Novio de mentiras Capítulo 1 — ¡Valeria trajo novio!
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Novio de mentiras

Novio de mentiras

Por Daniela Fuentes

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Capítulo 1 — ¡Valeria trajo novio!

—¡VALERIA TRAJO NOVIO!

El grito de la tía Chole atravesó la cocina como una campanada, y la familia Montes entera se congeló a mitad de lo que estaba haciendo: Lupe con el cucharón en el aire, Paulina con el ramo de flores a medio acomodar, Toño con la cerveza a dos centímetros de la boca, y Don Aurelio, que estaba leyendo el periódico, levantando la vista con la calma de quien ha visto pasar muchas cosas en la vida.

Yo estaba parada en la puerta con el pastel de tres pisos en los brazos, el sudor de la Terminal Norte todavía pegándome el fleco a la frente, y al lado, sin que yo pudiera explicarlo —ni siquiera a mí misma—, estaba Mateo Del Valle.

Levanté la barbilla. Es lo que hago cuando no sé qué hacer: levanto la barbilla y dejo que el mundo vea que no me he caído.

Mateo Del Valle. El hombre que me dejó plantada en el baile de fin de cursos hace catorce años.

El niño rico de la hacienda. El fresa que nunca miró hacia abajo cuando caminaba por el pueblo.

Ahí, parado en la puerta de la casa de mi abuela, con un traje que costaba más que mi depa de la Narvarte, arrugado de viaje, y con una expresión de "yo tampoco sé qué estoy haciendo aquí" que casi me habría dado risa si no fuera porque el pánico me estaba subiendo por la garganta.

—¿Novio? —dijo Lupe, mi mamá, bajando el cucharón como si fuera un arma—. ¿Novio de quién?

—¡De Valeria, pues! —Chole ya estaba a medio patio, con los brazos abiertos, como si hubiera ganado la lotería—. ¡La vi en la parada! ¡Se bajaron juntos del camión! Bueno, no del camión, pero él la ayudó con el pastel y le cargó la maleta, ¡y se veían como novios, yo sé lo que veo!

—¿Y tú para cuándo? —me preguntó mi mamá, porque mi mamá no tiene otro saludo.

—Mamá, no —dije yo, y el pastel me pesaba más con cada segundo.

—Es un gusto conocerla —dijo Mateo, y su voz sonaba exactamente como la recordaba: educada, segura, con ese tonito de la gente que nunca ha tenido que pedir permiso para nada—. Mateo Del Valle. Soy el hermano del novio.

El silencio que siguió fue tan profundo que se oía el motor del refrigerador.

—¿El hermano del novio? —repitió Paulina, dejando el ramo—. ¿El hermano de Emilio? ¿El de la hacienda?

—El mismo.

—¿Y cómo es que tú… —Paulina me miró a mí, luego a él, luego a mí otra vez, y sus ojos se hicieron grandes—. ¿¡Val!? ¿¡Y tú no me habías dicho nada!?

La abuela Cuca, desde su mecedora en el rincón, no dijo nada. Solo me miró. A mí. Luego miró a Mateo. Luego volvió a mí. Y siguió meciéndose, con esa sonrisa suya que siempre ha sabido más que todos nosotros juntos.

—Pues yo creo que esto se festeja —dijo Chole, ya frotándose las manos—. ¡Mi sobrina con novio! ¡Y de los Del Valle! Ay, Dios mío, Lupe, ¿ya viste? ¡Qué boda vamos a tener aquí!

—No hay ninguna boda —dije yo, con la voz un poco más alta de lo que quería—. Tía, no estás entendiendo. Nosotros no…

—Claro que no hay boda todavía —me interrumpió Chole, guiñándome un ojo—. Pero va a haber. ¡Yo sé lo que veo! El muchacho la mira de cierta forma, y ustedes dos vienen juntos del camión…

—De la parada —corregí yo, débilmente.

—¡La parada, el camión, es lo mismo! ¡El amor no pregunta dónde empieza!

Toño, mi hermano, tomó al fin su cerveza. La destapó con los dientes, cosa que hace solo cuando está procesando información, y me miró por encima de la botella con una expresión que conocía bien: "esto te lo voy a cobrar después".

Don Aurelio, mi papá, dobló el periódico con mucha calma, se levantó, y se acercó a mí.

—¿Ese es el pastel? —preguntó.

—Sí, papá.

—¿El de la boda de Paulina?

—Sí.

—¿El de tres pisos?

—Sí, papá.

—Está bien bonito —dijo, y me lo quitó de los brazos con el mismo cuidado con el que se carga a un recién nacido—. Lo guardo en la tienda, en el refrigerador. Ahí no se va a echar a perder.

Y se fue con el pastel, sin mirar a Mateo, sin preguntar nada. Mi papá es así: el pastel era lo más importante de la escena, y él lo sabía.

—Pase, pase, muchacho —dijo Chole, tomando a Mateo del brazo y jalándolo hacia adentro—. ¿Ya comiste? ¿Quieres un taco? Lupe, caliéntale algo. ¡Un novio no se puede ir con hambre!

—Tía, no es mi novio —dije yo, pero mi voz ya no llegaba a nadie.

La sala estaba llena de Montes: Lupe en la cocina, Chole gesticulando, Paulina con los ojos brillantes, Toño recargado en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

Olía a mole y a cera de piso, y el radio sonaba bajito, como siempre, en la estación de cumbias de la abuela.

Y en la pared, mirándonos a todos desde su marco, el retrato de Don Chucho: mi abuelo, con su sombrero y su sonrisa de pocos dientes, el hombre que se había pasado la vida queriendo a mi abuela sin nunca decírselo de frente.

Si estuviera vivo, pensé, ya habría salido a defender la escena con su risa.

Pero mi abuelo era puro retrato y yo estaba sola ante el desastre.

—¿Qué haces ahí parada, mija? —dijo la abuela desde su mecedora, sin dejar de mecerse—. El muchacho ya entró. Tú también.

Yo miré la foto de mi abuelo y sentí el nudo en la garganta.

La abuela me había visto llegar sola a demasiadas bodas.

Me había visto aguantar las preguntas de Chole con una sonrisa y un "ya veremos".

Me había visto cumplir treinta años con una veladora y un pastel que hice yo misma, porque nadie más me lo iba a hacer.

Y ahora, por una casualidad del tamaño de un malentendido, estaba parada en su puerta con el hijo de los Del Valle al lado.

Entré a la cocina. Mateo estaba sentado a la mesa, con un taco en la mano que Chole le había puesto sin preguntar, y una expresión de hombre que ha perdido el control de su propia vida.

Mi mamá le servía frijoles. Paulina le preguntaba por Emilio con los ojos brillantes.

Toño lo miraba como se mira a un animal exótico en un zoológico.

—Escuchen —dije yo, con las manos en alto—. Escúchenme todos. Mateo y yo no somos novios. Nos encontramos en la parada. Él me ayudó con el pastel. Eso es todo.

—Claro, claro —dijo Chole, sin dejar de sonreír—. Se encontraron en la parada. Como en las películas. ¿Y cuánto llevan? ¿Mucho tiempo?

—Tía, no estamos…

—¿Y por qué no nos habías dicho nada? —Paulina, con el ramo otra vez en las manos—. ¡Yo le conté a Emilio TODO sobre ti! ¿Y tú escondiendo a su hermano?

—No lo estoy escondiendo, no hay nada que esconder…

—Ya, ya —dijo la abuela, entrando a la cocina con la calma de siempre, y todos se callaron porque cuando la abuela habla, se calla hasta el radio—. La niña dice que no son novios. Pues no son novios. Ya comerán y se irá.

Y me miró.

Solo me miró. Con esa sonrisa suya de la que sabe todo.

Mateo me miró por encima del hombro mientras Chole lo arrastraba hacia la cocina. Y en esa mirada había algo que no esperaba: no burla, no incomodidad. Algo más parecido a un pedido de auxilio.

Yo no sabía si reírme, llorar, o esconderme en el baño hasta que todos se olvidaran de mí.

Me quedé parada en la puerta, con los brazos vacíos donde antes estaba el pastel, viendo a mi familia envolverse alrededor del hombre que me había roto el corazón a los dieciséis años como si fuera un regalo de Reyes.

Y entonces lo entendí todo.

No había forma de explicar esto. No había forma de decir "no es mi novio, es el hermano del novio, nos encontramos en la parada por casualidad y me ayudó con el pastel porque soy una idiota que no puede cargar veinte kilos de fondant".

No había forma, porque mi tía Chole ya había visto lo que quería ver, y cuando mi tía Chole ve algo, el pueblo entero lo sabe antes de que termine la tarde.

Yo, Valeria Montes, pastelera, treinta años, cero novio, estaba oficialmente, irrevocablemente, en el centro de un malentendido del tamaño de la hacienda Del Valle.

Y lo peor de todo era que el pastel —mi pastel, mi obra maestra de tres pisos— ya no estaba en mis brazos para usarlo como escudo.