Novio de mentiras Capítulo 5 — 14 años
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Capítulo 5 — 14 años

La hacienda, a las cinco de la tarde, era un lugar vacío.

Los Del Valle teníamos una casa enorme y silenciosa: corredores largos, muebles que nadie usaba, cuadros de gente que ya no se sentaba a platicar.

Mi mamá estaba en la empacadora, Emilio andaba en el pueblo, y yo, recién llegado de la parada con el trato más absurdo de mi vida firmado en un cuaderno de recetas, me estaba cambiando la camisa frente al espejo.

Catorce años.

Catorce años había estado guardando esa historia en un cajón, y hoy, en un patio con buganvilias, se me había caído encima como un costal de cemento.

Empecemos por el principio.

Tenía veinte años y estudiaba arquitectura en la ciudad.

No porque me apasionara —no sabía qué me apasionaba— sino porque mi mamá decía que los Del Valle tenían nombre que mantener, y los Del Valle con nombre que mantener estudian carreras de gente con nombre que mantener.

Volví al pueblo ese verano, como volvía todos los veranos, con los hijos de la hacienda vecina: los hermanos Rojas, mis compañeros de desastres desde la infancia.

Y una tarde, en el portal de la iglesia, vi a la niña Montes.

No era ninguna niña. Tenía dieciséis años y el vestido más azul que había visto en mi vida. Azul como el cielo de julio. Estaba parada en el atrio con sus amigas, riéndose de algo, y yo me quedé viéndola como un estúpido, con el elote a medio comer en la mano.

—¿Esa? —dijo uno de los Rojas, siguiendo mi mirada—. Es la hija de los de la tienda. La Montes. Está en la prepa.

—Está bonita —dijo el otro Rojas, con esa sonrisa que yo conocía demasiado bien.

—No digas mamadas —dijo el primero—. ¿O te la vas a llevar al baile?

El baile de fin de cursos. El evento del año en San Gabriel: la prepa local cerraba generación y el pueblo entero se vestía de gala en el salón de la cooperativa.

Era tradición que los que "habían triunfado fuera" volvieran para el baile, para que los chavos del pueblo vieran lo que podían llegar a ser.

—Apuesto a que no te acepta —dijo el Rojas mayor, con esa sonrisa—. Es de las serias. De las que dicen que no.

—Apuesto a que sí.

—¿Cuánto?

—Cien pesos. Y el caballo de mi papá por una semana.

—Trato.

Y así, por una apuesta de cien pesos y un caballo, le pedí a Valeria Montes que me acompañara al baile de fin de cursos.

Se puso roja. Eso fue lo primero que noté: se puso roja como un jitomate, y dijo que sí, con la voz chiquita, sin mirarme a los ojos. Me sentí poderoso. Me sentí como el hijo de los Del Valle que siempre había sido: el que pide y le dan.

El día del baile, me vestí, me peiné, me puse la colonia cara. Y en el camino al atrio, en el portal de la iglesia donde quedamos de vernos, los Rojas me esperaban con las cervezas ya abiertas.

—Ya fuiste —dijeron—. Ya te dijo que sí. Eso era lo que importaba.

—Quedamos de vernos —dije yo, mirando el atrio a lo lejos, donde ya se veía un vestido azul.

—¿Y qué más da? —dijo el Rojas mayor, pasándome la cerveza—.

Es una chava del pueblo. Dentro de diez años vas a estar en la ciudad, con tu despacho y tu nombre, y ella va a estar aquí, vendiendo abarrotes con su mamá.

¿Para qué le haces ilusiones? Mejor ven, te presento a la hija del presidente municipal, esa sí tiene futuro.

Me quedé parado en el portal, con la cerveza en la mano y el vestido azul a lo lejos.

Y no fui.

No fui por cobarde. No fui porque los Rojas tenían razón y yo no quería admitirlo. No fui porque era más fácil quedarse con ellos, riéndose de la chava del pueblo, que cruzar el atrio y bailar con la hija de los de la tienda frente a todo San Gabriel.

No fui. La dejé plantada. Con el vestido azul, en el atrio, delante de todo el pueblo.

Al día siguiente, en el mercado, la vi. Venía con su mamá, cargando las bolsas del mandado.

Me miró. No con odio —eso habría sido más fácil— sino con algo peor: con dignidad.

Con la mirada fija en un punto más allá de mí, los ojos secos, y esa expresión que decía "no me importas, nunca me importaste, y lo que hiciste no me va a quebrar".

Y yo fingí no conocerla. Pasé de largo, como si fuera una desconocida, como si no hubiera visto el vestido azul esperando en el atrio.

Me fui del pueblo tres días después. No volví hasta Navidad, y en Navidad me las arreglé para no cruzarme con ella.

Después, la universidad, el despacho, la ciudad.

Los Rojas se quedaron en el pueblo, la hacienda creció, mi hermano se volvió el hijo bueno que administraba todo, y yo me volví el hijo que "triunfó en la ciudad".

Nunca volví a pensar en el vestido azul.

Mentira. Pensé en él más veces de las que puedo contar.

En los aeropuertos, en las juntas, en las noches en el departamento de Santa Fe, cuando el silencio se hacía demasiado grande y yo no tenía nada que hacerle.

Pensaba en el atrio. En el vestido. En mi cobardía.

No en ella: en lo que hice. Y en la apuesta: los cien pesos, el caballo de mi papá que nunca llegué a usar.

Hoy la volví a ver. Con el pastel en los brazos, el pelo revuelto por el viento de la carretera, y la misma mirada de hace catorce años: la de la que no se deja vencer. Y supe dos cosas con una claridad que me dolió en el pecho:

La primera: que la dejé plantada por cobarde, y que la cobardía no se me había quitado con los años. Se había transformado: ahora era el despacho, el reloj caro, la novia que se fue porque "estaba más casado con el trabajo que con ella".

La segunda: que este fin de semana, delante de su familia, de mi familia y del pueblo entero, iba a saldar esa cuenta.

Iba a ser su novio falso. Iba a seguir sus reglas, una por una, como un alumno aplicado. Iba a estar donde se suponía que tenía que estar.

Y el domingo, cuando el trato terminara, le iba a decir la verdad completa: la apuesta, los cien pesos, el vestido azul, y que llevaba catorce años queriendo disculparme sin saber cómo.

Aunque me odiara. Aunque nunca me perdonara. Aunque se fuera de mi vida para siempre con la espalda derecha.

Ya no iba a ser el cobarde de la prepa.

Me di la vuelta en la cama, miré el techo de la hacienda, y por primera vez en catorce años, sentí que algo en mí estaba en el lugar correcto.

Mañana… no: esta noche. Esta noche empezaba la farsa, con la cena en casa de los Montes. Y yo iba a ser el mejor novio falso que San Gabriel hubiera visto jamás.

Antes de salir, sonó el teléfono. Mi mamá.

—¿Ya viste lo que dice el pueblo? —preguntó Camila Del Valle, sin saludo—. Que andas con una novia. La hija de los de la tienda.

—Se llama Valeria.

—No me importa cómo se llama. Me importa que mi hijo llegue al pueblo, el día antes de la boda de su hermano, con una novia que nadie conoce y que el pueblo entero ya está comentando.

—Un silencio—. El viernes hay cena de ensayo, Mateo.

Nueve de la noche, en la hacienda. Quiero que estés ahí, con la camisa planchada, y quiero conocer a esa… Valeria.

—No está invitada a la cena de ensayo.

—Pues invítala. Si es tu novia, que la conozca tu familia. O dime ahora mismo que no es tu novia, y ahorramos el teatro.

Me quedé callado. El teatro. Mi mamá usaba la palabra exacta sin saberlo.

—Es mi novia, mamá.

—Bien. Entonces el viernes la quiero ver.

Colgó. Terminé de abotonarme la camisa. Y salí rumbo a la casa de los Montes, con la certeza de que la farsa acababa de subir de nivel.

Esta noche, Valeria iba a sentarme en la mesa de su familia.

Y el viernes, yo iba a sentarla en la mía.

Qué bonito iba a ser todo.