Capítulo 8 — Ensayo general de novios
A la mañana siguiente, a las nueve en punto, Mateo Del Valle estaba parado en la puerta de la casa de la abuela con una libreta en la mano.
—¿Qué es eso? —pregunté, desconfiada, con el pelo todavía húmedo de la regadera.
—Nuestra historia —dijo él, y abrió la libreta con una solemnidad ridícula—. Anoche no la ensayamos y tu tía casi nos caza. Así que hoy vamos a ponernos de acuerdo en los datos, para que no vuelva a pasar.
—¿Hiciste una libreta?
—Hice una libreta.
Me asomé. Era una libreta de esas de hoja cuadriculada, de las que se compran en la papelería del pueblo, y en la primera página, con una caligrafía de arquitecto, había escrito:
*HISTORIA OFICIAL DE LA PAREJA*
—¿En serio? —dije, y sentí la risa subirme por la garganta—. ¿Le pusiste título?
—Los proyectos importantes llevan título. —Señaló la página con el lápiz—. Primera sección: cómo nos conocimos.
—Dijimos que en la cafetería.
—Sí, pero ¿cuál cafetería? Porque si tu tía pregunta cuál, y yo digo una y tú otra, nos cazaron.
Empezamos a caminar sin darnos cuenta: yo hacia la plaza, él a mi lado, como si fuera lo más natural del mundo. El pueblo apenas despertaba: el señor de la tortillería levantaba la cortina metálica, una señora barría su banqueta, y del kiosco salía el olor a pan dulce recién horneado.
—Está bien —dije—. ¿Dónde nos conocimos?
—Yo propongo la cafetería que está enfrente de tu repostería —dijo él—. La del café con leche que sale en las fotos de Instagram. Es real, existe, y yo de hecho he ido.
—¿Has ido a la cafetería de enfrente de Dulce Rincón?
—Una vez. Con Elena. Pedí un capuchino y me supo a café con leche caro.
—¿Y ella?
—Ella pidió un matcha. Lo dejó a la mitad. Dijo que sabía a pasto.
Me reí. Fue una risa corta, de sorpresa, y se me escapó antes de que pudiera detenerla. Mateo, distraído por la risa, tropezó con una piedra del empedrado y casi suelta la libreta.
—Cuidado con la historia oficial —dije—. Si se te cae, nos quedamos sin pasado.
—El pasado se reescribe —dijo él, recuperando el equilibrio—. Soy arquitecto. Sé de planos.
—¿Y de mentiras?
—Estoy aprendiendo.
—Está bien —dije—. Nos conocimos en la cafetería de enfrente de Dulce Rincón. Yo iba por un café después del turno. Tú ibas por… ¿qué ibas tú a pedir?
—Un capuchino. Y te vi, y te pedí ayuda con algo del pastel de mi despacho.
—¿Y te la di?
—Me la diste. Fuiste muy amable. Te pedí tu número y me lo diste en un papelito de los que usas para apuntar pedidos.
—No tengo tarjeta —dije.
—No la necesitas. En la historia oficial, ese papelito lo guardé. —Escribió algo en la libreta, caminando—. ¿Cuánto tiempo llevamos?
—¿De la historia o de la vida real?
—De la historia.
—¿Seis meses?
—Seis meses está bien. No es tan poco que parezca precipitado, ni tanto que tu tía espere que ya vivamos juntos.
—Mi tía ya espera que vivamos juntos.
—Tu tía ya nos tiene en la iglesia. Es un caso perdido.
Me reí otra vez. La segunda risa del día. Estaba perdiendo el control de la situación.
—Siguiente sección —dijo Mateo, pasando la página—: qué hacemos. Yo soy arquitecto en Santa Fe. Tú eres pastelera en Dulce Rincón.
—Y sueño con abrir mi propia repostería.
—¿En serio?
—¿En serio qué?
—¿Tu propia repostería? —Levantó la vista de la libreta, y por un segundo, su cara perdió el tono de burla—. ¿Cómo se llamaría?
—No sé. Todavía no tengo nombre. —Me encogí de hombros—. Es un sueño de esos que se cuentan en voz baja, para no espantarlo.
—Cuéntamelo en voz alta. A ver si no se espanta.
Lo miré. Bajo el sol de la mañana, con la libreta en la mano y la camisa un poco desabotonada, Mateo Del Valle tenía una expresión que no le había visto nunca: curiosidad. Curiosidad de verdad, sin filtro, sin el tonito de la gente que pregunta por educación.
—Quiero un local chiquito —dije—. Con dos mesitas afuera y un mostrador de madera.
Vendería pasteles, pero también pan de muerto en octubre, rosca en enero, tamales en diciembre.
Las cosas que hace mi abuela, pero con mi toque.
Y pondría un letrero con el nombre, y mi mamá lloraría, y mi abuela presumiría con todo el pueblo.
—¿Y por qué no lo has hecho?
—Porque es caro. Porque da miedo. Porque a veces los sueños se cuentan en voz baja y se quedan en voz baja, ¿no?
Mateo asintió. Se detuvo en seco, en medio de la plaza, y escribió algo con mucho cuidado. Yo me asomé por encima de su hombro y vi, en la sección "qué hacemos", una nota al margen que no supe leer.
—¿Qué escribiste?
—Nada. Un recordatorio.
—¿De qué?
—De que no hay que espantar los sueños. —Cerró la libreta—. Siguiente sección: cosas que no podemos decir.
—¿Como qué?
—Como que nos conocemos de la prepa. Como que me dejaste plantada… —se corrigió—. Como que te dejé plantada en el baile. Eso no se dice.
—Obvio que no se dice.
—Y como que odias a los Del Valle.
—Yo no odio a los Del Valle.
—Me viste llegar a la parada y pusiste cara de que te acababan de cobrar de más en el mercado.
—Eso es mi cara normal.
—No es tu cara normal. Tu cara normal es cuando te ríes del chiste de tu hermano. Esa otra es tu cara de "este vato me cae mal".
—¿Me estás diciendo que tienes estudiadas mis caras?
Mateo se quedó callado. Un segundo. Dos. Yo aproveché para arrebatarle la libreta.
—A ver —dije, abriéndola—. Déjame corregirte la letra, porque esto parece un plano de construcción.
—¡Es mi libreta!
—Es nuestra historia oficial. Y aquí dice "cafetería" con una letra que ni mi abuela entendería. —Saqué el lápiz de atrás de la oreja y corregí, caminando hacia atrás, con la libreta en alto—. Así, mira: cafetería. Con la "f" bien puesta.
—Devuélveme el lápiz —dijo él, estirando la mano.
—Es mi corrección.
—¡Es mi lápiz!
Nos peleamos por el lápiz en medio de la plaza, como niños de primaria, yo con la libreta en alto y él intentando alcanzarla sin dejar de sonreír. La libreta se nos escapó de las manos, cayó al suelo, y nos agachamos los dos a la vez, chocando las frentes.
—Ay —dije.
—Ay —dijo él.
Y nos quedamos ahí, agachados, a centímetros el uno del otro, con la nariz casi tocándose y la libreta entre los dos.
—Miren, miren —gritó una voz desde la tortillería—. ¡Hasta se agarran los apuntes, qué bonito!
La tía Chole. Por supuesto. La tía Chole, con su mandil y su sonrisa de la que ya vio todo, asomada a la puerta de la tortillería con las manos en las caderas.
—¡Se quieren, Valeria! —gritó, para que la oyera todo el pueblo—. ¡Se pelean como los novios de verdad!
—¡No estamos peleando, tía!
—¡Claro que no, mija! ¡Claro que no! —Y se metió a la tortillería, riéndose, con una satisfacción que me heló la sangre.
Mateo se levantó, se sacudió el polvo del pantalón y me tendió la libreta, ya con la página del "cafetería" corregida.
—Ensayo aprobado —dijo—. Nos vemos en el mercado. Tú tienes que fingir que te da gusto verme.
—Fingir.
—Fingir.
Y me guiñó un ojo. Un guiño. Como si fuéramos novios de verdad.
Mi teléfono vibró. Era el grupo de la familia: "La Familia Montes". La tía Chole había mandado una foto. De nosotros. De ahora mismo, en la plaza: yo con la libreta en alto y Mateo estirando la mano, los dos a punto de reírnos.
El pie de foto decía: *"¡La parejita! 😍? ? "*
Y debajo, mi mamá había contestado con tres corazones, y Paulina con un "ya los quiero ver casados", y Toño, el muy desgraciado, con un solo emoji:
🍿
—¿Qué pasa? —preguntó Mateo, viéndome mirar el teléfono.
—Nada. —Guardé el teléfono—. Es mi familia. Siendo mi familia.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Todavía no lo sé.
Y mientras caminaba al mercado, con el corazón haciendo cosas raras y el recuerdo de su guiño quemándome la mejilla, supe que la respuesta honesta era otra:
Todavía no lo sé, pero creo que esto se me está yendo de las manos.