Novio de mentiras Capítulo 10 — El radar de la Cuca
17%

Capítulo 10 — El radar de la Cuca

A las nueve y media de la mañana del jueves, yo estaba en la tienda de Don Aurelio, comprando algo que no necesitaba.

No sabía qué era. No sabía para qué. Solo sabía que la noche anterior, después de la cena, la abuela Cuca me había mirado desde su mecedora con una expresión que no me había dejado dormir, y que a las nueve de la mañana yo ya estaba caminando hacia la tienda de abarrotes de los Montes, con el corazón a un ritmo que no me gustaba.

La tienda olía a pilón, a jabón Zote y a tierra. Don Aurelio estaba detrás del mostrador, pesando frijoles con una calma de monje, y no levantó la vista cuando entré.

—Buenos días, don Aurelio —dije.

—Mmm.

—¿Me da…? —miré la vitrina, desesperado—. ¿Me da un refresco?

—¿De cuál?

—Del que sea.

Me dio uno de cola, sin prisa, y me cobró sin prisa. Los hombres del pueblo tienen sus propios ritmos. Don Aurelio tenía el ritmo de un río: lento por fuera, imparable por dentro.

—¿Y su hija? —pregunté, porque había que decir algo.

—Anda por el mercado.

—¿Y la abuela?

—En su casa. —Levantó la vista por fin, y me miró con esos ojos de hombre que no gasta palabras—. Dijo que si venías, que pasaras a tomar café.

Se me heló la sangre.

—¿Ella dijo eso?

—Dijo: "si viene el Del Valle, que pase a tomar café". —Don Aurelio volvió a sus frijoles—. Yo nomás repito lo que oigo.

Salí de la tienda con el refresco en la mano y el corazón en la garganta. La casa de la abuela quedaba a media cuadra. La buganvilia, el portón verde, la mecedora en el corredor.

—Pase, pase —dijo la abuela desde la cocina, antes de que yo tocara—. El café está recién hecho.

Entré.

La cocina de la abuela Cuca era el corazón de la casa: la estufa de leña, el comal, el olor a pan dulce, la mesa de madera donde habían comido generaciones de Montes. Y en la mesa, dos tazas de café ya servidas. Una para ella. Una para mí.

—¿Cómo supo que iba a venir? —pregunté, sentándome.

—Porque eres hombre, mijo. Y los hombres vienen cuando tienen algo que no los deja dormir.

—No tengo nada que…

—Toma tu café.

Tomé el café. Estaba bueno. Todo lo de la abuela estaba bueno.

—¿Y cómo amaneció? —preguntó ella, sentándose frente a mí, sin soltarme la mirada—. ¿Descansó?

—Sí, doña Cuca.

—¿Y su mamá? ¿La señora Camila?

—Bien. Ocupada con la boda.

—Ya. Las bodas ocupan mucho. —Sopló su café—. ¿Y usted qué opina de las bodas, mijo?

—¿De las bodas?

—De las bodas. Del matrimonio. De la gente que se casa y se queda.

—Pues… —busqué las palabras—. No lo había pensado mucho.

—Ah. —Asintió, como si mi respuesta hubiera sido muy reveladora—. ¿Y de mi nieta qué opina?

El café se me atoró a mitad de camino.

—¿De Valeria?

—De Valeria. Mi nieta. Su novia. —Me miró por encima de la taza, con esos ojos de juez—. ¿O no es su novia?

—Sí es —dije, y mi voz sonó rara—. Es mi novia.

—Ah. ¿Y cuánto tiempo llevan?

—Seis meses.

—¿Seis meses? —Dejó la taza. Se recargó en el respaldo. Y sonrió, con una sonrisa que me heló hasta los huesos—. ¿Seis meses y su familia no sabía nada? ¿Y su mamá se enteró por el chisme del pueblo?

—Íbamos a decírselo en la boda.

—¿En la boda? ¿Se iban a presentar como pareja en la boda de su hermano, sin avisarle a nadie, sin conocer a la familia del otro?

—Sí. Era la idea.

—Mmm.

"Mmm." Ese "mmm" lo decía todo. La abuela Cuca no necesitaba preguntar más: ya lo sabía. Lo sabía desde el momento en que me vio en su puerta, con el traje arrugado y la cara de niño que se comió el pastel.

—Mire, mijo —dijo, y su voz cambió, se volvió más baja, más seria—.

Yo no sé qué es lo que están haciendo usted y mi nieta.

No sé si es noviazgo, no sé si es un favor, no sé si es una apuesta.

—Me miró directo a los ojos—. Pero sé una cosa: mi nieta no llora por cualquiera. Y usted la hizo llorar en la prepa.

Me quedé sin aire. Catorce años. Catorce años y la abuela lo sabía todo.

—Yo… —empecé.

—No me diga nada. No me venga con disculpas ni con explicaciones.

—Levantó la mano, y me callé—. Yo solo le voy a decir una cosa, y después cada quien su vida.

Mi nieta pasó catorce años cargando lo que usted le hizo.

Catorce años llegando sola a las bodas, aguantando las preguntas de su tía con una sonrisa, haciendo pasteles para los demás mientras ella se quedaba sin fiesta.

—Tomó su café, con calma—. Y ahora llega usted, el mismo de la prepa, y se sienta en mi mesa y me dice que es su novio.

Pues yo le voy a creer, mijo. Porque soy una vieja y me gusta creerle a la gente.

—Doña Cuca…

—Pero aquí se queda —dijo, y su voz no admitía discusión—. Aquí se queda hasta que eso se arregle. Hasta que mi nieta deje de cargar lo que usted le hizo. Y si usted la vuelve a hacer llorar, mijo, va a tener que vérselas conmigo. Y yo, aunque esté vieja, todavía sé hacer llorar a los hombres.

Me quedé sentado, con la taza de café en la mano, sin saber qué decir. La abuela Cuca me acababa de leer la cartilla completa en dos minutos, y yo, Mateo Del Valle, arquitecto, treinta y cuatro años, hombre que nunca había pedido permiso, no encontraba palabras.

—Gracias por el café, doña Cuca —dije al fin.

—De nada, mijo. —Se levantó, recogió las tazas, y me miró una última vez—. Y no se le olvide: mi nieta hace el mejor pastel del pueblo. Si la va a querer, quiérala bien. Si no, déjela en paz.

Salí de la casa de la abuela con las piernas de gelatina.

El sol de noviembre pegaba fuerte en la calle del pueblo. La tienda de Don Aurelio, la tortillería, la fila del banco. Gente. Vida. El pueblo siguiendo su ritmo mientras yo, Mateo Del Valle, trataba de recordar cómo se respira.

Y entonces la vi.

Valeria, en el mercado. Con el pelo recogido, una canasta al brazo, discutiendo el precio de los jitomates con una convicción que le iluminaba la cara. Se reía de algo que le decía la vendedora. Se veía… viva. Viva de una manera que yo no recordaba haberme sentido nunca.

Mi corazón hizo algo.

No sé describirlo de otra forma: hizo algo. Un movimiento raro, un salto, un golpe contra las costillas que no tenía nada que ver con el café.

Y yo, Mateo Del Valle, el hombre que no se asustaba de nada porque nada le importaba, lo registré con pavor.

Porque sabía, con una certeza que me dolió, que ese movimiento no tenía nada que ver con el trato.

Y que estaba en problemas. En problemas grandes. Del tamaño de San Gabriel.