Capítulo 13 — El pueblo se entera
La bolsa de aguacates estaba en el portón.
La vi desde la ventana de la cocina, cuando me estaba sirviendo un vaso de agua, y mi corazón hizo un alto tan brusco que tuve que apoyarme en el lavadero.
Una bolsa de plástico, de las del mercado, con una docena de aguacates adentro, acomodados como si alguien los hubiera puesto con cuidado. Uno por uno.
No la toqué de inmediato. Me quedé viéndola desde la ventana, como si fuera un animal que podía huir si me acercaba.
—¿Mija? —dijo la abuela, sin levantar la vista del comal—. ¿Qué miras?
—Nada, abuela. Algo que dejaron en el portón.
—¿Y quién fue?
—No sé. —Mentira. Lo sabía perfectamente—. Nadie tocó.
—Pues recógela antes de que se la lleve el perro.
La recogí. Los aguacates estaban fríos, limpios, perfectos. La bolsa olía a mercado, a cilantro, a la mañana en que los compré yo, con la señora Toña, cuando todo era más simple y Mateo Del Valle era solo un problema del que iba a deshacerme el domingo.
No pregunté quién la dejó.
Porque sabía la respuesta. Y porque si lo decía en voz alta, tenía que admitir que el gesto me había tocado algo que yo no quería que me tocaran.
El pueblo, mientras tanto, ya se había encargado de lo demás.
—¡Mija! —gritó la tía Chole desde la puerta de la tienda, con el teléfono en la mano—. ¡Ya son noticia!
—¿Qué cosa?
—¡Tú y el Del Valle! La señora de la tortillería dice que los vio en la plaza, peleando por una libreta. El carnicero dice que los vio riéndose. ¡Y doña Toña dice que el novio le regateó los aguacates, que se veían como pareja de verdad!
—Los aguacates los regateé yo, tía.
—¡El pueblo no sabe eso, mija! ¡El pueblo sabe lo que quiere saber!
Así era San Gabriel, el pueblo donde hasta los perros saben tu nombre: aquí el chisme no corría, volaba.
A las doce del mediodía, la parejita ya era oficial.
En la fila del banco, la señora de la caja me preguntó si ya había visto la foto en el grupo del pueblo, y me dio un dulce de regalo "para la novia" sin que yo pudiera explicarle nada.
En la farmacia, en la carnicería, en la tortillería, la misma historia: la parejita era oficial.
Y en la papelería, donde fui a comprar listón para el pastel, la encargada me enseñó la foto que le había llegado por WhatsApp —la de anoche, en la cena, con Mateo arremangado y yo riéndome— y me preguntó con la sonrisa de la que ya me veía de blanco:
—¿Y tú para cuándo?
—Yo para cuando dejen de preguntármelo —dije, y pagué el listón.
—¡Ay, mija! —se rió—. Pues apúrate, que tu tía ya está midiendo el vestido.
Toño, el muy desgraciado, apareció a media tarde en la tienda de la abuela, con una cerveza y su sonrisa de pocas palabras. Se sentó en el corredor, me miró, y dijo:
—O sea que el fresa de la hacienda es tu novio.
—Es un malentendido, Toño.
—Ajá. —Le dio un trago a la cerveza—. Y por eso anoche se comió el mole como si llevara años cenando aquí. Y por eso hoy anduvo en el mercado cargando tus bolsas. Y por eso… —sacó el teléfono— …me llegó esto.
Me mostró la pantalla. Era la foto de la plaza: Mateo y yo, agachados, la libreta en el suelo entre los dos, a punto de chocar las frentes. La había tomado alguien desde la tortillería. La calidad era terrible. La sonrisa de él, aun con la foto borrosa, era inconfundible.
—Neta, Val —dijo Toño—. Ese vato te mira como si no fueras un trato.
—¿Cómo sabes…? —empecé, y me callé a tiempo.
—Sé muchas cosas, hermanita. Solo que no las digo. —Terminó su cerveza—. Pero si algún día ese vato te hace algo, me dices. Yo tengo la parcela y la paciencia.
—¿Y qué harías?
—No sé. Pero quedaría muy bonito en el chisme.
Me reí. Toño siempre lograba eso: hacerme reír cuando más lo necesitaba.
Y entonces, como si el destino tuviera el sentido del humor de Toño, apareció Mateo.
Venía por la calle, con una camisa limpia, el pelo todavía húmedo, y una bolsa de pan dulce en la mano. Se detuvo en la puerta de la tienda, me vio, y por un segundo los dos nos quedamos colgados en el mismo silencio incómodo de esta mañana.
—Traje pan —dijo, levantando la bolsa.
—¿Pan? —dije.
—Para la abuela. Pensé que le gustaría. —Y luego, más bajo, para que solo yo lo oyera—: Y para ti. Por si querías perdonarme un poquito.
—¿Y por qué habría de perdonarte?
—Por lo del mercado —dijo, y esta vez no se rió—. Por gritarte la verdad en la calle, delante de todo el mundo, cuando debí decírtela en privado, hace catorce años. —Hizo una pausa—. Y por los aguacates. Por no saber pedir perdón de otra forma.
—¿Los aguacates eran tu forma de pedir perdón?
—Era lo único que tenía a la mano —dijo—. Y los recogí uno por uno. —Me miró—. No sé si eso cuenta como disculpa, pero fue lo más sincero que hice en años.
Toño se levantó, con su cerveza vacía, y me dio una palmada en el hombro.
—Ahí está tu novio, hermanita. Yo me voy a la parcela. —Y a Mateo, de pasada—: Cuídala, fresa. Aquí la queremos mucho.
Mateo se quedó parado con el pan en la mano y una expresión de no saber si lo acababan de amenazar o de bendecir.
—Tu hermano —dijo— es aterrador.
—Es mi hermano. Y tiene la parcela y la paciencia.
—Eso me dijo.
—¿Y qué vas a hacer?
—Respetarla. —Y lo dijo con una seriedad tan absoluta, tan poco fresa, que me dejó sin respuesta.
En eso, Paulina salió de la casa de al lado, con el vestido de la despedida en una bolsa de la tintorería y los ojos brillantes. Nos vio, y su sonrisa se hizo gigante.
—¡Ahí están mis novios favoritos! —dijo, y me abrazó con una fuerza que me sacó el aire—. Gracias, Val. En serio.
—¿Por qué?
—Por traer a Mateo. Emilio lleva tres días como fiera enjaulada por los preparativos, y desde que su hermano llegó con novia, está tranquilo. Dice que verlos juntos le recuerda por qué se casa. —Me apretó más fuerte—. Ojalá tú también te cases, prima. Ojalá te cases y seas feliz de verdad.
—¿Y tú? —dije, para cambiar de tema—. ¿Cómo estás para mañana?
—Perfecta —dijo Paulina, con su sonrisa impecable—. Todo está listo: el vestido, el salón, el pastel. —Me miró—. Bueno, el pastel es tuyo. Y es lo único de lo que no dudo.
—¿Y de qué dudas?
Paulina dudó. Un segundo. Dos. Y luego su sonrisa impecable se mantuvo, como siempre.
—De nada, prima. De nada. —Y me dio otro abrazo, este más corto—. Nos vemos mañana en el ensayo.
Y se fue, con su bolsa de la tintorería y su espalda derecha.
Y yo, la mentirosa profesional, sonreí con culpa y me quedé con la pregunta flotando en el aire.