Novio de alquiler (amor incluido) (Serie amores divertidos 2) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

El chasquido llegó a las nueve de la mañana, justo cuando Marnie y Desmond terminaban de cargar las últimas cajas de sidra especiada en la furgoneta para llevarlas al salón parroquial, un sonido seco y metálico que Marnie reconoció de inmediato, con el estómago encogido, como el que su padre le había descrito años atrás: el sonido de Bertha estropeándose de verdad, no el traqueteo habitual que llevaba haciendo toda la vida.

—No, no, no. —Marnie corrió hacia el cobertizo, con Desmond pisándole los talones, y encontró la prensa parada a mitad de un ciclo, con un hilo de aceite escapándose de una junta que nunca antes había goteado—. Hoy no. Precisamente hoy no.

—¿Se puede arreglar?

—No lo sé. Nunca se ha roto así. Siempre ha sido el motor, o una correa, cosas que mi padre sabía arreglar con las manos en media hora. Esto suena a algo interno, algo que necesitaría un mecánico de verdad, y el único que conozco está en Sturgeon Bay y probablemente no puede venir hasta el lunes.

Desmond se arrodilló junto a Bertha, tocando la carcasa todavía tibia con una preocupación que Marnie no esperaba de alguien que, técnicamente, no tenía ninguna obligación real con el destino de una prensa de sidra de 1987.

—¿Hay alguna manera de comprar sidra ya hecha, para cubrir la diferencia? —preguntó él, pensando en voz alta—. Sé que no es lo mismo, pero al menos cubriría la parte financiera.

—Podría, pero perdería toda la credibilidad del puesto.

La gente de este condado sabe distinguir nuestra sidra de cualquier otra a un kilómetro de distancia, Desmond.

Si aparezco vendiendo sidra comprada la misma noche que Randall decide sobre la cláusula, va a parecer que ya he empezado a rendirme antes de que él anuncie nada.

—¿Cuánta sidra especiada tenemos ya envasada para esta noche?

—La mitad de lo que necesitamos. El resto lo íbamos a hacer esta misma mañana, con las últimas manzanas de la parcela sur.

—Marnie se pasó las manos por la cara, sintiendo que el pánico empezaba a subirle por el pecho con una familiaridad desagradable—.

La venta de sidra especiada financia una parte importante de nuestra presencia en el baile, Desmond.

No es solo simbólico. Es dinero real que necesito para cubrir lo que todavía debo al banco.

Desmond se arrodilló junto a la prensa, examinando la junta con una atención que no encajaba con su experiencia declarada en maquinaria agrícola, que era, hasta donde Marnie sabía, absolutamente nula.

—¿Qué está haciendo?

—Mirando si esto se parece a algo que haya visto antes.

—Se quedó un momento más en silencio, y después soltó una risa breve, casi incrédula—.

Marnie. Esto es exactamente el mismo tipo de junta hidráulica que se rompió en la fumigadora la semana pasada, cuando tratamos el pulgón lanígero.

¿Se acuerda? Tuvo que pedir una pieza de recambio por internet porque la ferretería del pueblo no la tenía.

Marnie se quedó parada un momento, procesando la conexión.

—¿Está diciendo que todavía tenemos la pieza de recambio de la fumigadora?

—Estoy diciendo que si el diámetro coincide, que no tengo ni idea de si coincide, podríamos improvisar algo que aguante lo suficiente para terminar la tanda de esta mañana.

Pasaron la siguiente hora en el cobertizo, con Dot trayendo herramientas del garaje y Walt, alertado por una llamada de emergencia, apareciendo diez minutos después con su propia caja de herramientas y la misma paciencia meticulosa que había empleado enseñando a Desmond el nudo Palomar, esta vez aplicada a convencer a una máquina de 1987 de que aguantara unas horas más.

—Tu abuelo se estaría riendo ahora mismo, si nos viera —dijo Walt, ajustando la junta improvisada con una llave inglesa mientras Desmond sujetaba una linterna en el ángulo exacto que le indicaban—.

Siempre decía que Bertha elegía los peores momentos posibles para recordarnos que también ella necesitaba cuidados.

—Pues elige fatal el momento, esta vez más que nunca.

—O elige perfecto. —Walt le guiñó un ojo a Marnie, sin dejar de trabajar—. Nada te obliga tanto a comprobar quién está dispuesto a ensuciarse las manos por ti como una crisis de verdad, el mismo día que más importa. Fíjate quién está aquí, cielo, y quién no.

Marnie miró alrededor del cobertizo: Dot con las manos manchadas de aceite, Walt concentrado en la junta improvisada, Desmond sosteniendo la linterna con una precisión absoluta, sudando bajo la camisa que ya había sacrificado una vez por el huerto y que claramente estaba a punto de sacrificar de nuevo, y sintió que la respuesta a la observación de Walt era tan evidente que no necesitaba decirla en voz alta.

Trabajaron otros veinte minutos en silencio, con Walt tarareando algo que sonaba vagamente a un himno luterano y Dot pasándole herramientas a un ritmo tan eficiente que Desmond empezó a sospechar que aquella no era, ni de lejos, la primera avería mecánica que la mujer había ayudado a resolver en ese mismo cobertizo.

—Tu padre solía decir que esta prensa tenía más vidas que un gato —comentó Dot, tendiéndole a Walt una llave de tuercas distinta—. La compró de segunda mano, ¿sabes? Ya tenía casi veinte años cuando llegó al huerto. Cualquiera diría que a estas alturas debería estar jubilada.

—Cualquiera diría muchas cosas de las máquinas de este huerto que luego resultan no ser verdad —contestó Walt, sin levantar la vista de la junta—. Como esa fumigadora que todos dábamos por muerta hace tres veranos y que Casimir se negó a tirar. Ahí sigue, dando guerra.

La prensa volvió a arrancar pasadas las once, con un traqueteo que sonaba, si acaso, más sano que antes de la avería, y Marnie abrazó a Bertha —literalmente, con los brazos alrededor de la carcasa metálica todavía caliente— con un alivio que le arrancó una carcajada a Dot desde la puerta del cobertizo.

—Vamos a tener sidra suficiente para el baile —dijo, casi sin aliento—. Vamos a tenerla.

—Se lo dije. —Desmond se limpió las manos en un trapo, con una sonrisa cansada pero genuina—. Aunque, para que conste, la próxima vez que necesite un milagro mecánico, preferiría que no dependiera de mi memoria sobre juntas hidráulicas de fumigadoras. Ha sido pura suerte.

—Ha sido usted prestando atención a los detalles de mi vida cotidiana lo suficiente como para recordar una pieza de recambio de hace una semana.

—Marnie se acercó, todavía manchada de aceite, y lo besó, breve pero decidido, delante de Dot y de Walt, que fingieron, con muy poco éxito, no estar mirando—.

Eso no es suerte. Eso es justo lo que llevo semanas intentando explicarle sobre lo que significa estar presente de verdad.

Terminaron de envasar la última tanda de sidra especiada pasada la una de la tarde, con el tiempo justo para cargarla en la furgoneta y llevarla al salón parroquial antes de que empezara a montarse el resto del evento, y Marnie, mientras cerraba la última caja, sintió una gratitud tan grande hacia las personas que la rodeaban que tuvo que parar un momento, apoyada contra la furgoneta, para no ponerse a llorar delante de todo el mundo por segunda vez esa semana.

—¿Estás bien? —preguntó Dot, notando la pausa.

—Estoy mejor que bien. Es solo que... hace un mes estaba sola con todo esto, Dot. Completamente sola. Y ahora mismo tengo a media familia y a la mitad del pueblo metidos hasta los codos en aceite de máquina por mí, un sábado por la mañana, sin que nadie se lo pidiera.

—Eso es lo que pasa cuando dejas que la gente entre, cielo. —Dot le dio una palmadita en el hombro, con una ternura poco habitual en ella—. Tu abuelo tenía razón en eso, aunque tuviera que escribirlo en un testamento absurdo para conseguir que lo entendieras.