonrisa que no soltaba.

—Veinticinco pesos —dijo.

—Doña Toña —dijo Valeria—. Son quince.

—Mija, los precios subieron.

—Subieron para los que no conocen. A mí me da a quince.

—Veinte —dijo la señora Toña.

—Quince y un consejo —dijo Valeria.

—¿Qué consejo?

—Que ya le conté a su hija lo de la empalizada.

La señora Toña parpadeó. Me miró. Y cobró quince, con una sonrisa de la que sabe cuándo pierde.

—¿Y lo de la empalizada? —pregunté, mientras nos alejábamos.

—No sé qué es lo de la empalizada —dijo Valeria, con una sonrisa que me hizo olvidar por completo las manzanas—. Pero ella no lo sabe.

—Oye —dijo ella, de repente—. Lo de los aguacates.

—¿Qué?

—Los del portón. —Se detuvo, y esta vez no se rió—. No pregunté quién los dejó. Pero quería decirte que… los usé. Hice guacamole. Para la comida de la abuela.

—¿Y qué tal salió?

—Bien. La abuela dijo que estaban en su punto.

—Entonces —dije, y no sé de dónde saqué el valor—, no fue tan malo lo que recogí.

—No fue tan malo. —Me miró, con esa mezcla suya de desconfianza y curiosidad—. Pero no significa que te haya perdonado, Mateo.

—No te pido que me perdones hoy.

—¿Y cuándo?

—Cuando me lo gane.

Se quedó callada. El mercado seguía a nuestro alrededor: voces, colores, el radio de las cumbias. Y entre los dos, un silencio que ya no era incómodo. Era otro tipo de silencio. Uno que no sabía nombrar.

—Vamos —dijo ella, al fin, con la voz un poco rara—. Ya te rescaté bastante por hoy.

—¿Y eso qué significa?

—Que el examen de hoy lo aprobaste con seis —dijo, y sus ojos brillaron—. Mañana hay más. Y en la boda, el final.

—¿Y qué pasa si repruebo el final?

—Entonces te quedas a repasar —dijo ella, y se rió. Una risa de verdad, de las que no se actúan.

Y yo, Mateo Del Valle, arquitecto, treinta y cuatro años, hombre que nunca había pedido permiso, me quedé mirándola un segundo más de lo debido.

—¿Qué? —dijo ella, notando mi mirada—. ¿Me quedó harina en la cara?

—No. —Sonreí—. Solo estaba pensando que hoy aprendí a pedir jitomates.

—¿Y eso qué tiene de especial?

—Que hace tres días no sabía ni que existían los de riego. —La miré—. Y hoy sé cuáles elegir. Eso es progreso, ¿no?

—Es progreso —dijo ella, y por un segundo su sonrisa fue de verdad—. A este paso, para el domingo ya vas a saber regatear.

—¿Y después del domingo?

La pregunta cayó entre los dos. Ella se quedó callada, con la bolsa del mercado en la mano y el sol de la tarde en la cara.

—Después del domingo —dijo, al fin—, ya veremos.

—¿Eso es un sí o un tal vez?

—Es un ya veremos —dijo ella, y por primera vez en el día, su sonrisa fue completamente suya—. Y para mí, un ya veremos es más de lo que he dicho en años.

Y se dio la vuelta para entrar a la tienda.

Y yo me quedé viéndola, con las manos en los bolsillos y el corazón golpeándome las costillas, pensando que nunca había querido tanto que un domingo no llegara.

—Mateo —dijo ella, desde la puerta, sin volverse—.

—¿Mmm?

—Mañana te enseño el pan de muerto. El de la receta de mi abuela.

—¿Para qué?

—Para que veas que no todo en este trato es mentira —dijo—. Algunas cosas son de verdad.

Y entró.

Y yo me quedé en la calle, con el corazón a mil, pensando que acababa de recibir la invitación más rara y más importante de mi vida.

Y por primera vez desde el mercado de la mañana, se me olvidó que esto era un trato.