Capítulo 4 — Las reglas del novio falso
Saqué el cuaderno de recetas de la bolsa.
Era mi cuaderno de la repostería: el que tenía las recetas de mi mamá, de mi abuela, y las mías, las que había inventado yo con prueba y error y mucha paciencia.
Las páginas olían a vainilla. En una de las últimas hojas, con el lápiz que siempre traía en la bolsa, escribí el título más absurdo de mi vida:
*Contrato del novio falso.*
—¿En serio? —dijo Mateo, asomándose por encima de mi hombro—. ¿Un contrato?
—Regla número uno —dije yo, sin levantar la vista—: cero contacto físico. Nada de tomarme la mano, nada de abrazos, nada de besos. Ni en público ni en privado. Somos novios de lejitos, como los de antes.
—¿Y si tu familia nos empuja? Porque tu tía ya nos empujó para la foto.
—Si te empujan, te dejas empujar y te apartas con elegancia. Esa es tu especialidad, ¿no? La elegancia.
Mateo abrió la boca para protestar y la cerró.
—Regla número dos: cero "mi amor" fuera de escena. Nada de apodos, nada de diminutivos, nada de "cariño" ni "gordita" ni "princesa". Somos novios, no personajes de telenovela.
—¿Y dentro de escena?
—Dentro de escena, lo mínimo necesario. Y solo si hay público. Si estamos solos, me hablas como se habla a una persona normal: con respeto y sin cursilerías.
—O sea que si tu tía está cerca, ¿puedo decirte "mi amor"?
—Si mi tía está cerca, puedes decirme "mi amor" una vez, y después me cuentas cómo te fue en el dentista. —Levanté la vista del cuaderno—. ¿Entendido?
—Entendido.
—Regla número tres: yo no te cocino. Nada de que te haga de comer, nada de que te sirva, nada de que te traiga el café. Yo no soy tu mamá ni tu sirvienta. Si tienes hambre, te sirves tú.
—Pero si tu familia me invita a comer…
—Te sirves tú. Te van a querer servir a ti todo el tiempo —eres el novio, el invitado de honor—, pero tú vas a insistir en servirte tú mismo. Eso se llama ser un adulto funcional. A lo mejor aprendes algo este fin de semana.
Mateo hizo un sonido que era mitad risa, mitad bufido.
—Regla número cuatro: nada de palabras rimbombantes. Nada de "exquisito", nada de "sobresaliente", nada de "encantadora". Hablas como la gente normal, como la gente de este pueblo.
—¿Y si soy de este pueblo?
—Tú eres de la hacienda, Mateo. Son cosas distintas y lo sabes.
Se quedó callado. Tenía razón y lo sabía.
—Regla número cinco —dije, y subrayé la línea con fuerza—: fecha de caducidad. Domingo, ocho de la mañana. Cuando suene esa hora, el trato termina. Tú te vas a tu vida en la ciudad, yo me voy a la mía, y esto queda como una anécdota que ninguno de los dos va a contar nunca.
—Ocho de la mañana —repitió él, como si estuviera memorizando.
—Ocho de la mañana. Ni un minuto más.
—Regla número seis: nadie se entera. Ni tu familia, ni mi familia, ni el pueblo. Esto es un secreto entre tú y yo.
—¿Ni siquiera Emilio?
—Ni siquiera Emilio. Tu hermano es buena gente, pero buena gente no sabe guardar secretos. Se le nota en la cara cuando miente, igual que a ti.
—No miento.
—Mientes fatal. Acabas de parpadear tres veces seguidas.
Mateo parpadeó tres veces seguidas y me miró con una mezcla de sorpresa y respeto que casi, casi, me hizo gracia.
—Y una aclaración —añadí, levantando el lápiz—.
Esto no es porque yo quiera fingir que somos novios.
Esto es porque mi abuela tiene el corazón delicado, mi tía tiene la boca grande, y mi mamá lleva diez años preguntándome cuándo me voy a casar.
Si no fuera por ellas, te habría mandado al diablo en la parada.
—Lo sé.
—¿Y aun así quieres seguir con el trato?
—Aun así. —Y por un segundo, su voz sonó sin el tonito de la gente que nunca ha pedido permiso—. Porque tú también me estás salvando a mí de mi familia, Valeria. Y eso no se me va a olvidar.
—Y la regla número siete —dije, y esta vez no levanté la vista del cuaderno, porque esta era la importante—. La regla número siete es la más importante de todas.
—¿Cuál es?
—No me dejes plantada.
El silencio se instaló en el patio. Se oía el viento en las buganvilias, el radio de la cocina, la risa de Paulina adentro. Y entre los dos, el peso de catorce años.
—Como en la prepa —dije, y mi voz salió más baja de lo que quería—.
Me dejaste plantada en el baile, delante de todo el pueblo.
No volví a pedirle a nadie que me acompañara a ningún lado durante tres años.
Así que si vamos a hacer esto, si vamos a fingir, quiero que me prometas que no me vas a dejar plantada otra vez.
Que este fin de semana vas a estar donde se supone que tienes que estar, haciendo lo que se supone que tienes que hacer, hasta que el trato termine.
Mateo no dijo nada durante un rato.
Cuando habló, su voz sonaba distinta. Más limpia. Sin el tonito de la gente que nunca ha pedido permiso.
—Te lo prometo —dijo—. No te voy a dejar plantada.
—¿Y cómo sé que vas a cumplir? Porque la última vez también prometiste.
—La última vez no prometí. Acepté ir y no fui. Fue peor, lo sé. Pero esta vez te lo estoy prometiendo en serio, delante de tu abuela y de tu buganvilia y de todo lo que sea sagrado en este pueblo.
—Delante de mi buganvilia —repetí, sin poder evitarlo, y un principio de risa me subió por la garganta—. Qué romántico.
—Es lo que hay. El atrio de la parroquia ya lo usamos para lo del baile.
—No digas eso.
—Perdón. Fue un chiste de mal gusto.
—Fue un chiste de mal gusto —confirmé—. Pero al menos reconociste que lo fue. Eso es progreso.
Lo miré. El sol de la tarde le daba de lleno, y por primera vez desde que lo había visto en la parada, se veía menos como un Del Valle y más como un tipo normal con un traje caro y un problema enorme.
—Está bien —dije—. Acepto el trato. Con las reglas.
—¿Y cómo se sella? —preguntó él, con una sonrisa que quería ser pícara y le salió nerviosa—. ¿Apretón de manos? ¿Pacto de sangre?
—Con la regla número uno en mente, te propongo lo más razonable: un choque de dedos.
—¿Un choque de dedos?
—Es lo que hacen las personas civilizadas que no quieren tocarse las manos.
Mateo estiró el puño. Yo estiré el mío. Chocamos los dedos en el aire, con un golpe seco y ridículo, bajo la buganvilia del patio de mi abuela.
—Trato hecho —dijo él.
—Trato hecho —dije yo.
Y en el momento exacto en que nuestros dedos se separaron, sentí algo. Un piquete. Pequeño, tonto, en el centro del pecho, como cuando te avientas un elote y te pega el calor.
Lo ignoré. Claro que lo ignoré. Era un piquete. No significaba nada.
Mateo Del Valle era mi novio falso hasta el domingo a las ocho de la mañana, y yo era la pastelera más sensata del estado de… bueno, del pueblo. No iba a dejar que un piquete ridículo arruinara el plan perfecto.
Además, tenía cosas más importantes que hacer: sobrevivir a la cena familiar con mi novio falso sentado a la mesa.
Qué vida. Qué vida tan bonita me había tocado.