Capítulo 11 — El mercado
El mercado de San Gabriel, los jueves, era un organismo vivo.
Olía a cilantro, a carne, a queso fresco y a ese olor indefinible de la gente que madruga.
Las señoras discutían los precios con la ferocidad de abogados, los señores cargaban cajas de jitomate como si pesaran plumas, y en el centro, bajo el techo de lámina, un radio viejo tocaba cumbias a todo volumen.
Yo estaba en el puesto de las verduras, discutiendo el precio de unos aguacates con la señora Toña, cuando alguien me tocó el hombro.
—Buenos días, amor.
Me di la vuelta. Mateo Del Valle, con una camisa clara, las mangas arremangadas, y una sonrisa de anuncio de pasta dental.
—No me digas "amor" —le dije por lo bajo—. Regla número dos.
—Tu tía está a tres puestos de aquí.
Miré. La tía Chole estaba en el puesto de las tortillas, gesticulando con las manos como si estuviera dirigiendo una orquesta.
—Un "amor" de vez en cuando —dijo Mateo, con esa sonrisa—. Solo para sobrevivir.
—Sobrevive sin cursilerías.
—¿Y qué hago con mi cariño?
—Lo guardas. Como todo lo demás.
La señora Toña nos miró, primero a mí, luego a él, con una sonrisa que le cruzaba toda la cara.
—¿Y este es el novio? —preguntó, con la voz que usaba para el chisme de primera mano—. ¿El Del Valle?
—Sí, señora —dijo Mateo, estirando la mano—. Mateo, mucho gusto.
—¡Ay, qué guapo! —dijo la señora Toña, y me guiñó un ojo a mí—. Y mira que yo la conocí de chiquita, mija, a esta le ponían los zapatos al revés. ¡Miren nada más a quién se trajo!
—Señora Toña, no le cambie el precio por esto —dije yo—. Los aguacates son aguacates.
—¡Para ti, mija, todo lo que quieras! ¡Llévate dos kilos, a precio de uno! ¡Y que vivan los novios!
Salí del puesto con los aguacates, la cara colorada y el corazón a mil. A mi lado, Mateo caminaba con las manos en los bolsillos, con una sonrisa que no se le quitaba.
—¿Qué te pasa? —dije.
—Nada. Es que me gusta el pueblo.
—¿Desde cuándo te gusta el pueblo?
—Desde hace cinco minutos. —Me miró—. Es un pueblo muy bonito. Con gente muy amable. Y aguacates muy baratos.
—No digas tonterías.
—No digo tonterías. Digo verdades.
—Eso es peor.
Seguimos caminando. El mercado se abría a nuestro paso como el mar Rojo: las señoras nos miraban, los señores levantaban la vista de sus cajas, y un murmullo —ese murmullo de pueblo que corre más rápido que el agua— nos seguía por donde íbamos.
—La parejita —susurró alguien.
—El Del Valle con la Montes —susurró otro.
—Ay, qué bonito —dijo una tercera, con la voz llena de corazones.
—Esto es un desastre —dije yo, entre dientes.
—Es un éxito —corrigió Mateo—. Tu tía ya mandó la foto al grupo. Todo el pueblo sabe que somos novios. Eso significa que nadie nos va a preguntar nada incómodo.
—¿Nadie? Mi abuela te preguntó por la prepa anoche, delante de todos.
—Tu abuela es una excepción. Tu abuela es un radar humano.
—No le digas radar a mi abuela.
—¿Cómo le digo?
—Le dices "doña Cuca". Y te paras derechito cuando te hable. Y no parpadeas.
—¿Y si parpadeo?
—Parpadeas menos.
Nos detuvimos en el puesto del pescado. O más bien, yo me detuve: Mateo me siguió, sin preguntar, como si llevara años siguiéndome a todos lados.
—¿Por qué compras pescado? —preguntó.
—Porque mi prima Paulina pidió que hiciera algo especial para la cena de hoy. El pescado a la talla de mi abuela es legendario.
—¿Y lo vas a hacer tú?
—Soy la pastelera, no la cocinera. Pero sé hacer pescado a la talla. Mi abuela me enseñó. —Levanté el pescado, lo olí, y se lo pasé al señor del puesto—. ¿Me lo envuelve, don Beto?
—Claro, mija. —El señor Beto lo envolvió con papel periódico, y me miró a mí, luego a Mateo—. ¿Y este es el novio? ¿El Del Valle?
—Sí, don Beto.
—Pues que la trate bien, mijo. A esta la conozco de chiquita, es de las buenas.
—Lo sé, don Beto —dijo Mateo, y su voz sonó tan seria, tan sincera, que hasta yo me lo creí.
Salimos del mercado con las bolsas llenas. El sol pegaba fuerte y yo sentía el calor subirme por el cuello, y no era del sol.
—¿Por qué hiciste eso? —pregunté, sin mirarlo.
—¿Qué cosa?
—Lo de "es de las buenas, lo sé". Sonaste como si fuera verdad.
—Es verdad.
—No es verdad. Es un trato.
—El trato no quita que sea verdad.
Me detuve en seco, en medio de la calle, con las bolsas del mandado colgando de los brazos.
—Mira, Mateo —dije, y mi voz salió más alta de lo que quería—. Tú no tienes derecho a venir aquí, a mi pueblo, a la casa de mi abuela, a hacerte el novio perfecto. Tú no tienes derecho a sonar como si me conocieras, porque no me conoces. Tú no tienes derecho a…
—¿A qué? —dijo él, y su voz también cambió.
—¡A nada! —Las bolsas me pesaban. Todo me pesaba—.
Tú eres el que me dejó plantada, Mateo. Tú eres el que pasó de largo en el mercado al día siguiente, como si no me conociera.
Y ahora vienes, catorce años después, con tu libreta y tu historia oficial y tus "es de las buenas", y esperas que yo… que yo…
—¿Que tú qué?
—¡Que yo finja que no pasó nada!
El silencio cayó entre los dos. Un señor que pasaba con su bicicleta nos miró de reojo y siguió de largo.
—Yo no soy el mismo de la prepa —dijo Mateo, en voz baja.
—¿Y yo por qué te creería?
—Porque te lo estoy diciendo.
—Eso no es una razón. Eso es una frase.
—Es la única que tengo.
Lo miré. Bajo el sol de noviembre, con la camisa arremangada y el mercado a nuestras espaldas, Mateo Del Valle se veía… no sé. Menos fresa. Más real.
—Sabes qué —dije, dándole la espalda—. Me voy a casa.
—Valeria…
—Me voy a casa, Mateo. Tengo pescado que preparar.
Di dos pasos. Y entonces lo oí.
—¡Fue una apuesta!
Me detuve.
—¿Qué?
—El baile —dijo él, y su voz sonaba distinta, rota, sin el tonito de la gente que nunca ha pedido permiso—.
Fue una apuesta, Val. Los Rojas apostaron a que no me aceptabas.
Cien pesos y el caballo de mi papá. Y yo, el idiota, acepté.
Y fui tan cobarde que no tuve el valor de presentarme a decirte la verdad.
Me di la vuelta.
—¿Una apuesta?
—Una apuesta.
—¿Me pediste al baile por una apuesta?
—Sí.
—¿De cien pesos?
—Sí.
—¿Y el caballo de tu papá?
—Sí.
Se me fueron las palabras. No había aire. Solo el eco de "cien pesos" dando vueltas en mi cabeza como una canción de cumbia desafinada.
—¿Cien pesos? —Mi voz no era mía. Era más delgada, más chiquita, como la de la niña de dieciséis que esperó en el atrio—. ¿Eso valía yo?
—Valeria, no fue así…
—¿Y el caballo? —avancé un paso. Él retrocedió—. ¿El caballo de tu papá también valía más que yo?
No me contestó. No pudo. Eso fue lo peor.
Bajé la mirada. Vi los aguacates en la bolsa. Los que le había regateado a la señora Toña. Los que iba a llevar para hacerle guacamole a mi familia, pensando que él se quedaría a cenar.
—Me costaste una humillación —dije, y esta vez sí se me quebró la voz—. Pero ahora entiendo por qué: porque en tu mundo las cosas se ganan y se pierden con apuestas. Y yo fui una apuesta más.
Solté la bolsa. Los aguacates rodaron por el empedrado, entre los pies de la gente, y yo no los recogí.
—Me voy, Mateo.
—¿Valeria…?
—No me sigas. No esta vez. —Lo miré a los ojos—. Porque si me sigues, te juro que te voy a decir cosas que no te voy a poder perdonar después.
Y me fui.
Caminé rápido. Tan rápido que no vi a la señora de las tortillas, ni al carnicero, ni al señor de la bicicleta. Solo vi el portón de mi abuela, y cuando llegué, me apoyé en la buganvilia y dejé que las lágrimas me ganaran.
Mi abuela salió. No dijo nada. Solo me abrazó.
—Mija —dijo, y su voz era un pañuelo—. Los Del Valle siempre han sido malos pagadores. Pero tú eres Montes. Y los Montes sabemos cuándo cobrar.