Novio de mentiras Capítulo 12 — La apuesta
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Capítulo 12 — La apuesta

Me quedé parado en medio de la calle, con las manos vacías y el eco de mis propias palabras en los oídos.

Me agaché y recogí los aguacates del suelo. Uno por uno. No sé por qué. Tal vez porque era lo único que podía recoger.

"Fue una apuesta."

Lo había dicho. Se lo había dicho. Catorce años guardándolo, catorce años ensayando la forma de decirlo —en la ducha, en el carro, en las noches sin sueño— y al final, cuando la verdad se me escapó, fue en un mercado, a gritos, delante de un señor que pasaba en bicicleta.

—Qué elegante —murmuré para mí mismo—. Qué Del Valle tan elegante.

Caminé sin rumbo. El pueblo me miraba pasar: la señora de la tortillería, el carnicero, el hombre que barría la banqueta. El pueblo que ya nos había casado, el pueblo que ya nos había visto pelear.

Pasé por el portón de la casa de la abuela y dejé la bolsa de los aguacates en la entrada. Sin tocar el timbre. Sin esperar a que saliera nadie. Solo la dejé ahí, como quien devuelve lo que rompió.

Llegué a la hacienda sin darme cuenta. Me senté en la banca del corredor, con la vista perdida en la empacadora, y me quedé ahí, procesando.

Catorce años.

Yo había construido mi vida entera sobre una mentira disfrazada de éxito: el despacho, el departamento en Santa Fe, la novia que se fue porque "estabas más casado con el trabajo que conmigo", las cenas con clientes que no me importaban, los edificios que diseñaba sin ponerles corazón.

Todo, todo, para demostrarle a mi mamá, a los Rojas, al pueblo, que el hijo de los Del Valle había triunfado.

Y en el fondo, debajo de todo, estaba aquel vestido.

No la había vuelto a ver en catorce años.

No en persona, no así, no con el pelo revuelto y el pastel en los brazos.

Pero la había pensado. Más de lo que estaba dispuesto a admitir.

En los momentos raros, en los silencios, cuando el despacho se vaciaba y yo me quedaba solo con mis pensamientos, aparecía ella: la chava del atrio, con aquel vestido, esperando a un idiota que nunca iba a llegar.

Y hoy, en el mercado, se lo había dicho todo. O casi todo.

Le había dicho lo de la apuesta. Los cien pesos. El caballo de mi papá. Pero no le había dicho lo más importante: que me arrepiento. Que me he arrepentido todos los días. Que la dejé plantada por cobarde, y que la cobardía no se me quitó con los años, solo cambió de forma.

—¿Mateo?

Emilio. Mi hermano, con una caja de aguacates en las manos, parado en la puerta de la empacadora.

—¿Qué haces sentado ahí? —preguntó—. ¿No ibas al mercado con tu novia?

—Ya fui.

—¿Y por qué tienes cara de que perdiste a tu novia?

—Porque la perdí.

Emilio dejó la caja. Se acercó, se sentó a mi lado en la banca, y esperó. Mi hermano siempre ha sabido esperar: es de los que dejan que la gente hable sola.

—La dejé plantada en el baile de la prepa —dije.

—¿Qué?

—Hace catorce años. Le pedí que me acompañara al baile por una apuesta con los Rojas, y no fui. La dejé plantada en el atrio, delante de todo el pueblo. —Me pasé la mano por la cara—. Y hoy, en el mercado, se lo dije. A gritos. Delante del señor de la bicicleta.

Emilio se quedó callado un rato. Luego dijo:

—¿Y por eso eres su novio?

—Algo así.

—¿Algo así?

—Es un trato, Emilio. Un trato de novios falsos hasta el domingo. Ella necesita que su familia deje de preguntarle cuándo se casa, y yo necesito sobrevivir a la boda sin que mamá me case con la hija de los González.

—Ah. —Mi hermano asintió, procesando—. O sea que todo esto es mentira.

—Todo esto es mentira.

—¿Y por eso tienes cara de que se te cayó el mundo?

—Porque… —Las palabras se me atascaron. Las miré desde afuera, sorprendido de que existieran—. Porque no quiero que sea mentira.

Emilio no dijo nada. Mi hermano, el hijo bueno, el que siempre supo lo que quería —Paulina, la hacienda, la vida del pueblo—, se quedó callado, mirando la empacadora.

—Entonces —dijo al fin—, ¿qué vas a hacer?

—Decírselo. Todo. La apuesta, la prepa, el arrepentimiento. Y que esta semana… —respiré hondo—. Que esta semana fue lo más real que he vivido en años.

—¿Y cuándo se lo vas a decir?

—Después de la boda. Cuando el trato termine. Para que no piense que se lo digo porque necesito algo de ella.

—¿Y si te odia?

—Ya me odia.

—¿Y si te odia más?

—Puede ser. Pero ya no voy a ser el cobarde de la prepa, Emilio. Eso se acabó. Prefiero que me odie sabiendo la verdad a que me recuerde como el que no tuvo el valor de decírsela.

Mi hermano me miró largo rato. Luego asintió, se levantó, recogió su caja de aguacates.

—Sabes qué —dijo—. Paulina tiene razón contigo.

—¿Qué dice Paulina?

—Dice que eres más buena gente de lo que aparentas. —Se encogió de hombros—. Yo le dije que no, que eres un fresa insoportable. Pero parece que ella te conoce mejor que yo.

—¿Y qué más dice?

—Dice que la prima Valeria es de las que perdonan de verdad. Pero que no perdona dos veces. —Emilio me dio una palmada en el hombro—. Así que si la vas a querer, quiérela bien. Si no, déjala en paz.

Las mismas palabras que la abuela. Casi las mismas. San Gabriel entero parecía haberse puesto de acuerdo para darme el mismo consejo.

Me quedé en la banca, viendo la tarde caer sobre la empacadora.

Y por primera vez en catorce años, supe exactamente lo que quería decir. Sin ensayos. Sin libretas. Sin historia oficial.

Mañana, después de la boda, se lo diría todo: la apuesta, el vestido, los catorce años de arrepentimiento, y que esta semana —la semana más absurda de mi vida— había sido la primera en la que supe lo que quería.

Y si ella me odiaba, me odiaría sabiendo la verdad.

Pero ya no iba a ser el cobarde de la prepa.

Eso, por lo menos, estaba en mis manos.

Saqué el teléfono. Abrí el chat de Valeria —el que le había escrito anoche, sin nombre, solo el número que me pasó Paulina— y escribí:

"Necesito decirte algo. Sin libreta. Sin historia oficial."

Lo leí. Lo borré.

Lo escribí otra vez. Lo borré.

Lo escribí una tercera vez. Mi dedo quedó suspendido sobre el botón de enviar.

—Mañana —dije en voz alta, guardando el teléfono—. Mañana, después de la boda.

Pero me quedé sentado en la banca, con el teléfono en el bolsillo quemándome, y supe que era mentira. No iba a esperar al domingo. No podía.

La había visto correr hoy. La había visto llegar al portón de su casa, apoyarse en la buganvilia y llorar hasta que su abuela salió a abrazarla. Y yo, desde la esquina, lo había visto todo. Y había sentido el golpe en el pecho, tan fuerte que tuve que apoyarme en la pared.

Catorce años de huir. Y ahora, por fin, entendía por qué huía: porque sabía que si me quedaba, iba a querer quedarme para siempre.

Saqué el teléfono otra vez. Abrí el chat de Valeria. Y escribí, sin pensarlo, lo único que sabía que era verdad:

"No te pido que me perdones hoy. Solo quiero que sepas que el vestido azul no se me ha ido de la cabeza en catorce años. No voy a dejar de intentarlo. Buenas noches."

Mi dedo quedó suspendido sobre el botón de enviar. Un segundo. Dos.

Lo envié.

El mensaje salió con un sonido pequeño, insignificante, y se quedó ahí, en el aire entre los dos, como una piedrita lanzada a un pozo.

Ella no contestó.

Yo no esperé respuesta. Guardé el teléfono, subí a mi cuarto, y por primera vez en catorce años, me acosté con una idea clara en la cabeza: la voy a recuperar.

No sé cómo. No sé cuándo. Pero la voy a recuperar.

Aunque tenga que quedarme en San Gabriel hasta que el pueblo entero sepa que el hijo de los Del Valle se enamoró de la hija de los de la tienda.

Aunque tenga que aprender a hacer pasteles.

Aunque tenga que arrodillarme en el atrio de la parroquia y pedirle perdón delante de todo el pueblo, igual que ella me esperó una vez en ese mismo atrio.

Fuera lo que fuera.

Ya no era el cobarde de la prepa.

Eso, por lo menos, estaba en mis manos.

Y el viernes, en la cena de ensayo, Valeria iba a sentarse en la mesa de mi familia.

Iba a conocer a mi mamá. Iba a ver, con sus propios ojos, de qué estaba hecha la casa de los Del Valle.

Y yo iba a estar a su lado, temblando más que ella, porque por primera vez en catorce años tenía algo que perder.

Fin del Bloque 1.