Novio de alquiler (amor incluido) (Serie amores divertidos 2) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Salieron hacia el salón parroquial pasadas las siete, con el cielo de septiembre tiñéndose de naranja sobre el lago y la furgoneta cargada con las últimas cajas de sidra especiada, y Marnie, sentada en el asiento del copiloto con el vestido verde oscuro y el colgante de cereza de su madre al cuello, se sorprendió a sí misma sintiendo, por encima de los nervios lógicos de la noche, una calma extraña que no había anticipado del todo.

—¿Puedo preguntarle algo? —dijo, mientras Desmond conducía por la carretera de la costa, con las ventanillas bajadas y el aire fresco del atardecer entrando en el coche.

—Lo que quiera.

—Si Randall falla la cláusula a favor de Percy esta noche, si perdemos el huerto a pesar de todo lo que hemos hecho estas cinco semanas... ¿qué pasa con nosotros?

Desmond redujo la velocidad, no porque la carretera lo exigiera, sino porque la pregunta merecía toda su atención.

—Nosotros seguimos existiendo, Marnie. Con huerto o sin él.

—La miró un momento, antes de devolver la vista a la carretera—.

Empecé este trabajo por un contrato de nueve páginas y una fecha de caducidad muy clara.

Pero en algún punto entre el nudo Palomar y el chile con cerezas secas, dejé de contar los días que quedaban para el final del acuerdo y empecé a contar, sin darme cuenta, los días que llevábamos juntos.

Esa cuenta no depende de ningún testamento.

—Eso es lo más bonito que me ha dicho en toda la semana, y esta semana ha dicho muchas cosas bonitas.

—Guárdeme un baile esta noche, entonces. Al margen de lo que decida Randall.

—Le guardo todos los que quiera.

—¿Puedo confesarle algo antes de que lleguemos?

—dijo Desmond, con los ojos todavía en la carretera—.

Estos últimos días, viendo a todo el pueblo volcarse en los preparativos, viendo a Percy reconciliarse con usted, viendo incluso a mis propios padres alegrarse por algo que empezó siendo un trabajo, he pensado mucho en lo que significa de verdad la palabra "hogar".

Llevo seis años definiéndola como el sitio donde guardo mis cosas entre viaje y viaje.

Y ahora, sin buscarlo, la estoy redefiniendo como el sitio donde está usted.

Marnie sintió que se le encogía el pecho de una manera dulce y aterradora a la vez.

—Eso es un peso muy grande para ponerlo sobre una sola persona, Desmond.

—Lo sé. No se lo digo para presionarla con nada.

Se lo digo porque llevo toda la vida sin sentirme completamente seguro de pertenecer a ningún sitio, y usted, sin proponérselo, me ha hecho sentir eso en menos de cinco semanas.

Me parecía importante que lo supiera, pasara lo que pasara esta noche con la cláusula.

Desmond aceleró un poco, sonriendo, y el resto del trayecto lo hicieron en un silencio cómodo, con la radio puesta bajo y las manos de Marnie entrelazadas sobre el regazo, sintiendo que, fuera cual fuera el resultado de esa noche, ya habían recorrido juntos un camino mucho más largo que los pocos kilómetros que separaban el huerto del salón parroquial.

•  •  •

Llegaron al salón parroquial cuando ya se había llenado buena parte del aparcamiento, con las luces del interior derramándose por las ventanas altas y el sonido de una banda local afinando instrumentos flotando en el aire de la noche, y Marnie sintió, al bajar del coche con Desmond a su lado, la misma mezcla de terror y expectación que había sentido semanas atrás, la primera vez que había marcado su número en el reverso de un recibo de ferretería, multiplicada ahora por todo lo que había cambiado entre aquel momento y este.

Dentro, el salón ya bullía de actividad: mesas cubiertas de manteles color calabaza, centros florales de crisantemos y ramas de arce, la banda local tocando un vals suave mientras las primeras parejas empezaban a ocupar la pista, y en la mesa de honor, ya sentado con el resto del comité de la cámara de comercio, Randall repasaba unos papeles con la concentración de un hombre que se tomaba su papel de albacea tan en serio como cualquier otro asunto legal de su carrera.

Dot los esperaba en la puerta, con un vestido morado que Marnie no le había visto nunca y una expresión que oscilaba entre el orgullo y la advertencia.

—Percy está dentro, vigilando a Marcus como un halcón —anunció, sin preámbulos—.

Randall acaba de llegar. Y el comité entero de la cámara de comercio está ya sentado en la mesa principal, así que sea lo que sea que vaya a pasar esta noche, va a pasar delante de absolutamente todo el mundo que importa en este condado.

—Estamos preparados —dijo Marnie, y descubrió, al decirlo en voz alta, que era la primera vez en toda la semana que lo decía sintiéndolo de verdad.

Desmond le ofreció el brazo, con el mismo gesto exacto que había usado la primera noche, en el porche de la tía Priscilla, cinco semanas atrás, aunque esta vez, Marnie lo sabía con una certeza que no necesitaba ningún contrato que la respaldara, no había ni un ápice de actuación en el gesto.

—¿Lista? —preguntó él.

—Lista —contestó ella, y cruzaron juntos la puerta del salón parroquial, hacia la luz, la música y el veredicto que estaba a punto de decidir, delante de todo Birch Harbor, el destino del huerto de los Kowalski y, aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta, también el destino de todo lo demás que habían construido entre nudos de pesca, plagas de pulgón lanígero y una prensa de sidra que se negaba, tozudamente, a morir en el peor momento posible.

•  •  •

Antes de cruzar la puerta del todo, Marnie se detuvo un momento en el escalón de entrada, con la mano todavía entrelazada con la de Desmond, y miró hacia atrás, hacia el aparcamiento donde su propia furgoneta esperaba junto al Lexus de Percy y el coche patrulla que Walt insistía en llamar «de refuerzo» aunque nadie le hubiera pedido que trajera ningún tipo de seguridad.

—¿Qué pasa? —preguntó Desmond, notando la pausa.

—Nada. Solo estaba pensando en mi abuelo.

—Marnie sonrió, con una mezcla de nostalgia y diversión—.

Me pregunto qué diría si nos viera ahora mismo, a punto de entrar a este mismo salón donde él bailó con mi abuela cincuenta años, para que un abogado decida si merezco quedarme con lo que él construyó, basándose en si un hombre que conocí fingiendo hace cinco semanas ha terminado, de verdad, enamorándose de mí.

—Yo creo que se estaría riendo. Mucho. —Desmond le apretó la mano—. Y creo que, en el fondo, sabría exactamente lo que estaba haciendo cuando escribió esa cláusula tan absurda. Los abuelos testarudos suelen saber más de lo que aparentan.

—Puede ser. —Marnie respiró hondo, una última vez, antes de empujar la puerta del todo—. Vamos a averiguarlo.

Entraron juntos en el salón parroquial, con la música de la banda local elevándose para recibirlos, las luces cálidas del Baile de la Luna de la Cosecha derramándose sobre las mesas decoradas con hojas de otoño y calabazas pequeñas, y el murmullo de todo un condado que llevaba cinco semanas observando, con más cariño del que ninguno de los dos había anticipado, cómo un contrato de nueve páginas se había convertido, sin que nadie pudiera señalar el momento exacto, en la historia de amor más comentada que Birch Harbor había visto en una generación.

•  •  •

Los primeros en acercarse, apenas cruzado el umbral, fueron los Larsen, cargados de felicitaciones y con la señora Larsen insistiendo en que Marnie probara una muestra del pan de centeno especial que habían horneado para la ocasión, «con más semillas de las habituales, para celebrar por todo lo alto».

Cheryl los interceptó un minuto después, ya con delantal cambiado por un vestido de flores que Marnie no recordaba haberle visto en ningún otro evento del pueblo, y les aseguró que había reservado la mejor mesa del salón, «la que tiene mejor vista de la mesa de honor, para que no os perdáis nada quand Randall haga el anuncio».

—«Cuando», Cheryl —corrigió Marnie, entre risas—. Se te ha colado el francés otra vez.

—Llevo dos clases de francés en el centro cívico y ya me creo bilingüe. Perdóname la vida.

Avanzaron entre las mesas saludando a rostros conocidos —el pescador del Sunrise que había brindado por Desmond la mañana después de la cámara de comercio, la familia entera de Walt, incluida una hermana que Marnie solo había visto en fotos navideñas, el propio Abernathy, ya sentado con un plato de aperitivos y comentando en voz alta, para quien quisiera oírlo, que «esta noche va a ser memorable, ya lo veréis»—, y Marnie sintió, con cada saludo, cada abrazo, cada mirada de cariño genuino, que el peso que llevaba cargando sola desde hacía dos años se repartía, por fin, entre todo un pueblo dispuesto a sostenerlo con ella.

Randall los vio llegar desde la mesa principal y se levantó, ajustándose la chaqueta con la misma solemnidad de siempre, y caminó hacia ellos con un sobre cerrado en la mano que Marnie reconoció, con el corazón acelerándose de golpe, como la decisión formal que llevaba semanas esperando.

—Todavía no —dijo Randall, notando la mirada de Marnie clavada en el sobre—. Esto se abre a medianoche, como marca la tradición de tu abuelo, ni un minuto antes. Pero quería deciros, antes de que empiece la música de verdad, que me alegro mucho de veros aquí esta noche. Los dos.

—Gracias, Randall. Por todo.

—No me las deis todavía. —Sonrió, con una calidez que Marnie no le había visto desplegar nunca en el contexto estrictamente profesional de su despacho—.

Guardad las gracias para cuando sepamos cómo termina la noche.

Ahora id a bailar. Lleváis semanas mereciéndoos un baile que no tenga que demostrarle nada a nadie.