Novio de alquiler (amor incluido) (Serie amores divertidos 2) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Marnie se estaba cambiando para el baile, con el vestido verde oscuro que había comprado en Sturgeon Bay dos días antes colgado de la puerta del armario y el pelo todavía húmedo de la ducha, cuando el teléfono le sonó con un número que no tenía guardado.

—¿Marnie? Soy Grant.

Se quedó parada, con el secador todavía en la mano, sintiendo el corazón acelerarse de una manera que no esperaba con ese nombre concreto en la pantalla.

—Grant. Qué sorpresa.

—Perdona que te moleste, sé que probablemente estás liada con lo del baile.

La boda de mi hermana es esta noche también, en Sturgeon Bay, así que estoy en la zona.

—Hizo una pausa, y Marnie pudo oír, a través del teléfono, el ruido de fondo de una habitación de hotel—.

Quería... no sé. Quería disculparme, en realidad.

Por lo del mercado, hace unas semanas. Fui un imbécil.

Llevaba tiempo queriendo decírtelo y no encontraba el momento.

—Está bien, Grant. Ya está olvidado.

—No estoy seguro de que lo esté, pero te agradezco que lo digas.

—Otra pausa, más larga esta vez—. También quería decirte que me alegro por ti.

Por el huerto, por... por Desmond, si es que sigue siendo real lo vuestro, que por lo que cuenta mi madre en las llamadas familiares, parece que sí.

Te mereces algo bueno, Marnie, después de todo lo que has cargado tú sola estos años.

Y siento no haber sido yo capaz de dártelo cuando tuve la oportunidad.

Marnie sintió una calidez inesperada, no romántica en absoluto, sino la de cerrar una puerta que llevaba dieciocho meses entreabierta sin que ella se hubiera dado cuenta del todo.

—Una cosa más, antes de colgar —añadió Grant—. Mi madre me ha contado que el pueblo entero ha salido en tu defensa por ese artículo del Gazette. Cuarenta firmas, dice. Nunca vi a este pueblo hacer eso por mí, ni cuando estuvimos juntos tres años enteros.

—Este pueblo no defiende a la gente por estar de paso, Grant. Defiende a la gente que se queda.

—Tienes razón. Siempre la tuviste, en realidad, sobre casi todo. —Se rio, sin amargura esta vez.

—Gracias, Grant. De verdad. Espero que la boda de tu hermana salga preciosa esta noche.

—Seguro que sí. Cuídate, Marnie.

Colgó, y se quedó un momento sentada en el borde de la cama, con el teléfono todavía tibio en la mano, dejando que la sensación de cierre se asentara del todo antes de volver a ponerse en marcha.

Dieciocho meses atrás, una llamada así la habría dejado hecha pedazos durante días.

Ahora solo sentía un alivio tranquilo, casi anticlimático, como quien por fin suelta una maleta que llevaba demasiado tiempo cargando sin darse cuenta de lo pesada que se había vuelto.

Se levantó, terminó de secarse el pelo, y se puso el vestido verde oscuro frente al espejo del armario, el mismo espejo donde se había mirado, semanas atrás, preguntándose con auténtico terror si sería capaz de sostener una mentira delante de toda su familia durante cinco semanas enteras.

La mujer que le devolvía la mirada esta noche no tenía nada de aquel terror.

Tenía, en cambio, una calma nueva, ganada a base de fumigadoras rotas, cenas familiares tensas, un artículo difamatorio superado con cuarenta firmas de apoyo, y un hombre que había cruzado media región del país dos veces para no volver a fallarle.

Justo cuando terminaba de abrocharse el último botón del vestido, Desmond entró en la habitación, ya vestido con un traje azul marino que Marnie no le había visto antes, ajustándose los gemelos con una concentración que se desvaneció en cuanto la vio.

—¿Todo bien? Te he oído hablar por teléfono.

—Era Grant. Se disculpaba, básicamente. —Marnie dejó el teléfono sobre la cómoda—. Es raro. Hace un mes esa llamada me habría hecho llorar durante horas. Ahora solo siento que por fin puedo dejarlo ir sin ningún rencor.

—Eso suena a progreso.

—Lo es. —Marnie se acercó, ajustándole el nudo de la corbata con un gesto que ya le resultaba familiar—. ¿Está nervioso por esta noche?

—Un poco. Sobre todo por la parte en que Randall anuncia su decisión delante de todo el condado. —Desmond le cogió las manos, deteniendo el ajuste de la corbata—. Pero, sea cual sea el resultado, quiero que sepa algo antes de que salgamos por esa puerta.

—¿Qué?

—Que ya he ganado lo que de verdad importaba de todo esto, y no tiene nada que ver con ningún testamento.

Marnie lo besó entonces, despacio, sin prisa, con el vestido a medio abrochar y la corbata todavía sin terminar de ajustar, y por un momento ninguno de los dos pensó en el baile, ni en Randall, ni en Marcus, ni en nada que no fuera el instante presente en esa habitación con la luz de la tarde entrando oblicua por la ventana.

—Deberíamos terminar de arreglarnos —dijo Desmond, al fin, con la voz un poco ronca—. O vamos a llegar tarde a nuestro propio veredicto.

—Que esperen. —Marnie sonrió, ajustándole por fin el nudo de la corbata—. Llevo toda la vida siendo puntual para todo el mundo menos para mí misma. Esta noche, por una vez, pueden esperar cinco minutos más.

•  •  •

El teléfono de Marnie volvió a sonar veinte minutos después, esta vez con el nombre de Percy en la pantalla, y algo en la urgencia con la que vibraba le dijo a Marnie, antes de contestar, que las buenas noticias de la tarde estaban a punto de complicarse.

—Marcus ha llamado a Randall hace media hora —dijo Percy, sin preámbulos, con la voz tensa—.

Le ha pedido una reunión de última hora antes del baile, dice que tiene «información nueva y relevante» que presentar.

Randall me ha llamado a mí primero porque sabe que yo estoy al tanto de todo, y quería avisarme antes de decidir si le concede la reunión.

—¿Va a hacerlo?

—No lo sé. Randall es meticuloso hasta la exasperación, va a querer escuchar a Marcus solo para poder decir después que le dio la oportunidad de presentar cualquier evidencia, aunque ya sepamos los dos que no va a cambiar nada de fondo.

—Percy respiró hondo—. Pero quería que lo supierais antes de llegar al baile, para que no os pille por sorpresa si Marcus aparece con ganas de montar un espectáculo delante de todo el condado.

Marnie miró a Desmond, que había escuchado la mitad de la conversación por el manos libres y ya tenía la expresión calmada y decidida que ella asociaba, después de tres semanas, con el momento exacto en que él dejaba de sentirse asustado y empezaba a sentirse preparado.

Marnie sintió que el miedo antiguo, el mismo que la había acompañado durante gran parte de las últimas cinco semanas, intentaba abrirse paso de nuevo, pero esta vez, al mirar a Desmond, notó algo distinto en su propia reacción: en vez de encogerse, sintió que se erguía.

—¿Está seguro? —preguntó—. Podríamos llegar antes al salón, hablar con Randall nosotros primero, adelantarnos a lo que sea que Marcus quiera decir.

—Podríamos. Pero eso sería seguir jugando su juego, dejando que él decida el ritmo de la noche.

—Desmond le cogió la mano, con una firmeza tranquila—.

Prefiero que entremos como lo que somos, sin prisa, sin necesidad de defendernos de nada antes de que nadie nos ataque.

Si Marcus quiere hacer ruido, que lo haga delante de toda la comunidad.

Ya hemos visto de qué lado se ha puesto el pueblo.

Marnie asintió, sintiendo que la calma de Desmond se le contagiaba poco a poco, y se dio cuenta de que, semanas atrás, se habría pasado la noche entera dándole vueltas a la amenaza de Marcus, calculando cada posible escenario, sin permitirse el lujo de simplemente confiar en que las cosas podían salir bien sin que ella tuviera que controlarlo todo.

—Que venga —dijo Desmond, con una tranquilidad que sorprendió incluso a Marnie—.

Que presente lo que tenga que presentar.

No tenemos nada que ocultar, Marnie. Nunca lo tuvimos, en realidad, más allá de un contrato que dejó de tener sentido hace semanas.

Vamos a ese baile, bailamos, sostenemos la cabeza alta, y dejamos que Marcus descubra, delante de todo el pueblo, que su última jugada llega demasiado tarde para cambiar nada.

•  •  •

Percy encontró a Marcus en el aparcamiento del salón parroquial media hora antes de que empezara el baile, apoyado contra su coche con el traje impecable de siempre y una carpeta bajo el brazo que Percy reconoció de inmediato: la misma que le había enseñado semanas atrás, con las capturas de pantalla de The Plus-One Co.

—No lo hagas, Marcus.

—Percy. —Él la miró con una sorpresa que no llegó a ser del todo genuina—. No esperaba verte aquí. Pensé que después de lo nuestro preferirías mantener las distancias.

—He venido a ayudar a mi prima, no a ti.

—Percy se cruzó de brazos, plantándose entre él y la puerta del salón con una determinación que no sabía que todavía tenía—.

Randall ya sabe todo lo que hay en esa carpeta.

Se lo conté yo misma hace días. No vas a sorprender a nadie esta noche, Marcus.

Lo único que vas a conseguir es quedar como el hombre que intentó hundir a una familia entera por una parcela de tierra.

—O como el hombre que expuso un fraude que nadie más tuvo el valor de señalar.

—No es un fraude, y lo sabes. —Percy bajó la voz, casi con lástima—.

Lo que empezó siendo un contrato es ahora lo más real que he visto en esta familia en años, y tú lo sabes tan bien como yo, porque me viste la cara cuando te lo dije.

Esto ya no es sobre proteger a nadie, Marcus. Es sobre no poder soportar perder.

Marcus se quedó callado un momento, con la carpeta todavía bajo el brazo, y por primera vez desde que Percy lo conocía, algo parecido a la duda le cruzó el rostro.

—Voy a entrar de todas formas. Es un evento público.

—Entra si quieres. Pero piénsatelo dos veces antes de sacar esa carpeta delante de gente que ya ha decidido, hace días, de qué lado está. —Percy se apartó por fin, dejándole paso—. Buena suerte, Marcus. La vas a necesitar.