Novio de mentiras Capítulo 60 — Un año después
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Capítulo 60 — Un año después

La parroquia amaneció con flores, el salón La Hacienda con manteles blancos, y la plaza con el letrero que la señora de la farmacia puso en su ventana, escrito con su mejor letra: "HOY SE CASA LA MONTES". Debajo, en letras más chiquitas: "Y el Del Valle. Pero ella es la nuestra."

Yo me vestí en la casa de la abuela, con el espejo del cuarto de mi mamá y las manos sudadas.

El vestido.

Era azul. El azul de siempre: el del baile de la prepa, el que mi mamá me cosió cuando tenía dieciséis años.

Lo había guardado todo este tiempo, envuelto en papel de china, en el ropero de la abuela.

Y el año pasado, cuando Mateo me pidió que me casara con él —arrodillado, otra vez, en el atrio, como la noche de la posada—, lo saqué, lo miré, y supe que era ese.

—¿Otra vez el azul? —dijo mi mamá, ayudándome con los botones—. ¿No querías uno blanco, mija?

—Quiero este —dije—. Este es el que esperó en el atrio. Este es el que él vio a lo lejos y no cruzó. —Me miré en el espejo—. Este es el que va a entrar a la iglesia.

—¿Y no está viejo?

—No está viejo, mamá. Está esperando. Como yo.

Mi mamá sonrió, con esa sonrisa de las que entienden todo, y me abotonó el vestido, y me arregló el pelo, y me dijo que estaba preciosa, y que mi abuela estaría orgullosa, y que mi papá, desde donde estuviera, seguro también.

La abuela me esperaba en la puerta, con su chal y sus ochenta y tres años.

—¿Lista, mija? —dijo.

—Lista, abuela.

—Te guardé pan de muerto, mija —dijo la abuela, tomándome del brazo—. Porque las novias que no comen se desmayan. Y tú no te vas a desmayar el día de tu boda.

—Ya comí, abuela. Un pan de muerto. El de la tienda.

—¿El de tu tienda?

—El de mi tienda. —Sonreí—. El de la receta de usted.

La abuela me apretó el brazo. Y caminamos las dos por la calle principal, con el pueblo entero mirando, con las campanas de la parroquia sonando y el vestido azul rozando el suelo.

En la puerta de la iglesia, el padre Memo me esperaba, con sus lentes y su sonrisa.

—Señorita Montes —dijo—. Otra vez usted, en el atrio, con la mirada de verdad. —Me guiñó un ojo—. Esta vez, mija, ni siquiera la ensayó. Me late que salió sola.

—Salió sola, padre —dije—. Como todas las buenas.

Entré a la iglesia.

Y ahí estaba él.

Mateo, parado en el altar, con el traje azul marino y la corbata, mirándome entrar. Con la mirada de la banca del kiosco, la de la fuente, la de la posada. La de siempre. La que no se ensaya.

La que me esperó catorce años, y luego dos meses en una parada del mercado, y luego una vida.

—¿Ya comiste? —me preguntó, en voz baja, cuando llegué al altar, con la misma pregunta de siempre, la del pueblo, la nuestra.

—Ya comí —dije, y me reí—. Pero me vuelvo a sentar a la mesa contigo.

El padre Memo tosió. La iglesia se rió. Y la abuela, desde la primera banca, con su pañuelo, lloraba.

—¿Quién entrega a esta mujer? —dijo el padre Memo.

—Yo —dijo la abuela, levantándose, con la voz cascada pero firme—. Yo la entrego. Y al que se la lleve, mijo, que sepa: los Del Valle siempre han sido malos pagadores. Pero los Montes sabemos cuándo cobrar. —Le tendió la mano a Mateo, con el anillo de bodas en la palma—. Y esta, mijo, la cobro yo.

La iglesia entera se rió. Mateo tomó el anillo, con las manos temblando.

—La cobro yo también —dijo, en voz baja, mirándome—. Todos los días. Por el resto de mi vida. —Sonrió—. Es el contrato que sí voy a cumplir.

—¿Y qué dice ese contrato? —dije.

—Dice que no hay trato —dijo él, y me tomó las manos—. Hay esto. —Señaló el espacio entre los dos—. Y esto no se acaba el domingo. Esto se acaba nunca.

—Eso ya lo dijiste en el atrio —dije, con la voz rara.

—Y lo voy a decir todos los días —dijo él—. Hasta que te canses.

—No me voy a cansar —dije—. Las Montes no se cansan de los Del Valle en tratamiento.

—¿Y tú para cuándo, Valeria? —gritó la señora de la caja del banco, desde el fondo de la iglesia, con la voz de las que ya no tienen nada que perder.

—¡Ya, señora! —grité, y la iglesia entera se rió—. ¡Ya, por fin, ya!

Y el padre Memo dijo las palabras, y las arras pasaron de mano en mano, y el lazo se puso sobre nuestros hombros, y yo miré a Mateo, al otro lado del lazo, con el vestido azul y el corazón a mil.

—Yo los declaro marido y mujer —dijo el padre Memo—. Pueden besar a la novia.

Y nos besamos. En el altar, con el lazo y las arras y la iglesia entera llorando, nos besamos, y el beso supo a catorce años de espera, a elote compartido, a fondant, a pan de muerto, a parada del mercado, a posada, a todo.

Salimos de la iglesia bajo la lluvia de arroz, con las campanas sonando y el pueblo entero aplaudiendo.

La señora de la farmacia lloraba. Don Román aplaudía con el periódico en la mano.

Chole, desde la puerta, se limpiaba los ojos, y cuando me vio pasar, me tomó del brazo y me dijo, con la voz quebrada:

—¿Y mi perdón, mija? ¿Me perdonas?

—Te perdono, tía —dije, y la abracé—. Te perdono todo. —Y luego, más bajo—: Pero el cuaderno, tía. El cuaderno me lo das. Que ya no hay nada que probar.

—El cuaderno —dijo Chole, y se metió la mano al delantal, y sacó el cuaderno de recetas, el del contrato, el de las reglas—. Tómalo, mija. —Me lo puso en las manos—. Ya no sirve para nada. Ahora es tuyo.

Tomé el cuaderno. Lo miré. Las reglas, el contrato, la mentira de la que había nacido todo.

Y entonces, delante de toda la iglesia, lo rompí.

Página por página, lo rompí, y dejé caer los pedazos en el suelo de la parroquia, entre el arroz y las flores.

—No hay trato —dije, en voz alta, para que el pueblo entero lo oyera—. Hay esto.

Y Mateo me tomó de la mano, y el pueblo aplaudió, y las campanas sonaron, y el arroz cayó, y la abuela, desde la puerta, con su pañuelo y su sonrisa de la que lo ve todo, dijo, en voz baja, para ella sola:

—Y el amor, mija, no pregunta cómo empezó. Pregunta cómo sigue.

Y siguió. Y siguió. Y siguió.

Esa noche, en el banquete del salón La Hacienda, con el pueblo entero bailando y la señora de la farmacia llorando en la barra, Mateo me sacó a bailar.

El vals de los padrinos, el mismo de la boda de Emilio y Paulina, y esta vez no había contrato, no había trato, no había mentira.

Solo él, y yo, y el lazo que nos habían puesto en la iglesia.

En la mesa de los pasteles —el de tres pisos, que hice yo misma, con el glaseado de la receta de la abuela y el fondant que ya no se me desmoronaba—, la señora de la farmacia le dio la primera rebanada al padre Memo, y el padre Memo, con los lentes y la sonrisa, dijo que era el mejor pastel que había probado en cuarenta años de bodas, y que eso ya era mucho decir.

—¿Sabes qué es lo mejor de esta boda? —me dijo, al oído, mientras bailábamos.

—¿Qué?

—Que no la ensayamos —dijo él—. Salió sola. Como todas las buenas.

—Eso lo dijo el padre Memo —dije, riéndome.

—Lo aprendí de él —dijo Mateo—. Y lo aprendí de ti. —Me apretó la mano—. Todo lo bueno que sé, lo aprendí de ti, Valeria.

Y yo, con el vestido azul y el corazón lleno, le dije lo que no le había dicho todavía, lo que me había guardado desde la posada, desde el café, desde la parada del mercado, desde el atrio, desde la prepa:

—Y yo a ti, Mateo. Todo lo bueno que soy, lo soy porque me esperaste.

—Entonces —dijo él, y me miró con esa mirada de la banca del kiosco—, voy a seguir esperándote. Por el resto de mi vida. Es el único trabajo en el que no me jubilo nunca.

Y el baile siguió, y el pueblo siguió, y la vida, la de verdad, la que no se escribe en ninguna libreta, siguió también.

Como el pan de muerto de la tienda La Valiente, que se hace todos los años, con la receta de la abuela, para los que se fueron.

Y para los que, por fin, se quedaron.