CAPÍTULO 10
Desmond llegó al huerto menos de veinte minutos después de la llamada, con el motor todavía caliente y una expresión que Marnie reconoció, con una punzada de gratitud, como la de alguien que había conducido más rápido de lo prudente.
La encontró en la cocina, sentada frente a la mesa con marcas de cuchillo, con el teléfono todavía en la mano y la carpeta naranja del testamento abierta delante de ella, como si releer la cláusula por enésima vez fuera a revelar de repente un significado distinto al que llevaba semanas teniendo.
—Cuénteme exactamente qué ha dicho Randall —dijo Desmond, sentándose frente a ella sin quitarse siquiera la chaqueta.
Marnie se lo explicó todo, con la voz cada vez más firme a medida que hablaba, como si el simple acto de organizar la información en frases coherentes le devolviera algo del control que había sentido perder durante la llamada.
Cuando terminó, Desmond se quedó un momento en silencio, con los dedos entrelazados sobre la mesa.
—«Evidencia adicional» —repitió—. ¿Qué tipo de evidencia acepta un albacea en un caso como este? Nunca he trabajado un contrato que llegara a este nivel de escrutinio legal formal.
—Randall no ha sido muy específico. Ha dicho cartas, testimonios, algo que demuestre «la solidez del compromiso» más allá de aparecer juntos en público.
—Marnie se frotó la cara con las manos—.
Percy va a presentar años de fotos con Marcus, mensajes, planes de boda ya en marcha.
Nosotros tenemos... dos semanas y media, un contrato de nueve páginas y una historia sobre nuestras abuelas que, técnicamente, es lo único cien por cien verdadero de todo esto.
—Entonces empecemos por ahí. —Desmond sacó la libreta, el gesto que Marnie ya asociaba, de manera casi automática, con el momento en que él se ponía a resolver un problema en vez de sentirlo—.
Necesitamos testigos que puedan hablar de lo que han visto entre nosotros estas dos semanas, sin que se note que están recitando un guion.
Walt. Dot. Cheryl. Los Larsen. Gente que Randall conoce y en quien confía, que puedan dar fe de comportamientos concretos, no de opiniones generales.
—Eso puede funcionar para la parte pública. Pero Randall va a querer algo más personal. Algo que demuestre... —Marnie dudó, sin saber muy bien cómo terminar la frase sin decir en voz alta lo que en realidad quería decir.
—¿Intimidad? —completó Desmond, sin rodeos.
—Sí.
Se quedaron mirándose un momento, con la palabra flotando entre los dos en la cocina silenciosa, y Marnie sintió que el corazón le latía con una intensidad que no tenía nada que ver con el estrés legal de la conversación.
—Puedo escribirle una carta a Randall —dijo Desmond, con una voz que había perdido parte de su firmeza profesional habitual—. Contándole por qué esto ha dejado de sentirse, para mí, como un trabajo. No tendría que fingir nada para escribirla. Eso es lo que me asusta un poco, si le soy sincero.
—¿Por qué te asusta?
—Porque llevo seis años construyendo un negocio entero sobre la premisa de que puedo controlar exactamente cuánto de mí mismo entrego en cada actuación.
Y contigo, Marnie, llevo dos semanas sin conseguirlo ni una sola vez.
—Desmond dejó la libreta sobre la mesa, sin escribir nada en ella—.
La primera noche, en la cena de su tía, le dije que era mi trabajo notarla.
Era mentira. O, mejor dicho, dejó de ser verdad casi de inmediato.
No la noto porque sea mi trabajo. La noto porque no puedo evitarlo.
Marnie sintió que se le cerraba la garganta, con una emoción que había estado evitando nombrar desde el aparcamiento de la iglesia, desde la cena del domingo, quizás desde la primera vez que él había subido a la escalera de mano para arreglar un cartel torcido sin que ella se lo pidiera.
—Cuando Percy me preguntó por el collar de mi madre —dijo, con la voz más baja de lo habitual—, no pude contestarle.
No porque no supiera la respuesta, sino porque me di cuenta, en ese momento exacto, de que ya no sabía distinguir qué parte de todo esto seguía siendo el contrato y qué parte era simplemente...
nosotros. Y me asustó tanto que preferí no pensarlo durante dos semanas enteras.
—¿Y ahora?
—Ahora Percy está a punto de forzar una decisión legal que va a exigir que demostremos, ante un abogado que conoce a esta familia desde hace treinta años, algo que ni siquiera hemos sido capaces de admitirnos el uno al otro.
—Marnie se rio, una risa temblorosa, casi al borde de las lágrimas—.
Es la situación más ridícula en la que me he metido nunca, y eso que una vez intenté hacer sidra con manzanas que todavía no estaban maduras y acabé con media tienda oliendo a vinagre durante un mes.
Desmond se rio también, un sonido genuino que rompió parte de la tensión acumulada en la cocina, y alargó la mano por encima de la mesa, sin ningún propósito contractual, solo porque quería tocarla.
Marnie entrelazó los dedos con los suyos.
—Bertha está a punto de estropearse —dijo ella, con una sonrisa temblorosa, usando la palabra de seguridad al revés de como la habían diseñado, no para pedir un rescate, sino para señalar el momento exacto en que ya no la necesitaba.
—¿Está segura? —preguntó Desmond, sin soltarle la mano, con una seriedad que dejaba claro que la pregunta no era sobre la prensa de sidra en absoluto.
—Llevo dos semanas sin estar segura de nada más en toda mi vida —contestó Marnie—. Pero de esto, sí. De esto estoy segura.
Desmond se levantó, rodeó la mesa despacio, y se detuvo frente a ella con una distancia mucho más corta de la que el anexo del contrato había estipulado nunca, esperando, con una paciencia que a Marnie le pareció casi insoportable, a que fuera ella quien decidiera si quería cerrar el espacio que quedaba entre los dos.
Ella lo hizo.
El beso no tuvo nada que ver con los que habían simulado hasta entonces para las fotos y para la familia, nada calculado ni contenido dentro de los límites de ningún anexo legal: fue lento al principio, casi tentativo, como si ambos necesitaran comprobar que aquello era real antes de permitirse creerlo del todo, y después, cuando Marnie le rodeó el cuello con los brazos y sintió las manos de Desmond en su cintura, con una firmeza distinta a la de cualquier gesto ensayado para un público, se volvió algo mucho más profundo, algo que ninguno de los dos tenía intención de detener.
Cuando por fin se separaron, sin soltarse del todo, con las frentes todavía juntas y la respiración entrecortada, Desmond fue el primero en hablar.
—Esto —dijo, con una sonrisa que Marnie no le había visto nunca hasta ese momento, sin ningún cálculo detrás— no estaba en el contrato.
—No —confirmó Marnie, sin apartarse—. Pero creo que vamos a tener que redactar un anexo nuevo.
—Voy a necesitar que Yolanda me confirme que esto no vulnera ninguna cláusula ética de la empresa.
—Dile que la cláusula doce de un testamento de Wisconsin ya se ha encargado de vulnerar suficientes cosas por los dos.
Se rieron juntos, apoyados el uno contra el otro en la cocina donde había empezado todo, con la carpeta naranja del testamento todavía abierta sobre la mesa y cinco días por delante hasta el Baile de la Luna de la Cosecha, un plazo que, por primera vez desde que Marnie había marcado aquel número en el reverso de un recibo de la ferretería, ya no le parecía una amenaza sino, de manera aterradora y maravillosa a partes iguales, una oportunidad.
Fuera, en el porche, el viento del lago empezaba a cambiar de dirección, anunciando el primer frío de verdad del otoño, y en algún lugar de Appleton, aunque ninguno de los dos lo sabía todavía, Marcus Ellery ya estaba redactando la siguiente jugada de una partida que estaba lejos de haber terminado.
• • •
A veinte minutos de distancia, en el salón de una casa nueva con demasiadas ventanas y muy pocos libros, Marcus cerró el portátil con una satisfacción que no tenía nada que ver con el proyecto de las cabañas del lago.
—¿Cómo ha ido la presentación en la cámara? —preguntó Percy, entrando en el salón con dos copas de vino que Marcus no había pedido pero que aceptó de todas formas.
—Mejor de lo que esperaba, en realidad. —Marcus sonrió, un gesto que no le llegó del todo a los ojos—.
La reacción de tu prima ha sido exactamente la que necesitaba.
Ahora tengo grabación de la reunión municipal, testimonio público de que se opone activamente a cualquier desarrollo en su parcela, y a un supuesto novio suyo defendiéndola con una vehemencia que, para alguien que según tú lleva menos de dos semanas en el pueblo, resulta cuanto menos curiosa.
—¿Qué tiene eso que ver con la moción que he presentado?
—Todo, cariño. —Marcus se sentó, extendiendo el brazo por el respaldo del sofá con la comodidad de quien ya ha ganado la partida en su cabeza—.
Cuanto antes se resuelva la cláusula del testamento a tu favor, antes puedo empezar conversaciones serias contigo, como única propietaria futura, sobre el valor real de esa parcela sur.
Randall es cuidadoso, pero también es viejo, y los abogados viejos se cansan de procesos largos.
Si le damos una razón sólida para acelerar, la acelerará.
Percy se quedó mirando su copa de vino, sin beber, con una expresión que no era del todo la de alguien satisfecha con el plan que acababa de escuchar.
—No quiero que esto le haga daño a Marnie.
—Marnie va a estar bien. Va a conservar la tienda, la casa, la mayoría del huerto.
Solo estamos hablando de dieciocho hectáreas junto al agua que, seamos sinceros, ella nunca ha sabido aprovechar de verdad.
—Marcus le apretó la mano, con una ternura que a Percy, en ese momento concreto, le pareció menos genuina de lo que le había parecido tres años atrás—.
Confía en mí. Al final, todo el mundo va a salir ganando.
Percy asintió, aunque la sensación incómoda que llevaba días instalada en su estómago, la misma que había sentido en la cocina de la tía Priscilla al ver el collar de su madre en el cuello de su prima, no terminó de disolverse del todo con esa promesa.
• • •
A la mañana siguiente, Marnie se despertó antes del amanecer, como cada día, pero por primera vez en semanas lo hizo con una sonrisa que tardó un momento en identificar como felicidad pura, sin condiciones, antes de que la memoria del día anterior —el beso, la moción de Percy, la conversación con Randall— volviera de golpe y le devolviera la mezcla más complicada de emociones que había sentido en mucho tiempo.
Encontró un mensaje de Desmond esperándola en el teléfono, enviado, según la hora, apenas unos minutos después de que él hubiera salido de la casa la noche anterior.
**Desmond:** Sigo sin encontrar la manera de explicarle a Yolanda por qué necesito que redacte una cláusula que no tiene ningún precedente en seis años de contratos.
"El cliente y yo hemos decidido que el acuerdo original ya no aplica en los términos en que fue firmado" suena demasiado legal para lo que en realidad quiero decir, que es que anoche fue lo mejor que me ha pasado en años y que no tengo ni idea de cómo vamos a explicárselo a Randall sin que suene todavía más ridículo de lo que ya suena todo esto.
**Marnie:** Podemos decirle la verdad. Que empezó siendo un contrato y dejó de serlo en algún punto entre una fumigadora de pulgón lanígero y un chile con cerezas secas.
**Desmond:** Eso no va en ningún formulario legal que conozca.
**Marnie:** Entonces inventemos uno nuevo. Se nos da bien inventar cosas, últimamente.
**Desmond:** ¿Le parece bien si paso luego? Todavía tenemos que decidir qué evidencia le presentamos a Randall antes del viernes, y preferiría discutirlo en persona.
**Marnie:** Me parece muy bien. Traiga la libreta. Va a necesitar tomar notas de un tipo completamente distinto al habitual.
Marnie dejó el teléfono sobre la mesilla y se quedó un rato más en la cama, mirando la grieta con forma de cereza en el techo, pensando en la absurda cadena de decisiones que la habían llevado hasta ahí: una avispa, un aviso de sobregiro, un recibo de ferretería con un número de teléfono apuntado en el reverso.
Su abuelo, decidió, se habría reído hasta llorar con la ironía de todo aquello, y después le habría dicho, con la misma certeza con la que había escrito aquella cláusula absurda, que a veces las cosas más disparatadas eran, precisamente, las que había que perseguir hasta el final.
Se levantó, se vistió, y bajó a la cocina a preparar café para dos, sabiendo que las cinco semanas que le quedaban por delante ya no eran, ni por asomo, el plazo que había temido al principio.