Novio de alquiler (amor incluido) (Serie amores divertidos 2) CAPÍTULO 20 #2
82%

CAPÍTULO 20 #2

Desmond le tendió la mano a Marnie, con el mismo gesto que había repetido tantas veces en las últimas cinco semanas, y esta vez, al aceptarla y dejarse guiar hacia la pista de baile donde la banda local empezaba a tocar algo más animado, Marnie sintió que por primera vez desde que había marcado aquel número en el reverso de un recibo de ferretería, el futuro que tenía por delante no le daba miedo en absoluto.

•  •  •

Bailaron el primer vals sin hablar apenas, con Marnie apoyando la cabeza en el hombro de Desmond y él con una mano firme en la parte baja de su espalda, moviéndose con una torpeza compartida que a ninguno de los dos pareció importarle demasiado.

—No sabía que supiera bailar —murmuró Marnie, contra su hombro.

—No sé. Estoy improvisando bastante.

—Se le nota, pero de una manera entrañable.

Desmond se rio, y la hizo girar con un movimiento que casi terminó en desastre cuando el pie de Marnie se enredó con el bajo de su propio vestido, ambos riéndose lo bastante fuerte como para que varias parejas cercanas se giraran a mirarlos con curiosidad divertida.

—Creo que acabamos de convertirnos oficialmente en la pareja más ridícula de la pista —dijo Marnie, recuperando el equilibrio.

—Prefiero pensar que somos la pareja más auténtica de la pista. Las parejas perfectas dan miedo. Nadie se cree que sean reales.

—Entonces lo estamos haciendo perfecto, en ese sentido.

Bailaron una segunda pieza, y una tercera, con Percy uniéndose a ellos brevemente para un baile con Marnie mientras Desmond charlaba con Walt junto a la mesa de bebidas sobre la próxima temporada de pesca, y con Dot observándolo todo desde una silla junto a la pared, con una copa de sidra especiada en la mano y una expresión de satisfacción que no necesitaba palabras para explicarse.

Antes de que llegara Marcus, sin embargo, Marnie tuvo ocasión de bailar también con Randall, que la sacó a la pista con una formalidad anticuada que le arrancó una sonrisa, sujetándola con el mismo cuidado meticuloso con el que trataba cualquier documento legal importante.

—No suelo bailar en los eventos donde tengo que anunciar una decisión —confesó, mientras se movían despacio al ritmo de la música—.

Pero contigo voy a hacer una excepción. Me lo debe tu abuelo, en cierto modo, por todas las veces que me hizo trabajar hasta tarde revisando cláusulas que él mismo redactaba mal a propósito solo para tener una excusa de venir a discutirlas conmigo tomando café.

—¿Hacía eso?

—Constantemente. Creo que le gustaba más la compañía que la precisión legal.

—Randall sonrió, con un cariño evidente—.

Eres muy parecida a él, ¿sabes? La misma terquedad, el mismo instinto de cuidar de todo el mundo antes que de ti misma.

Espero que este hombre tuyo te ayude a equilibrar un poco esa balanza.

—Lo está haciendo. Más de lo que esperaba, la verdad.

—Me alegro. —La música terminó, y Randall la acompañó de vuelta hacia donde esperaba Desmond, inclinándose ligeramente antes de soltarla—. Nos vemos a medianoche, Marnie. Con el sobre.

Desmond la recibió con una sonrisa curiosa.

—¿De qué habéis hablado?

—De mi abuelo. De café malo. De todo un poco. —Marnie sonrió, todavía con la calidez de la conversación instalada en el pecho—. Randall es mucho más blando de lo que aparenta en su despacho.

Marcus apareció poco antes de las once, solo, sin la carpeta que Percy le había visto llevar en el aparcamiento, y se sentó en una mesa alejada sin acercarse a saludar a nadie, observando la pista de baile con una expresión que Marnie, de reojo, no consiguió del todo descifrar entre el resentimiento y algo que se parecía, extrañamente, a la resignación.

—¿Lo ha visto? —le preguntó a Desmond, en un momento de pausa entre canciones.

—Lo he visto. No parece que vaya a montar ningún espectáculo, por ahora.

—Percy le paró los pies antes de entrar.

—Lo sé. Me lo contó ella misma hace un rato, mientras usted bailaba con Walt.

—Desmond miró hacia la mesa donde Marcus seguía sentado, solo, con una copa que no parecía tener intención de beber—.

Da un poco de pena, en realidad. Todo ese esfuerzo, toda esa estrategia, y al final se ha quedado sin nada que valiera la pena ganar.

—Puede que algún día lo entienda.

—Puede. O puede que no. Pero esta noche, al menos, no es su problema ni el mío.

Percy se acercó un momento después, sin Marcus, con una copa de sidra en la mano y una expresión de alivio que contrastaba con la tensión que había mostrado en el aparcamiento un rato antes.

—Se ha quedado ahí sentado toda la noche —dijo, siguiendo la mirada de Marnie hacia la mesa de Marcus—. No ha hablado con nadie. Creo que por fin ha entendido que no le queda ninguna jugada que hacer.

—¿Estás bien tú? Verlo así, después de tres años.

—Estoy más que bien. —Percy sonrió, con una ligereza que Marnie no le había visto en meses—.

Es raro, ¿sabes? Pensé que verlo esta noche me iba a doler más.

Pero solo siento... alivio. Como si acabara de bajarme de un peso que llevaba cargando tanto tiempo que había olvidado que existía la opción de soltarlo.

La música cambió de nuevo, más lenta esta vez, y Desmond volvió a tenderle la mano a Marnie con la misma naturalidad de toda la noche, ambos sabiendo que faltaba menos de una hora para que Randall abriera aquel sobre y decidiera, delante de todo el condado, el destino del huerto que había reunido, sin que ninguno de los dos lo planeara del todo, la historia más improbable y más real que Marnie hubiera vivido nunca.

Walt subió al pequeño escenario poco antes de las once y media, con un vaso de sidra en la mano y la desenvoltura de alguien que llevaba pronunciando el mismo brindis, con pequeñas variaciones, desde hacía dos décadas, y pidió silencio con un gesto que la banda local interpretó como la señal para bajar la música.

—Los que lleváis aquí más de veinte años sabéis lo que toca ahora —dijo, con la voz resonando por todo el salón—. El brindis por Casimir Kowalski, que empezó esta tradición y que, allá donde esté, seguro que sigue sin poder cerrar la boca sobre cómo debería organizarse este baile.

Una risa cálida recorrió el salón, y varios vecinos levantaron sus copas antes de que Walt continuara.

—Casimir decía que la tierra de este condado no le pertenecía a nadie del todo.

Que uno solo la cuida durante el tiempo que le toca, y que el verdadero éxito no era poseerla, sino dejarla mejor de lo que la habías encontrado, para quienquiera que viniera después.

—Walt buscó con la mirada a Marnie entre la multitud, y le dedicó una sonrisa que a ella se le clavó directamente en el pecho—.

Esta noche, sea cual sea la decisión de Randall, quiero brindar por esa idea.

Por la tierra que se cuida, por las familias que se reconstruyen, y por los forasteros que llegan un día cualquiera y terminan descubriendo que ya no quieren irse a ningún otro sitio.

—Por Casimir —repitió el salón entero, alzando las copas, y Marnie sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas por tercera vez esa semana, esta vez sin ningún rastro de miedo mezclado en ellas.

Cheryl, de pie junto a ella, le pasó un brazo por los hombros con la familiaridad de treinta años sirviendo café a la misma familia.

—Tu abuelo estaría orgulloso, cariño. No de la cláusula, ni de todo el lío legal que ha montado desde la tumba. De ti. De cómo has sostenido este sitio, sola primero, y ahora acompañada, sin perder nunca lo que lo hacía especial.

—Gracias, Cheryl. Por todo. Por el café gratis de esta última semana, sobre todo.

—Ya te he dicho que no soy una organización benéfica, pero contigo hago excepciones. Siempre las he hecho, desde que eras una cría que venía a robarme dónuts cuando tu padre no miraba.

—El café gratis se acaba la semana que viene, que conste. —Cheryl le guiñó un ojo, con el mismo humor seco de siempre, y se alejó hacia la mesa de bebidas dejando a Marnie con una sonrisa que no se le borró de la cara en varios minutos.

Desmond le apretó la mano, y juntos bebieron el brindis, rodeados de un pueblo entero que había decidido, sin que nadie se lo pidiera formalmente, adoptarlos como parte de su propia historia.

—Tengo que confesarte algo —le dijo Desmond al oído, mientras la banda retomaba la música y las parejas volvían a ocupar la pista—. Hay una carta a medio escribir en mi bolsillo desde ayer por la noche. No he sabido cómo terminarla todavía.

—¿Sobre qué?