Novio de mentiras Capítulo 6 — La cena de los Montes
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Capítulo 6 — La cena de los Montes

La abuela hacía el mejor mole del pueblo. No era opinión: era un hecho científico, como la gravedad o que los lunes existen.

Y esa noche, para recibir a mi "novio", había hecho mole.

—Es el mole de la abuela —me susurró Paulina al oído, con los ojos brillantes—. Solo lo hace para las grandes ocasiones. La última vez fue cuando Toño entró a la secundaria.

—No es una gran ocasión —susurré yo—. No es nada. Es un malentendido.

—Claro, Val. Lo que tú digas.

La mesa estaba puesta como para una boda: el mantel bordado, los platos de los domingos, las servilletas de tela que solo salían en diciembre. Y en la cabecera, la abuela, con su delantal y su sonrisa de juez supremo.

Mateo estaba sentado a mi lado. Se había quitado la chaqueta del traje y se había arremangado la camisa, como si con eso fuera uno más de la familia.

No funcionaba. Los Del Valle se notan a kilómetro y medio: en la postura, en la forma de tomar el tenedor, en esa manera de mirar las cosas como si estuviera evaluando cuánto cuestan.

—¿Y cómo se conocieron? —preguntó mi mamá, con el cucharón del mole suspendido en el aire, a medio servir.

—En la ciudad —dijo Mateo, y yo sentí un escalofrío—. En una cafetería.

—¿En una cafetería? —repitió Chole, frunciendo el ceño—. ¿Pero no se bajaron juntos del camión? Yo los vi.

—Nos encontramos en la parada —corrigió Mateo, rápido—. Valeria venía con el pastel, se le resbaló, y yo la ayudé. Fue una coincidencia que viajáramos en el mismo camión.

—¿Y no se habían visto antes? —insistió Lupe, sirviendo el mole con movimientos lentos, como si cada cucharada fuera una pregunta—. Porque tú eres de aquí, Mateo. Eres el hijo de Camila Del Valle. ¿Cómo es que nunca los vimos juntos?

—Yo vivo en la ciudad —dijo Mateo—. Desde hace años.

—Pero vienes seguido, ¿no? Tu hermano vive aquí. Tu mamá vive aquí.

—Vengo… de vez en cuando.

—¿Y nunca se toparon? ¿En el mercado? ¿En la iglesia? San Gabriel es chico, hijo. Aquí todo mundo se topa con todo mundo.

Mateo me miró. Yo lo miré. Y en ese momento, con mi mamá con el cucharón en alto y toda la familia pendiente, entendí que íbamos a morir. Los dos. En esa mesa. Ahogados en mole.

—Nos conocimos hace unos meses —dije yo, rescatando el momento—. En la ciudad. Yo hago pasteles de encargo, y Mateo fue a la repostería a pedir uno para su despacho. ¿Verdad, amor?

La palabra "amor" me supo rara en la boca. Como si me hubiera tragado una moneda.

—Sí —dijo Mateo, recuperándose—. Para el despacho. Y me enamoró el pastel.

—¿Te enamoró el pastel o la pastelera? —preguntó Toño, con la primera sonrisa de la noche, y todos se rieron, y yo sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

—¿Y cuánto llevan? —preguntó Chole, sin soltar el hueso—. Porque yo quiero saber si alcanzo a ver la boda, porque a mi edad…

—Tía, tú tienes cincuenta y ocho años —dije yo.

—¡Y a mi edad ya no se puede esperar! ¡Los años pasan volando, Valeria! ¡Y tú ya tienes treinta!

—¿Y tú para cuándo? —remató mi mamá, con la naturalidad de quien hace la misma pregunta desde hace una década.

Ahí estaba. La frase. La pregunta oficial de la familia Montes, la que me perseguía desde los veinticinco, la que me hacía querer esconderme en el baño cada vez que sonaba el teléfono.

—Ya ven, ya ven —dijo la abuela, desde la cabecera, con su voz tranquila—. La niña ya tiene novio. Ya puede dejar de preguntarle eso, Chole.

—¡No es novio, es…!

—¿Cómo que no es novio? —dijo Chole, señalando a Mateo con la cuchara—. ¡Está sentado en tu casa, comiendo el mole de tu abuela, con la camisa arremangada como si fuera de la familia! ¡Eso es un novio, Valeria! ¡Un novio de verdad!

Mateo, el muy canalla, aprovechó el momento para tomar mi mano por encima de la mesa. Solo por un segundo. Solo para la foto. Y yo sentí su mano —grande, caliente, con la palma un poco áspera— y mi corazón hizo algo que no le había pedido.

Regla número uno. La estaba rompiendo a los diez minutos de haberla escrito.

—¿Y tú qué haces, Mateo? —preguntó mi papá, de repente, con su voz de pocas palabras.

Todo el mundo se calló. Don Aurelio no hablaba mucho, pero cuando hablaba, la mesa entera se ponía firme.

—Soy arquitecto —dijo Mateo—. Tengo un despacho en la ciudad.

—¿Y construyes casas?

—Diseño edificios. Oficinas, principalmente.

—Ah. —Mi papá asintió, masticando despacio—. Edificios. Pues ha de estar bien.

—¿Y su familia? —preguntó Lupe, que no soltaba el hueso—. Su mamá, la señora Camila. ¿Qué dice de ustedes?

—Todavía no sabe —dijo Mateo, con una honestidad que casi me hizo ahogar—. Íbamos a decírselo en la boda.

—¿En la boda de Emilio? —Paulina se llevó las manos al pecho—. ¡Qué romántico! ¡Van a anunciarlo en la boda!

—No vamos a anunciar nada —dije yo, pero nadie me escuchaba.

—Pues mi hermana Camila es muy… —empezó Chole, y luego se detuvo, buscando la palabra—. Muy fina. Muy de su casa. Pero buena gente, ¿eh? Buena gente.

Toño resopló. Fue un resoplido pequeño, casi imperceptible, pero yo lo oí. Toño conocía a los Del Valle mejor que nadie: trabajaba la parcela al lado de la empacadora desde los dieciocho años.

—¿Y ustedes se quieren? —preguntó la abuela.

El silencio fue total. Hasta el radio se calló.

—Abuela —dije yo, con la voz rara—. Abuela, eso no se pregunta.

—Claro que se pregunta —dijo ella, sin dejar de masticar—. Es mi nieta. Tengo derecho a saber si el que está sentado en mi mesa la quiere de verdad.

Mateo me miró. Yo lo miré. Y en sus ojos vi algo que no esperaba: no la respuesta fácil, no la actuación, sino algo más parecido a la verdad.

—Sí, doña Cuca —dijo, y su voz sonó firme—. La quiero.

Mi corazón hizo otra cosa rara. Esta vez no era un piquete: era un golpe completo, del pecho a la garganta.

La abuela lo miró un rato largo. Luego asintió, como quien ha recibido una respuesta satisfactoria, y siguió comiendo su mole.

—Está bien —dijo—. Pues a ver si es cierto. Porque a mi nieta no la hace llorar cualquiera, y usted, joven, tiene cara de haberla hecho llorar.

Mateo se puso pálido. Yo también.

—¿Yo? —dijo él, con la voz un poco quebrada.

—Usted, usted. —La abuela lo miró por encima de sus lentes, sin dejar de masticar—. ¿O me va a decir que no se acuerda de la prepa?

El silencio de funeral cayó sobre la mesa como una lápida.

Ni Lupe, ni Chole, ni Paulina, ni Toño, ni mi papá.

Nadie respiró. Yo sentía mi propio corazón latiendo en los oídos, y al lado, Mateo Del Valle, el arquitecto de la ciudad, el hijo de la hacienda, el hombre que no había pedido permiso en su vida, se quedó sin palabras por primera vez en catorce años.

—La prepa —repitió él, débilmente.

—La prepa —confirmó la abuela, y me sirvió más mole a mí, con una calma absoluta—. Coman, hijos. El mole se enfría.

Comimos.

Nadie dijo nada.

Y yo, por dentro, estaba rezando para que el domingo llegara pronto, porque esto —esto— iba a ser el fin de semana más largo de mi vida.