Novio de alquiler (amor incluido) (Serie amores divertidos 2) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Pasaron el resto de la semana reuniendo lo que Randall, con su habitual delicadeza legal, había llamado «evidencia razonable», aunque a Marnie el proceso le resultaba menos parecido a construir un caso legal y más parecido a documentar, con una precisión casi dolorosa, cada momento de las últimas tres semanas que había preferido no analizar demasiado mientras ocurría.

—Necesitamos fotos —dijo Desmond, sentado en la mesa de la cocina con la libreta abierta, ya no como el instrumento de un profesional evaluando un riesgo sino como el de alguien que, sin darse cuenta, había empezado a llevar un diario—.

No posadas. Las que ya existen, de gente que nos ha visto sin que estuviéramos preparados para la cámara.

—Cheryl tiene una del mercado. Nos hizo una sin que nos diéramos cuenta, dice que la publicó en la página de Facebook del diner con el título «El nuevo romance de Birch Harbor» y que tiene más de doscientos comentarios.

—Eso es aterrador y útil a partes iguales.

—Bienvenido a los pueblos pequeños. —Marnie anotó a Cheryl en la lista—. Los Larsen tienen una del intercambio del sábado. Walt seguro que tiene fotos de la salida de pesca, aunque me imagino que la mayoría son de las truchas y no de usted.

—Tengo una de las dos truchas y una mía sujetando el sedal con una expresión de concentración absoluta que Walt insistió en enviarme «para el recuerdo».

—Perfecta. Randall va a adorar esa.

Fueron ellos mismos a pedirle a Walt las fotografías esa misma tarde, encontrándolo en el cobertizo junto a su casa reparando una nasa de pesca con la misma paciencia meticulosa con la que había enseñado a Desmond el nudo Palomar, y Walt, en cuanto entendió para qué las necesitaban, insistió en acompañarlas de una carta propia, escrita a mano en papel de carta con el membrete descolorido de su antiguo negocio de pesca deportiva.

—No hace falta que escriba nada, Walt —dijo Marnie, viéndolo sacar papel y pluma con una solemnidad que no encajaba del todo con la situación.

—Claro que hace falta. Randall conoce mi letra desde que redactamos juntos las escrituras del muelle en el 91.

Si algo lleva mi firma, se lo toma en serio.

—Walt se sentó a la mesa del cobertizo y empezó a escribir, despacio, con la lengua asomando ligeramente entre los labios como hacía un niño concentrado en los deberes—.

Dadme diez minutos. Esto merece hacerse bien.

La carta que entregó, cuando terminó, hablaba menos del noviazgo en sí y más del hombre que Desmond se había mostrado ser en las últimas semanas: alguien capaz de madrugar sin quejarse, de aprender un nudo con paciencia, de tratar la tierra de otra familia con el mismo respeto que la propia.

Marnie la leyó con un nudo en la garganta que no tenía nada que ver con la redacción legal que Randall probablemente esperaba, y todo que ver con la sinceridad sencilla de un hombre que llevaba toda la vida diciendo la verdad de la manera más directa que conocía.

Pasaron después por el Sunrise, ya con el sol bajando sobre el lago, y encontraron a Cheryl cerrando la caja registradora con la radio de fondo emitiendo un partido de béisbol que nadie en el local parecía estar siguiendo de verdad.

—Randall necesita algo tuyo también, si no te importa —dijo Marnie, apoyándose en el mostrador con la carpeta ya considerablemente más gruesa que por la mañana—. Un testimonio. Sobre lo que has visto.

—¿Por escrito? —Cheryl se secó las manos en el delantal, pensativa—. Nunca he escrito nada más largo que una lista de la compra desde que dejé el instituto, cariño. No sé si voy a estar a la altura de Walt y sus discursos.

—No hace falta que esté a la altura de nadie. Solo hace falta que sea verdad.

Cheryl se sentó en uno de los taburetes del mostrador, cogió una servilleta de papel porque no tenía nada mejor a mano, y escribió, en apenas cuatro líneas con una letra apretada de camarera acostumbrada a anotar pedidos rápido, que llevaba treinta años sirviendo café a la familia Kowalski, que nunca había visto a Marnie sonreír tanto como en las últimas semanas, y que si eso no contaba como prueba de nada, entonces ella, personalmente, dejaría de creer en las pruebas.

—Ahí lo tienes —dijo, entregándole la servilleta como si fuera un documento legal de la máxima importancia—. Dile a Randall que si necesita algo más formal, que venga él mismo a desayunar y se lo cuento en persona con testigos.

Desmond dobló la servilleta con el mismo cuidado que había empleado con la carta de Walt, y Marnie pensó, guardándola en la carpeta junto a las fotografías y las cartas más largas, que ningún abogado del mundo, por muy formado que estuviera, iba a poder discutir la sinceridad de una servilleta de papel escrita en cuatro líneas por alguien que llevaba treinta años sin ninguna razón para mentir.

Reunieron el resto del dosier durante el resto de la tarde, hasta completar un conjunto que, para cuando terminaron, incluía no solo fotografías sino también mensajes de texto —seleccionados con cuidado, porque algunos, decidieron ambos sin necesidad de decirlo en voz alta, eran demasiado privados para compartir con un abogado de sesenta años, por muy discreto que fuera—, una carta manuscrita de Walt que había insistido en escribir sin que nadie se lo pidiera, y otra de Dot que Marnie leyó dos veces antes de poder añadirla a la carpeta sin que se le humedecieran los ojos.

*A quien corresponda,* empezaba la carta de Dot, con la letra angulosa de alguien que llevaba toda la vida escribiendo listas de la compra y pocas cosas más largas, *llevo cuarenta y un años trabajando en Kowalski's Orchard, y he visto pasar por esa cocina a cada persona importante de la vida de Marnie, incluido un ex que no merece que se le dedique tinta.

Nunca había visto a esa chica reírse tanto como se ríe ahora, ni había visto a nadie tratar este huerto, y a ella, con el respeto exacto que ambos se merecen, desde su padre.

Si eso no es evidencia suficiente de lo que sea que Randall necesite comprobar, entonces no sé qué es un compromiso de vida estable, porque he vivido setenta y dos años y esto se parece más a eso que la mayoría de lo que he visto llamarse así. *

—Va a hacer llorar a Randall —dijo Desmond, después de leerla—, y eso ya es más de lo que ha conseguido la carpeta encuadernada de Percy con tres años de fotos de boda.

—Dot tiene ese efecto en la gente.

•  •  •

Terminaron de montar el dosier pasada la medianoche, sentados en el suelo del salón porque la mesa de la cocina ya no tenía espacio suficiente para las fotografías impresas, los mensajes seleccionados y las cartas manuscritas que se habían ido acumulando a lo largo del día, y Marnie, agotada de una manera que no tenía nada que ver con el cansancio físico, se recostó contra el sofá con una fotografía en la mano: la que Cheryl había tomado en el mercado, la del brazo de Desmond alrededor de su cintura mientras ella se reía de algo que él acababa de decir, capturada sin que ninguno de los dos supiera que estaban siendo fotografiados.

—Mírenos —dijo, casi para sí misma—. Parecemos... reales.

—Es que lo somos. —Desmond se sentó a su lado, mirando la misma foto por encima de su hombro—.

Al menos en esa foto concreta. No recuerdo estar actuando en ese momento.

Solo recuerdo que había dicho algo estúpido sobre las manzanas verdes y usted se rio de una manera que me hizo olvidar completamente que estábamos en mitad de un mercado con cuarenta personas alrededor.

Marnie dejó la fotografía sobre el montón, con cuidado, como si fuera más frágil de lo que en realidad era.

—¿Le asusta esto? Todo esto, quiero decir. Que se haya vuelto tan... complicado.

—Me asusta menos de lo que debería, probablemente.

—Desmond se quedó mirando el techo, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza—.

Llevo seis años construyendo una carrera entera sobre la premisa de que puedo predecir y controlar cada variable de una relación falsa.

Y aquí estoy, sentado en el suelo de su salón a la una de la mañana, sin ningún control sobre nada de lo que siento, y es la primera vez en mucho tiempo que no me importa no tener el control.

Marnie apoyó la cabeza en su hombro, un gesto pequeño, sin ninguna razón contractual, y se quedaron así un rato, en silencio, rodeados de la evidencia cuidadosamente reunida de algo que ya no necesitaba pruebas para ninguno de los dos.

—Debería irme a dormir —dijo Desmond al fin, sin moverse—. Randall nos espera a las nueve.

—Debería.

Ninguno de los dos se movió durante varios minutos más.

•  •  •

Entregaron el dosier el jueves por la mañana, en el despacho de Randall, y él lo revisó en silencio durante casi veinte minutos mientras Marnie se retorcía las manos bajo la mesa y Desmond mantenía la calma exterior de siempre, aunque Marnie ya sabía distinguir, después de tres semanas, la diferencia entre su calma real y la que fingía para tranquilizarla a ella.

—Bien —dijo Randall al fin, cerrando la carpeta—. Esto es más que suficiente para lo que necesito. La decisión formal seguirá tomándose el sábado del baile, como marca el testamento, pero quiero que sepáis que, en lo que a mí respecta, esta parte del proceso ya está resuelta.

—¿Y Percy? —preguntó Marnie—. ¿Va a aceptarlo sin más?

Randall se quitó las gafas, un gesto que Marnie ya asociaba con las conversaciones que él consideraba más allá de lo puramente legal.

—Percy va a tener que aceptar lo que decida el proceso que ella misma solicitó, le guste o no.

Pero te voy a decir algo, Marnie, porque conocí a tu abuelo cuarenta años y creo que se lo debo tanto a él como a ti.

—Randall se inclinó hacia delante—. Esa cláusula nunca trató de anillos ni de bodas.

Trató de asegurarse de que alguien, al menos uno de vosotros dos, aprendiera a dejar que la gente entrara en su vida en vez de cargar con todo sola.

Casimir se pasó los últimos años de su vida preocupado por eso, más que por cualquier otra cosa.

Y sea lo que sea esto que tenéis, funciona.

—¿Cómo lo sabe con tanta seguridad? —preguntó Desmond, con una curiosidad genuina que no tenía nada que ver con la estrategia legal—. Lleva treinta años redactando testamentos, imagino que ha visto pasar por este despacho toda clase de relaciones, reales y no tan reales.

Randall sonrió, una sonrisa cansada que llevaba, de alguna manera, el peso de tres décadas de secretos familiares del condado entero.

—Porque lo real y lo fingido se comportan igual delante de una cámara o de una familia reunida en una cena, señor Okafor.

Pero se comportan de manera muy distinta cuando nadie está mirando.

Y a vosotros dos os he visto en ambas situaciones, en la cena de los Kowalski y, la semana pasada, sentados en el aparcamiento de la iglesia luterana cuando pensabais que no había testigos.

Ahí es donde vi la verdad, no en ningún documento de esta carpeta.

Marnie sintió que las mejillas se le encendían, y Desmond, a su lado, tuvo la decencia de no decir nada más al respecto, aunque la comisura de su boca se curvó ligeramente hacia arriba con una satisfacción que tampoco intentó del todo disimular.

Salieron del despacho con la carpeta vacía y una sensación de alivio que a Marnie le duró exactamente hasta que, cruzando la calle principal hacia el coche, vio a Marcus de pie junto a la ferretería, con el teléfono pegado a la oreja y una expresión que no auguraba nada bueno, mirándolos con una atención que no tenía nada de casual.