Novio de mentiras Capítulo 3 — El contrato
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Capítulo 3 — El contrato

La abuela nos mandó al patio.

No lo dijo así, claro. Lo dijo como lo dice todo: con una taza de café en la mano y una orden disfrazada de sugerencia.

—Vayan a tomar aire, hijos. La cocina está llena de gente y ustedes dos tienen cara de que necesitan hablar.

Y ahí estábamos: en el patio de la casa grande, bajo la buganvilia, con el sol de noviembre cayendo sobre los dos como un reflector.

—Esto es un desastre —dije yo, sin rodeos.

—Un desastre —confirmó Mateo, y se quitó la chaqueta del traje, doblándola con un cuidado que me hizo apretar los dientes. Claro. Los Del Valle doblan sus chaquetas de tres mil pesos como si nada. Nosotros, los Montes, doblamos las cobijas en la azotea para que no se mojen.

—Tu tía acaba de casarnos —dijo él—. Delante de toda tu familia. Y probablemente de medio pueblo, porque tu tía no sabe hablar en voz baja.

—Mi tía no es el problema. El problema es que tú no dijiste nada.

—¿Qué querías que dijera? ¿"Discúlpeme, señora, pero no soy el novio, soy el hermano del novio, y su sobrina y yo nos conocemos de la prepa, donde yo la dejé plantada"? ¿Así, delante de todos?

Me quedé callada, porque tenía razón, y odiaba que la tuviera.

—Además —añadió, y su voz cambió, se volvió más baja, más incómoda—. Yo sí te debo una disculpa. De la prepa. Hace catorce años.

—No me debes nada —dije yo, rápido, porque no quería hablar de eso, no ahí, no con él, no nunca—. Eso fue hace mucho tiempo. Ya lo superé.

—¿Lo superaste?

—Sí.

—¿De verdad?

—Sí, Mateo. De verdad. No eres tan importante como para que te recuerde catorce años.

Mentira. Lo recordaba todos los días. No a él: a la humillación.

A la espera en el atrio de la parroquia, con el vestido que mi mamá me había cosido, viendo llegar a todos los demás, y a él nunca.

Al silencio del pueblo al día siguiente, ese silencio que se hace cuando todos saben lo que te pasó y nadie quiere decírtelo.

A la pregunta de mi abuela —"¿y tu acompañante, mija?

"— y a mi respuesta, con los puños apretados: "no pudo venir, abuela. Cosas de la ciudad".

Catorce años. Y el muy descarado estaba parado frente a mí, en el patio de mi abuela, con su traje arrugado y su cara de arrepentimiento de revista.

—Escucha —dijo él, y se pasó la mano por el pelo, un gesto que no le conocía, que lo hacía ver más chico, más real—.

Sé que esto es una locura. Pero tu tía acaba de correr la voz por todo San Gabriel.

Para cuando oscurezca, el pueblo entero va a saber que Valeria Montes trajo novio, y que el novio es el hijo de los Del Valle.

—Ya sé.

—Y mi familia también se va a enterar. Camila —mi mamá— se va a enterar de que su hijo menor llegó al pueblo con una novia que nadie conocía, y va a hacer dos cosas: primero, se va a enojar porque no le avisé; segundo, me va a presentar a la hija de los González en la cena de ensayo, como lleva haciendo desde que tengo veintinueve años.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

Mateo respiró hondo. Me miró a los ojos, y por un segundo, bajo el fresa y el traje caro, vi al niño que había conocido en la prepa. El que se reía en el recreo con los hijos de la hacienda vecina. El que una vez le pagó los elotes a mi hermano Toño sin que nadie lo viera.

—Tengo una propuesta —dijo—. Y sé que suena loca. Pero las dos familias nos van a comer vivos este fin de semana si no tenemos una historia que contar.

—¿Qué propuesta?

—Déjame ser tu novio.

Me quedé con la boca abierta. Literalmente. Con la boca abierta, como una idiota, en el patio de mi abuela, bajo la buganvilia.

—¿Qué?

—Falso —se apresuró a aclarar—. Novio falso.

Hasta el domingo. Tú necesitas que tu familia deje de preguntarte cuándo te vas a casar, y yo necesito sobrevivir a la boda de mi hermano sin que mi mamá me case con la hija de los González.

Es una semana. Unos días. Nos hacemos los novios, aguantamos las miradas, y el domingo, cuando todo termine, cada quien se va a su vida y nadie vuelve a saber de nadie.

—Estás loco.

—Puede ser. Pero piénsalo: tu tía ya nos casó.

El pueblo ya nos casó. La única diferencia entre ser novios falsos y ser dos desconocidos que se encontraron en la parada es que si somos novios falsos, tú no tienes que aguantar sola las preguntas de tu familia, y yo no tengo que aguantar solo a la mía.

—No. No, no y no.

—Valeria…

—No. Yo no finjo ser tu novia. Ni por todo el aguacate de la hacienda. Ni por nada.

—Ni siquiera para que tu tía deje de preguntarte cuándo te vas a casar —dijo él, con una media sonrisa que me hizo querer pegarle—.

Porque, seamos honestos, esa pregunta la vas a escuchar en la cena de hoy, en la despedida de mañana, en el ensayo del viernes y en la boda del sábado.

Y no va a ser una pregunta. Van a ser cincuenta.

Tenía razón. Otra vez. Y lo odiaba.

—Además —añadió, y su voz bajó de tono—.

Hay algo que debes saber. Emilio me habló de Paulina durante meses, y siempre me decía lo mismo: que la familia de su novia era gente buena.

Gente que lo recibió como si fuera de la casa.

—Me miró—. Cuando llegué a la parada y te vi con el pastel, no sabía que eras tú.

Pero cuando te reconocí, pensé: claro. Claro que es de esta familia.

Claro que es la que carga el pastel de tres pisos en el camión.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que mi hermano tiene razón. Que su familia es gente buena. —Se encogió de hombros—. Y que yo, hace catorce años, fui un idiota con la hija de una familia buena.

Miré hacia la cocina. A través de la ventana, vi a mi mamá sirviendo frijoles, a Chole gesticulando con las manos, a Paulina con los ojos brillantes contándole algo a Toño. Vi a la abuela, sentada en su mecedora, mirándome a través del vidrio con esa sonrisa suya.

Y pensé en la última boda. Y en la de antes. Y en la de antes de esa. En todas las veces que llegué sola, con un pastel que hice yo misma como excusa, y aguanté las preguntas con una sonrisa y un "ya veremos" que ya nadie se creía.

—Está bien —dije, y las palabras me salieron antes de que mi cerebro pudiera detenerlas—. Está bien. Pero pongo las reglas yo.

Mateo parpadeó.

—¿Perdón?

—Dije que está bien. Que voy a fingir ser tu novia. Pero las reglas las pongo yo, y son innegociables.

—¿Me estás hablando en serio?

—Nunca hablé más en serio en mi vida —dije, y crucé los brazos—.

Y si vas a ser mi novio falso, vas a ser el novio falso mejor portado de la historia de San Gabriel.

Porque si me vas a dejar plantada otra vez, Mateo Del Valle, esta vez no va a ser en un baile de la prepa.

Va a ser frente a mi familia, mi pueblo y mi abuela.

Y por primera vez desde que lo conocía, vi a Mateo Del Valle tragar saliva.