Novio de mentiras Capítulo 2 — El hombre de la parada
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Capítulo 2 — El hombre de la parada

Cuarenta minutos antes de que la tía Chole gritara como si hubiera visto un ovni, yo estaba parado en la parada de autobuses de San Gabriel —el pueblo donde hasta los perros saben tu nombre, tu apellido y a qué hora llegaste—, con la corbata aflojada, el maletín en el suelo y la certeza absoluta de que odiaba ese pueblo.

No lo odiaba en serio. Uno no odia el lugar donde creció, o por lo menos no debería.

Lo que odiaba era lo que San Gabriel hacía conmigo: me devolvía a la versión de Mateo Del Valle que había dejado de ser hace años.

El niño rico de la hacienda. El que nunca pedía permiso.

El que se creía mejor que todos porque su apellido pesaba más que su apellido.

—¿Mateo? —dijo una voz a mi lado, y mi estómago dio un salto que no se explicaba.

La mujer del pastel.

La había visto bajar del camión cinco minutos antes, peleando con una caja de pastel del tamaño de un mueble, y había pensado dos cosas: primero, que nadie en su sano juicio viaja tres horas y media en camión con un pastel de boda en el regazo; y segundo, que su pelo rizado, revuelto por el viento de la carretera, le quedaba tan bien que era casi una injusticia.

No la había reconocido. No de inmediato.

Pero cuando dijo mi nombre —"¿Mateo?"—, con esa voz que mezclaba sorpresa y algo parecido a la furia, el mundo hizo clic. Catorce años de distancia se colapsaron en un segundo, y yo supe exactamente quién era.

Valeria Montes.

La niña que me pidió ir al baile de fin de cursos.

La que esperó en el atrio de la parroquia con un vestido que yo nunca llegué a ver puesto, porque nunca llegué a ir.

La que me miró al día siguiente, en el mercado, con los ojos secos y el silencio como escudo, mientras yo fingía que no la conocía, que no había sido yo, que la apuesta había sido una idea de los demás y yo solo la había seguido.

—Valeria —dije, y mi voz sonó rara, incluso para mí.

—Mateo Del Valle —dijo ella, y no era una pregunta. Era una acusación con nombre y apellido—. Qué sorpresa.

—Sí —dije yo, brillantemente—. Qué sorpresa.

El pastel se tambaleó en sus brazos. Dio un paso, trastabilló, y el instinto me ganó a la inteligencia: estiré las manos y lo atrapé justo cuando el fondant iba a besar el suelo.

—¡Cuidado! —gritamos los dos al mismo tiempo.

Y ahí estábamos: ella con los brazos extendidos, yo con el pastel de tres pisos en las manos, y el viento del pueblo metiéndose entre los dos como si fuera un testigo más.

—Es el pastel de la boda de Paulina —dijo ella, recuperando el aliento—. Si se cae, me muero. Literalmente. Me muero y los Del Valle me tienen que velar.

—¿Paulina? ¿La novia de mi hermano?

—Tu hermano se casa con mi prima. ¿No lo sabías?

Lo sabía. Emilio me había hablado de Paulina Montes durante meses, con esa voz de hombre enamorado que yo no entendía del todo. Paulina Montes. Montes. La familia de la tienda de abarrotes. La familia de la abuela que vendía tamales en las fiestas patronales.

—Claro que lo sabía —dije—. No sabía que… bueno.

Que tú eras la prima. Que la prima eras tú.

No lo dije. En lugar de eso, le devolví el pastel con cuidado, como si fuera una reliquia, y ella lo recibió con el mismo respeto.

—¿Y tú qué haces aquí? —preguntó, y la pregunta sonaba a reproche, como si mi presencia en mi propio pueblo fuera un atropello—. ¿No vives en la ciudad?

—Sí. Vine por la boda. Emilio dijo que necesitaba ayuda con los brindis.

—Ah. —Ella asintió, sin mirarme—. Claro. Los brindis.

Silencio. El viento otra vez. Un perro cruzó la calle sin apuro.

—¿Te ayudo con la maleta? —ofrecí, porque era lo único que se me ocurría, y porque no soportaba el silencio.

—No gracias. Ya me las arreglo.

—Son dos maletas y un pastel.

—Ya me las arreglo.

—Valeria, son dos maletas y un pastel del tamaño de un…

—Ya me las arreglo, Mateo. Gracias.

Y entonces, como si el destino tuviera sentido del humor, apareció la tía Chole.

No la vi llegar. Nadie ve llegar a la tía Chole: es como el clima, simplemente está. De pronto estaba ahí, con su bolsa del mandado, su vestido de flores y sus ojos de halcón, mirándonos a los dos como si hubiera encontrado un billete de lotería en la calle.

—¿Valeria? —dijo, y su voz subió dos tonos—. ¿Valeria con un muchacho? ¿Desde cuándo?

—Tía, no es… —empezó Valeria.

—¡Ay, Dios mío! —gritó Chole, dejando caer la bolsa—. ¡Es el hijo de la Del Valle! ¡El de la hacienda! ¡El hermano del novio!

—Tía, escúchame…

—¡Y se bajaron juntos del camión! ¡Los vi! ¡Y él le cargaba el pastel! ¡Eso es lo que hace un novio, cargar el pastel de su novia!

—Tía, él no es mi…

—¡La familia tiene que conocerlo! ¡Vengan, vengan, la abuela se va a morir de la emoción! —Y ya nos estaba jalando a los dos hacia la calle principal, con la fuerza de un tractor—. ¡Lupe! ¡Lupe! ¡Adivina quién viene a comer!

—Tía, esto es un malentendido —dijo Valeria a mi lado, pero su voz ya no llegaba a nadie.

Chole ya estaba a media cuadra, gritando el nombre de su sobrina hacia la casa de la abuela, y el pueblo entero —la señora de la tortillería, el carnicero, el hombre que barría la banqueta— se había dado vuelta para mirarnos.

—¿Y por qué no dijiste nada? —me reclamó Valeria por lo bajo, cargando el pastel—. ¿Por qué no le dijiste que no soy tu novia?

—¿Y qué querías que dijera? —contesté, con la maleta en la mano—. Tu tía no me dejó meter palabra. Además… —dudé—. Además, pensé que sería más fácil que lo explicaras tú. Eres su familia.

—Mi tía no escucha explicaciones. Mi tía escucha lo que quiere oír.

—Ya me di cuenta.

Caminamos en silencio unos metros, con Chole adelante abriéndonos paso como un buque. El pueblo entero nos miraba: la señora de la tortillería dejó de tortear, el carnicero se asomó con el cuchillo en la mano, y un grupo de chavos en la esquina se quedó con la boca abierta.

—Esto es como desfilar en un rodeo —murmuró Valeria.

—Peor —dije yo—. En el rodeo por lo menos uno elige montar.

Y a pesar de todo, a pesar del pánico y de la vergüenza y de las ganas de que me tragara la tierra, casi me río.

Caminé al lado de Valeria, con la maleta en la mano y una expresión que ni yo mismo sabía leer. Ella caminaba con el pastel en los brazos y las mejillas rojas.

—Lo siento —dije, en voz baja—. Tu tía es así.

—Ya me di cuenta.

—No tiene remedio. Es como… un fenómeno natural.

—Un fenómeno natural con vestido de flores.

Solté un sonido que era mitad tos, mitad risa, y ella, contra todo su criterio, pareció aflojarse un poco.

—Tú también eres familia de la novia —dije—. ¿Por qué no me habías dicho que eras la prima?

—Porque no sabía que tú eras el hermano. Y porque si lo hubiera sabido, habría venido con un pastel de otro sabor. Uno más… venenoso.

Me quedé callado un segundo. Luego dije:

—Me lo merezco.

—Sí. Lo sé.

Y llegamos a la puerta de la casa de la abuela.

La tía Chole entró primero, por supuesto. Abrió la puerta de par en par, llenó los pulmones de aire, y soltó el grito que iba a cambiar mi vida:

—¡VALERIA TRAJO NOVIO!

El grito atravesó la sala y se coló hasta la cocina, donde alguien dejó caer una cuchara.

Valeria entró detrás de Chole. Yo me quedé un segundo en la puerta, y en el camino, sin querer, vi el altar de muertos junto a la entrada: el papel picado naranja, las veladoras todavía encendidas, y la foto de un señor con sombrero, como si se estuviera riendo del desastre desde el más allá.

—No es mi novio —dijo Valeria, a nadie en particular.

Y en el fondo de la sala, desde su mecedora, la abuela Cuca me miró. A mí. A Mateo Del Valle. Con los ojos de la mujer que ha visto nacer a medio pueblo y enterrar a la otra mitad.

—¿Y ese? —preguntó, con la sonrisa de la que lo sabe todo.