Capítulo 7 — El tercer grado
Sobreviví a la cena.
No sé cómo, pero sobreviví. Salí de la casa de los Montes con los oídos zumbando, el estómago lleno del mejor mole que había probado en mi vida, y la certeza de que la abuela Cuca sabía más de mí de lo que yo sabía de mí mismo.
—¿Llegaste bien? —me preguntó Emilio por teléfono, en el camino de regreso a la hacienda.
—Sí.
—¿Y qué hiciste? ¿Ya hablaste con mamá?
—Todavía no.
—Te está buscando. Dice que los Del Valle tienen que presentarse juntos en la cena de ensayo, que la gente ya está hablando de ti.
—¿Hablando de mí? ¿Por qué?
—No sé, dice que hay un rumor. Algo de que llegaste con una novia. —Emilio se rió—. Le dije que era imposible, que tú no traes novia desde Elena.
—Sí. Imposible.
—Oye, ¿y es cierto? Porque Paulina me acaba de mandar un mensaje con muchos signos de exclamación.
—¿Paulina?
—Mi prometida. La novia. La que se casa conmigo el sábado. ¿No me dijiste que la conociste?
La prometida. Paulina Montes. La prima de Valeria.
—Ah, sí —dije—. La conocí. Es… encantadora.
—¿Viste? Te dije que era increíble. Y su prima también es muy linda, por cierto. Paulina dice que eres el novio de su prima Valeria. ¿Es cierto?
Caminaba por la calle principal del pueblo, con el teléfono pegado a la oreja y el corazón latiendo a un ritmo que no me gustaba.
—Es… complicado —dije.
—¿Complicado cómo? ¿Es tu novia o no es tu novia?
—Emilio, te veo mañana. Tengo que colgar.
—¡Mateo! ¡Mateo, no me cuelgues! ¡Quiero saber si voy a tener una cuñada!
Colgué. Me quedé parado en medio de la calle, con el teléfono en la mano, viendo las luces del pueblo encenderse una a una.
La casa de los Montes. La había cruzado mil veces en mi vida, en el carro, camino a la hacienda, sin mirarla. La tienda de abarrotes, la buganvilia, la señora que barría la banqueta. Gente del pueblo. Gente que yo había aprendido a no mirar.
Y hoy me habían sentado en su mesa. Me habían dado mole. Me habían preguntado por mi vida con una naturalidad que me desarmó.
—¿Y tú qué haces, Mateo? —me había preguntado Don Aurelio, con su voz de hombre que no gasta palabras.
—Soy arquitecto.
—¿Y construyes casas?
—Diseño edificios.
—Ah. Pues ha de estar bien.
"Pues ha de estar bien." No me había preguntado cuánto ganaba. No me había preguntado si mi despacho era importante. No me había preguntado por mi apellido. Solo: "¿construyes casas?", como si lo importante fuera que yo construyera algo con mis manos.
Nadie en mi familia me había preguntado eso jamás.
Y la abuela. La abuela Cuca, con sus lentes y su sonrisa de juez, mirándome como quien lee un expediente:
—¿Y ustedes se quieren?
—Sí, doña Cuca. La quiero.
La había dicho sin pensar. Había salido sola, la mentira, del fondo de mi pecho, y por un segundo —un segundo ridículo— había sonado a verdad.
El teléfono vibró otra vez. Mi mamá.
—Mateo —dijo Camila Del Valle, sin saludo—. ¿Dónde estás?
—Caminando, mamá.
—Tu hermano dice que andas con una novia. ¿Es cierto?
—No es…
—Porque si vas a traer a alguien a la boda de tu hermano, quiero conocerla antes. No me vengas con sorpresas el día del evento, Mateo. Esta boda ya tiene demasiados frentes abiertos sin que tú añadas otro.
—Mamá, no hay ninguna novia.
—¿Y entonces por qué el pueblo entero está hablando de ti?
—No sé. Los pueblos hablan.
—Los pueblos no hablan, Mateo: los pueblos saben. —Un silencio—. La cena de ensayo es mañana a las nueve. Quiero que estés ahí, con la camisa planchada y sin ninguna sorpresa.
—Voy a estar.
—Bien. —Otro silencio, más corto—. ¿Comiste?
La pregunta me tomó por sorpresa. Mi mamá no preguntaba si había comido. Mi mamá preguntaba por los pendientes, por los compromisos, por el nombre de la familia.
—Sí —dije—. Comí mole.
—¿Mole? ¿En casa de quién?
—De los Montes.
Silencio al otro lado de la línea. Largo. Del tipo de silencios que en la familia Del Valle significan más que las palabras.
—Ya hablamos mañana —dijo mi mamá, y colgó.
Me quedé en la calle, con el teléfono apagándose en la mano, viendo la noche caer sobre San Gabriel.
Y entonces la vi.
Valeria, en el portón de la casa de la abuela, despidiéndose de mí. Espera, no: me estaba esperando a mí. No, no me estaba esperando: estaba parada en el portón, con una chamarra puesta encima del vestido, y me miró cuando me acerqué, como si hubiera estado calculando cuánto tardaría yo en pasar.
—Te vi desde la ventana —dijo—. Parado en medio de la calle como un poste. ¿Te perdiste?
—Estaba hablando con mi mamá.
—Ah. ¿Y cómo está la señora Del Valle?
—Perfecta. Como siempre.
—¿Ya sabe lo de nosotros?
—Todavía no. Pero el pueblo ya le habló.
—El pueblo —repitió ella, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. El pueblo ya nos casó, ¿verdad?
—Ya nos casó.
Nos quedamos callados. La noche del pueblo: el olor a tierra mojada, los grillos, la luz amarilla de los postes. Y entre los dos, un silencio que no era incómodo, pero que tampoco era fácil.
—Gracias —dijo ella, de repente—. Por lo de la mesa. Por aguantar a mi familia. No es fácil, y menos un día como hoy.
—Tu familia es… —busqué la palabra—. Es gente.
—¿Gente? ¿Eso es un cumplido o un diagnóstico?
—Es un cumplido. Créeme. Yo sé lo que es una familia que no es gente.
Ella me miró, y por un segundo, bajo la luz del poste, vi algo en sus ojos que no supe nombrar.
—Buenas noches, Mateo —dijo, y se dio la vuelta para entrar.
—Buenas noches, Valeria.
Caminé de regreso a la hacienda. Tres veces volteé a ver el portón de la casa de la abuela. Tres veces, como un idiota.
La primera vez, ella ya había entrado. La segunda, la luz de su ventana se apagó. La tercera, ya no había nada que ver, y aun así volteé.
La hacienda me recibió con el corredor a oscuras y el olor a cera de piso. Me estaba quitando los zapatos cuando oí su voz:
—¿Y tu novia no se quedó a dormir?
Mi mamá. Sentada en la sala, con una taza de té que ya estaba frío, vestida como si hubiera estado esperando a alguien importante. Que es exactamente lo que estaba haciendo.
—Mamá. No sabía que estabas despierta.
—El pueblo entero está despierto, Mateo. Los Del Valle siempre somos los últimos en enterarnos de algo, pero los primeros en pagar por ello.
Me senté frente a ella. Las dos tazas de té frío entre nosotros, la lámpara baja, los cuadros de los antepasados mirándonos.
—Es la hija de los de la tienda —dijo, sin rodeos—. La Montes.
—Se llama Valeria.
—Ya lo sé. Todo el pueblo lo sabe. —Tomó su té frío, como si fuera una ceremonia—. ¿Y desde cuándo andan? Porque el chisme dice que desde hace seis meses, pero yo a ti no te conozco novia desde Elena, y a Elena la corriste hace dos años.
—Nos conocimos hace unos meses. En la ciudad.
—¿En la ciudad? ¿Y por qué no me dijiste?
—Iba a decírtelo en la boda.
—¿En la boda? —Su risa fue corta, elegante, sin una sola arruga—. Mateo, tú no avisas las cosas importantes. Tú las escondes. Esa es tu especialidad.
La frase me dolió más de lo que esperaba. Porque era verdad. Y porque acababa de pasar la tarde jurándole a una libreta que ya no iba a ser el cobarde de la prepa.
—Mañana la vas a conocer —dije—. La invité a la cena de ensayo.
Mi mamá me miró largo rato. Y por un segundo —solo un segundo—, su cara de piedra se movió en algo que parecía curiosidad.
—Bien —dijo—. Entonces veremos de qué está hecha la hija de los de la tienda.
Se levantó, recogió su taza, y se fue por el corredor con su bata de seda y su espalda recta.
Me quedé solo en la sala, con los zapatos en la mano, el olor a cera de piso y la certeza de que el viernes iba a ser un campo de batalla.
No sabía qué estaba pasando. Solo sabía que había mentido en una mesa frente a su familia, que mi mamá sospechaba, que mi hermano quería una cuñada, y que el domingo a las ocho de la mañana todo esto iba a terminar.
Y que por primera vez en mucho tiempo, no quería que algo terminara.