CAPÍTULO 9
El Sunrise Diner, la mañana después de la reunión de la cámara de comercio, estaba más lleno de lo habitual para ser un martes, y Marnie, que había ido solo a recoger un pedido de servilletas de papel para la tienda, se encontró recibiendo felicitaciones de al menos cuatro mesas distintas antes de haber llegado siquiera al mostrador.
—Ya era hora de que alguien le plantara cara a ese hombre delante de todo el pueblo —dijo un pescador que Marnie conocía de vista, levantando su taza de café en un brindis improvisado—.
Mi cuñado trabajó dos años para Ellery Development en Appleton.
Dice que hablan de "desarrollo responsable" en cada frase y de dinero en todas las demás.
—Tu novio tiene agallas —añadió Cheryl, sirviéndole un café que Marnie no había pedido pero que aceptó de todas formas—.
Y buena puntería con las palabras. Lo de "una decisión personal disfrazada de tendencia inevitable" se lo he oído repetir a media clientela esta mañana, como si lo hubieran inventado ellos.
—No hizo falta que se metiera —dijo Marnie, aunque la protesta le salió sin demasiada convicción—. Podría haberme quedado callada.
—Podrías, pero no lo hiciste, y él tampoco.
—Cheryl se apoyó en el mostrador, bajando la voz con la complicidad de quien lleva media vida sirviendo café a la misma familia—.
Cariño, llevo treinta años observando a la gente de este pueblo defender lo que les importa.
Lo tuyo con ese hombre no se parece en nada a fingir.
Marnie pagó las servilletas y salió del diner con la sensación, cada vez más frecuente en las últimas dos semanas, de que el pueblo entero sabía algo sobre su propia vida que ella todavía se resistía a admitir del todo.
• • •
El lunes por la mañana, Marnie llegó a la tienda para encontrarse con Dot ya sentada en su sitio habitual, deshuesando cerezas con una expresión que anunciaba noticias antes de que abriera la boca.
—Cheryl dice que anoche, después de la reunión, os vieron a ti y al chico de Chicago parados junto al coche en el aparcamiento de la iglesia durante casi diez minutos, sin moveros, hablando muy cerca el uno del otro.
—Dot no levantó la vista de las cerezas—.
La señora Pruitt salía de coro y os vio. Dice que parecíais a punto de besaros.
—No pasó nada, Dot.
—No he dicho que pasara nada. He dicho lo que dice la señora Pruitt, que no es lo mismo, aunque en este pueblo suele acabar siéndolo de todas formas.
—Dot por fin levantó la vista, con esa mirada suya que llevaba cuarenta años calando a la familia entera sin esfuerzo aparente—.
¿Cómo lo llevas tú, cielo? No lo que dice el pueblo. Tú.
Marnie se sentó al otro lado de la mesa, cogiendo un cuenco de cerezas sin pensarlo, un gesto tan automático como el de Desmond tomando notas.
—No lo sé —admitió—. Al principio era sencillo.
Un trato de negocios con una fecha de caducidad muy clara.
Pero cada día se complica un poco más, y no porque él haga nada mal, sino porque hace demasiadas cosas bien, y empiezo a tener problemas para recordar en qué momento exacto se supone que tengo que dejar de sentir lo que estoy sintiendo.
—¿Y qué es exactamente lo que estás sintiendo?
—No lo sé —repitió Marnie, y esta vez la frase le salió con más frustración que la primera vez—.
Sé que cuando Grant apareció en el mercado y Desmond me puso el brazo en la cintura, no sentí nada parecido a lo que sentía cuando Grant me tocaba de verdad.
Sé que anoche, en el aparcamiento de la iglesia, estuve a punto de besarlo sin que hubiera ninguna razón contractual para hacerlo, ni ningún testigo delante de quien mantener la actuación.
Y sé que eso me asusta mucho más que perder el huerto, lo cual es ridículo, porque perder el huerto es lo único que debería darme miedo ahora mismo.
Dot dejó el cuchillo de deshuesar sobre la mesa y se quedó mirando a Marnie con una ternura que no mostraba a menudo, reservada para momentos que ella consideraba de verdad importantes.
—Tu abuelo solía decir que el amor de verdad y el amor conveniente se parecen mucho al principio, y que la única forma de distinguirlos es ver qué queda cuando se quita la conveniencia de en medio.
—Dot volvió a coger el cuchillo—. Tú tienes una fecha límite muy clara para averiguarlo, cielo.
El sábado del baile. Después de eso, la conveniencia desaparece del todo, gane quien gane la cláusula.
Y entonces vas a saber, sin ninguna duda, si lo que sientes por ese hombre depende de un contrato o no.
• • •
Desmond, por su parte, pasó el lunes intentando concentrarse en un informe de gastos que Yolanda le había enviado tres veces sin respuesta, y fracasando de manera consistente cada vez que su mente volvía, sin permiso, al aparcamiento de la iglesia y a la distancia exacta que había quedado entre él y Marnie durante esos diez minutos que, según le había contado ella misma por mensaje esa mañana con más humor del que él sentía al leerlo, ya eran del dominio público de todo el pueblo.
Se sirvió una taza de té —había dejado de tomar café en algún momento de la semana, sin decidirlo conscientemente, porque la cafetera de Marnie hacía un té de menta seca de su propio huerto que le gustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir— y se sentó en el porche de la casa azul, mirando hacia el faro, con el teléfono en la mano y un mensaje a medio escribir para Yolanda que llevaba diez minutos sin conseguir terminar.
Al final, borró el mensaje sobre el informe de gastos y escribió otro completamente distinto.
**Desmond:** Necesito preguntarte algo, y necesito que me contestes con sinceridad, no como jefa.
**Yolanda:** Vale. Dispara.
**Desmond:** ¿Alguna vez, en cinco años, me has visto romper la regla número uno?
**Yolanda:** ¿La de no enamorarte de un cliente? No. Ni una vez. Ni siquiera con la actriz de Winnetka que te mandaba flores cada semana durante meses después de que terminara el contrato.
**Desmond:** Creo que la estoy rompiendo ahora.
Pasó casi un minuto entero antes de que llegara la respuesta, un minuto en el que Desmond se planteó, seriamente, borrar toda la conversación y fingir que nunca la había empezado.
**Yolanda:** Lo sé, Desmond. Lo supe en cuanto vi la sudadera de pesca. La gente no se pone la ropa prestada de la familia de un cliente. Se pone la ropa prestada de gente que le importa.
**Desmond:** ¿Qué hago?
**Yolanda:** Eso no te lo puedo contestar yo.
Pero te puedo decir una cosa: llevas cinco años construyendo una empresa entera sobre la idea de que fingir bien algo, con cuidado y con reglas, puede hacer que la gente se sienta segura.
Quizás sea hora de que averigües qué se siente haciendo lo contrario.
Sin reglas. Sin contrato. Solo tú, siendo sincero, con alguien que parece que te importa de verdad.
**Desmond:** Eso da mucho más miedo que cualquier reunión de accionistas que hayamos gestionado nunca.
**Yolanda:** Bienvenido al club de los seres humanos normales, jefe. Llevamos aquí todo este tiempo.
Desmond dejó el teléfono sobre la mesa del porche y se quedó mirando el lago un rato largo, con el té enfriándose sin tocar, pensando en la regla número uno —jamás se enamoraba de un cliente— y en la certeza incómoda, cada vez más difícil de negar, de que esa regla, como Bertha la prensa de sidra, llevaba ya un tiempo haciendo un ruido distinto al habitual, el tipo de ruido que anuncia que algo está a punto de romperse del todo.
• • •
El miércoles, dos días antes de que empezara la última semana previa al baile, Marnie recibió una llamada de Randall que le heló la sangre antes incluso de que el abogado terminara la primera frase.
—Marnie, tengo que decirte algo, y prefiero que lo oigas de mí antes que de otra persona.
—Randall hizo una pausa que a Marnie le pareció eterna—.
Percy ha presentado una moción formal pidiendo que se adelante la fecha de evaluación de la cláusula.
Quiere que se decida antes del baile, no en el baile.
—¿Puede hacer eso?
—Legalmente, tiene derecho a solicitarlo, aunque la decisión final es mía como albacea.
—Randall suspiró, y Marnie pudo oír, a través del teléfono, el peso de treinta años redactando testamentos para una familia que llevaba generaciones sin ponerse de acuerdo del todo—.
No sé qué está pasando entre vosotras dos, pero esto no me suena a la Percy que conozco.
Me suena más a la influencia de alguien que tiene mucha prisa por cerrar un acuerdo inmobiliario antes de que las cosas en este pueblo cambien de dirección.
Marnie cerró los ojos, con la parcela sur y el proyecto de Marcus apareciendo, con toda claridad, detrás de cada palabra de Randall.
—¿Cuándo tienes que decidir?
—He conseguido que acepten mantener la fecha del baile como límite formal, pero Percy ha pedido, y he tenido que concederlo, que ambas partes presenten evidencia adicional esta misma semana.
Cartas, testimonios, lo que sea que demuestre la solidez del compromiso.
No va a bastar con apareceros del brazo el sábado, Marnie.
Va a haber que demostrar algo más sólido, y rápido.
Marnie colgó el teléfono con las manos temblando ligeramente, no de miedo exactamente, sino de la certeza repentina de que la línea que separaba la actuación de la verdad, la misma línea que llevaba dos semanas volviéndose cada vez más borrosa entre ella y Desmond, estaba a punto de tener que sostenerse ante un escrutinio mucho más serio del que ninguno de los dos había anticipado al firmar aquel contrato de nueve páginas.
Marcó el número de Desmond antes de terminar de decidir qué le iba a decir exactamente.
• • •
Randall los recibió al día siguiente en su despacho de la calle principal, una habitación pequeña con estanterías llenas de códigos legales de Wisconsin y una ventana que daba directamente al escaparate de la ferretería de enfrente, y los escuchó con la misma atención minuciosa con la que Desmond lo había visto observarlos durante la cena de los Kowalski.
—No os voy a mentir —dijo, cuando Marnie terminó de explicarle la situación—.
Percy ha presentado una documentación exhaustiva.
Fotos de los últimos tres años, un contrato de arras ya firmado para una casa en Appleton, una carta de su futura suegra hablando de la boda como si ya tuviera fecha, que probablemente la tiene.
Es difícil de superar en términos puramente documentales.
—No podemos competir con tres años de fotos en cuestión de días —dijo Marnie.
—No —concedió Randall—. Pero puedo deciros algo que llevo treinta años aprendiendo en este trabajo, y es que la documentación nunca ha sido lo que de verdad me convence a la hora de interpretar una cláusula como esta.
Lo que me convence es ver a la gente cuando cree que no estoy prestando atención.
—Se quitó las gafas, limpiándolas con un pañuelo que sacó del bolsillo del chaleco—.
En la cena del domingo, cuando os hice esa pregunta con trampa sobre si la vuestra era la relación que ibais a presentar el sábado, os observé a los dos con mucho cuidado.
Y lo que vi no fue a dos personas actuando, sino a dos personas que se sorprendían un poco a sí mismas con lo que sentían.
Marnie y Desmond intercambiaron una mirada que no necesitó palabras.
—Voy a aceptar cualquier evidencia razonable que me presentéis esta semana —continuó Randall—, porque el proceso legal lo exige y porque no quiero darle a Percy motivos para impugnar mi decisión después.
Pero quiero que sepáis, extraoficialmente, que la evidencia que más me importa ya la he visto con mis propios ojos, y no estaba en ningún papel.
Salieron del despacho con una mezcla de alivio y de responsabilidad renovada, conscientes de que, aunque las palabras de Randall les daban ventaja, todavía tenían que presentar algo tangible antes del final de la semana, y de que el tiempo, de repente, se había convertido en el recurso más escaso de todos.