Novio de mentiras Capítulo 9 — La noche de Val
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Capítulo 9 — La noche de Val

Horas antes de que Mateo llegara con su libreta ridícula, a las dos de la mañana, yo estaba despierta, mirando el techo del cuarto de la abuela, haciendo una lista mental de todas las razones por las que esto era una idea terrible.

Razón uno: Mateo Del Valle era el hombre que me había dejado plantada en el baile de fin de cursos.

Razón dos: Mateo Del Valle era fresa, de la hacienda, del equipo de los que nunca han pedido permiso.

Razón tres: Mateo Del Valle me había guiñado un ojo hoy, y yo, Valeria Montes, pastelera de treinta años, había sentido que el piso se movía.

Razón cuatro: la razón tres. Solo la razón tres. Repetida como un estribillo.

Me di la vuelta en la cama. La cama de la abuela, la que me tocaba cuando venía al pueblo: colchón duro, sábanas que olían a suavizante de los que vende el pueblo, y una cobija tejida que ella misma había hecho.

Mi abuela me tejía una cobija por década.

Tenía tres. Esta era la del 2016, la que me dio cuando cumplí veinte y le dije que me iba a la ciudad.

—Para que no te dé frío, mija —me dijo.

Y no me dio frío. Nunca. Porque la cobija era de las buenas.

Pensé en el vestido.

No debería pensar en el vestido. Llevaba catorce años sin pensar en el vestido, o por lo menos eso me decía a mí misma, y era mentira, porque el vestido era la primera cosa que veía cuando cerraba los ojos en las noches malas.

El vestido que mi mamá me cosió para el baile, con la tela que compramos en la tienda de la señora Toña, la que quedaba a dos cuadras de la parroquia.

El vestido que me hacía sentir, por una noche, que yo también podía brillar.

Yo estuve lista a las seis de la tarde. Me peiné, me puse los zapatos que me quedaban un poco grandes, y me paré en el atrio a las siete.

A las siete y cuarto, las amigas empezaron a llegar con sus parejas.

A las siete y media, la mamá de la señora Toña me preguntó si mi acompañante venía.

A las ocho, el baile ya había empezado y yo seguía en el atrio, con el vestido, viendo la puerta.

A las ocho y diez, la señora Toña, que es buena gente, me tocó el hombro y me dijo:

—Mija, ya va a empezar la música. ¿Entramos?

—Él va a llegar —dije yo.

—Claro, mija.

Y entré sola. Con el vestido, en el salón de la cooperativa, delante de todo el pueblo, y la señora Toña a mi lado, haciéndose la que no notaba nada.

Al día siguiente, en el mercado, me lo crucé. Mateo Del Valle, con sus primos de la hacienda, riéndose de algo. Me miró. Yo lo miré. Y en el momento en que nuestras miradas se cruzaron, yo apreté los dientes y pasé de largo, como si no lo conociera, como si el vestido nunca hubiera existido.

Mi mamá me preguntó qué había pasado. Le dije que nada. Mi abuela no me preguntó nada: me sirvió un atole, me vio tomar, y me dijo:

—Los que se pierden, mija, se pierden solos.

Y no lo volví a mencionar nunca. Ni ella, ni yo. Hasta anoche, que me preguntó delante de todos: "¿O me va a decir que no se acuerda de la prepa?"

La abuela sabía. La abuela siempre supo.

Me di la vuelta en la cama. Otra vez. La cobija del 2016 me tapaba hasta la nariz.

Y pensé en Mateo. En su libreta con la historia oficial. En su guiño. En la forma en que había dicho "tu familia es gente", como si fuera un descubrimiento. En la forma en que me había preguntado por mi repostería, con curiosidad de verdad, como si mi sueño importara.

—Esto es un trato —me dije en voz baja, al techo—. Un trato con reglas. Se acabó el domingo a las ocho de la mañana.

El techo no respondió. Los techos nunca responden.

—No me gusta. No me gusta nada. Es fresa, es Del Valle, es el que me dejó plantada.

El techo siguió callado.

—Y además parpadea cuando miente. No se puede confiar en un hombre que parpadea.

Toqué la cobija. La del 2016. Y por un segundo, un segundo estúpido, pensé que quizás —quizás— no todo era tan terrible. Que el domingo a las ocho terminaría, sí, pero que mientras tanto, yo tenía a alguien que me cargaba el pastel y se reía de mis chistes y le ponía título a las libretas.

—Mañana lo mando al diablo —dije, al techo—. Mañana mismo. Le digo que esto no puede seguir, que mejor cada quien por su lado.

El techo, claro, no me creyó.

—¿Mija? —dijo la voz de la abuela desde la puerta, y me sobresalté tanto que casi caigo de la cama—. ¿Ya comiste?

—Abuela, son las dos de la mañana.

—Por eso. ¿Ya comiste?

—Sí, abuela. Comí mole.

—¿Y dormiste algo?

—Estaba a punto.

—Mentira. Llevas como media hora volteándote, que se oye desde mi cuarto. —Entró, con su bata de franela y sus chanclas, y se sentó en la orilla de la cama con un cuidado de siglos—. ¿Qué te pasa, mija?

—Nada, abuela.

—¿Nada? ¿Nada con el novio?

—No es mi novio, abuela.

—Ajá.

—En serio. No es mi novio.

—Ajá.

—Es… es un malentendido. Un trato. Nada más.

La abuela se quedó callada un rato. Cuando habló, su voz tenía esa calma de las que han visto de todo:

—¿Sabes cómo conocí a tu abuelo? —dijo.

—¿Cómo?

—De mentira. —Sonrió, con esa sonrisa de arrugas—.

Tu abuelo era de un rancho de por allá de Jalisco, llegó a San Gabriel a trabajar en la empacadora, y me contó que era el capataz.

Yo era la hija del dueño de la tienda, y las hijas del dueño no andan con los de la empacadora.

Así que me dijo que era capataz. Mentira: era cargador.

—Se rió bajito—. Pero era buen cargador.

Y buen hombre. Y cuando me enteré de la mentira, ya era tarde: ya me había enamorado.

—¿Y no te dio coraje?

—Me dio coraje, mija. Claro que me dio. Pero el coraje se pasa. El cariño, si es de verdad, se queda. —Me miró—. Lo que yo te digo es: no juzgues tan rápido. El que miente a veces miente por miedo, no por maldad. Y tú, que siempre ves lo peor de la gente, a veces te pierdes lo mejor.

—Abuela, yo no…

—Mija, yo te conozco. Tú te fijas en cómo la gente te falla y te olvidas de cómo te brilla. —Me arropó la cobija—. Pero eso se quita con los años. Y con un buen hombre. O un buen cargador.

—¿Y si es un mal cargador?

—Entonces lo mandas al diablo. —Se rió—. Pero primero lo pruebas.

Me dio un beso en la frente, como cuando tenía ocho años, y salió del cuarto con sus chanclas y su bata de franela.

Me quedé mirando el techo. La cobija del 2016 me subía hasta el cuello.

Y por primera vez en catorce años, no estaba pensando en el vestido.

Estaba pensando en si lo que sentía era miedo o era otra cosa.

Y en si Mateo Del Valle era un buen cargador… o solo otra mentira con camisa cara.