CAPÍTULO 20 #3
—Sobre esto. Sobre nosotros. Sobre lo que quiero que sea mi vida, independientemente de lo que decida Randall dentro de un rato. —Sonrió, con una vulnerabilidad que Marnie ya había aprendido a reconocer y a atesorar—. Se la voy a dar esta noche. Después del veredicto, sea cual sea.
—Ahora tengo más curiosidad por esa carta que por la decisión de Randall.
—Bien. Así es exactamente como quiero que se sienta cuando la lea.
Marnie apoyó la cabeza en su hombro un momento, mientras la música seguía sonando a su alrededor y el salón entero continuaba girando en su propia celebración, ajeno por completo a la pequeña conversación que acababa de cambiar, otra vez, la manera en que ella entendía lo que estaba a punto de vivir esa noche.
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A las once y cuarenta y cinco, la banda dejó de tocar poco a poco, siguiendo una señal discreta de Doreen, la presidenta de la cámara de comercio, y el salón entero empezó a reorganizarse hacia la mesa principal, donde Randall se levantaba ya con el sobre sellado en la mano y una expresión seria que no dejaba entrever nada sobre su contenido.
Marnie sintió que el corazón le latía con fuerza, y buscó la mano de Desmond entre la multitud que se apretaba hacia el frente del salón, encontrándola exactamente donde esperaba, cálida y firme, esperándola.
—Pase lo que pase —susurró Desmond, acercándose para que solo ella pudiera oírlo—, dentro de quince minutos vamos a saber cómo termina la parte legal de esta historia. Pero la otra parte, la que de verdad importa, ya la sabemos los dos desde hace semanas.
Marnie asintió, incapaz de encontrar palabras propias en ese momento, y juntos avanzaron hacia la mesa principal, donde Randall los esperaba junto a Percy, junto a Dot, junto a Walt y toda la comunidad de Birch Harbor que había decidido, sin que nadie lo pidiera formalmente, presenciar en persona el momento en que el testamento de Casimir Kowalski encontraría, por fin, después de cinco semanas de contratos, fumigadoras, pescas al amanecer y un beso que había empezado a desdibujar cualquier línea entre lo fingido y lo real, su resolución definitiva.
El silencio se extendió por todo el salón parroquial, tan completo que Marnie podía oír el crujido del papel bajo los dedos de Randall, el murmullo lejano de la banda afinando un último acorde antes de callar del todo, incluso el latido de su propio corazón, que le resonaba en los oídos con una intensidad que no recordaba haber sentido nunca, ni siquiera en los peores momentos de la crisis del banco, ni siquiera en el funeral de su padre.
Desmond le apretó la mano una última vez, y Marnie, mirando a su alrededor —Percy con los ojos brillantes, Dot con la barbilla alta y desafiante, Walt con una mano en el hombro de su mujer, todo Birch Harbor conteniendo el aliento a la vez, como un único organismo esperando la misma respuesta—, pensó que, pasara lo que pasara en los siguientes treinta segundos, ya había vivido algo que ningún testamento del mundo podría quitarle jamás.
Randall levantó el sobre, con todo el salón en silencio, y empezó a romper el sello.
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En la mesa de la cocina de la casa azul junto al faro, horas antes de que empezara todo esto, Desmond había dejado una cosa sin terminar: una carta, escrita a mano, dirigida a nadie en particular y a la vez a la única persona que de verdad importaba, que había empezado a redactar la noche anterior y que no había sabido cómo terminar todavía.
*Marnie,* decía la primera línea, con la letra ligeramente inclinada de alguien que escribía poco a mano en comparación con lo que tecleaba, *llevo seis años ayudando a otras personas a construir historias creíbles sobre el amor, y hasta esta semana no entendí que la parte más difícil no es construir la historia.
Es dejar que sea real, con todo lo que eso implica: el riesgo de que no salga bien, la imposibilidad de controlar el final, la certeza de que ya no hay ningún contrato que me proteja si algo se rompe. *
*No sé cómo va a terminar esta noche. No sé si Randall va a fallar a tu favor, ni si Marcus va a conseguir sembrar la duda suficiente para que todo se complique de nuevo.
Pero sí sé esto: pase lo que pase con la cláusula, quiero seguir apareciendo en tu cocina cada mañana, quiero seguir aprendiendo los nombres de tus árboles, quiero seguir siendo la persona que sujeta la linterna mientras Walt arregla lo que sea que se haya roto esa semana.
Eso ya no es parte de ningún trabajo. Es, sencillamente, lo que quiero que sea mi vida. *
No había firmado la carta todavía. La guardó, a medio terminar, en el mismo bolsillo interior donde llevaba el cuaderno de su abuela y la fotografía de la feria del condado de 1974, decidido a encontrar el momento adecuado para entregársela, quizás esa misma noche, después de que Randall diera su veredicto, cuando las palabras pudieran significar exactamente lo que él quería que significaran: no una promesa condicionada al resultado de ningún testamento, sino una declaración hecha con los ojos completamente abiertos.