CAPÍTULO 6 #2
Marnie se incorporó tan rápido que se golpeó la cabeza contra el borde de la mesa, y se encontró, frotándose la sien, cara a cara con Grant, vestido con una camisa de lino que gritaba «Denver» en cada costura y una sonrisa que llevaba dieciocho meses sin ver y que, comprobó con cierto alivio, ya no le provocaba absolutamente nada.
—Grant. —Marnie parpadeó—. ¿Qué haces aquí?
—Mi hermana se casa en Sturgeon Bay el mes que viene.
He venido a echar un vistazo a la zona antes de la boda, y no pude evitar pasarme, ya sabes, por los viejos tiempos.
—Grant miró alrededor del puesto con una condescendencia apenas disimulada, la misma que Marnie recordaba de los últimos meses de su relación, cuando cada visita al huerto había empezado a sonar a él como una lista de razones por las que deberían vender—. Sigues aquí, entonces. Con todo esto.
—Sigo aquí, sí.
—Impresionante. —No sonó a cumplido—. Pensé que a estas alturas ya habrías tirado la toalla. Recuerdo que decías que era insostenible sin más inversión de la que tu familia podía permitirse.
Desmond, que había estado atendiendo a un cliente al otro lado del puesto, se acercó en ese momento, con una naturalidad que no dejaba lugar a dudas sobre a quién pertenecía el espacio junto a Marnie, y le pasó un brazo por la cintura con un gesto que caía exactamente dentro de los límites del anexo del contrato.
—Hola —dijo, tendiéndole la mano a Grant con una cordialidad impecable—. Desmond. No creo que nos conozcamos.
Grant miró la mano, luego a Desmond, luego a Marnie, con una expresión que pasó de la sorpresa a algo parecido al cálculo en cuestión de segundos.
—Grant. Soy... era el novio de Marnie.
—Ah. —Desmond asintió, sin soltar la cintura de Marnie—. El de Denver.
—¿Te ha hablado de mí?
—Lo suficiente. —La sonrisa de Desmond no vaciló ni un segundo, pero Marnie, que ya empezaba a aprender a leer los matices de esa sonrisa, notó algo debajo de la cortesía que no estaba en el contrato en absoluto—.
Un placer conocer, por fin, a la persona que le hizo darse cuenta de exactamente lo que no quería en una relación.
Grant parpadeó, sin saber muy bien cómo tomarse el comentario, y Marnie tuvo que morderse el interior de la mejilla para no reírse abiertamente delante de él.
—Bueno —dijo Grant, recuperando algo de su compostura de vendedor—, me alegro de veros. Y de ver que el huerto sigue en pie. —Miró a Marnie una última vez, con una expresión que ella no supo del todo interpretar, entre la nostalgia y la incomodidad—. Cuídate, Marnie.
—Tú también, Grant.
Se marchó entre los puestos, y Marnie se quedó un momento apoyada contra Desmond, dejando salir el aire que no se había dado cuenta de estar conteniendo.
—Gracias —dijo, en voz baja.
—No hacía falta que fingiera nada de eso —contestó Desmond, sin soltarla todavía—. Ese hombre no se merecía ni la mitad del tiempo que le dedicó, si lo que Dot contó en la cena era la mitad de cierto.
—Era peor, en realidad. Dot fue generosa.
—Entonces me alegro doblemente de haber estado aquí.
—Desmond la soltó, con una lentitud que a Marnie le pareció, quizá, un poco más deliberada de lo necesario, y volvió a la caja como si nada hubiera pasado, dejándola con la extraña sensación de que la línea entre lo que era actuación y lo que no lo era se había vuelto, en los últimos veinte minutos, considerablemente más difícil de trazar.
• • •
La tía Priscilla llegó al puesto a última hora de la tarde, cuando el mercado ya empezaba a desmontarse y solo quedaban los puestos más resistentes, con una cesta de mimbre vacía que llenó metódicamente de cerezas, manzanas tempranas y un tarro de miel, sin dejar de observar a Desmond con la misma atención evaluadora que había mostrado en la cena del domingo.
—He oído que Grant ha pasado por aquí —dijo, sin levantar la vista de las manzanas que estaba eligiendo.
—Ha pasado, sí. —Marnie se preparó internamente para la conversación que sabía que venía a continuación—. Su hermana se casa en Sturgeon Bay el mes que viene.
—Ya lo sabía. Me lo dijo su madre en la peluquería la semana pasada. —La tía Priscilla por fin levantó la vista, dirigiéndola hacia Desmond con una franqueza que no se molestaba en disimular—. ¿Y cómo lo llevaste tú, jovencito? Grant tiene fama de ser encantador hasta que deja de serlo.
—Creo que salió bastante bien —dijo Desmond, con una media sonrisa—. Aunque no me corresponde a mí juzgar mi propia actuación.
—Modestia. Qué raro en un hombre que se dedica a lo que se dedica.
—La tía Priscilla pagó sus compras y se quedó un momento más, bajando la voz lo suficiente para que solo Marnie y Desmond pudieran oírla por encima del ruido del mercado desmontándose alrededor—.
Escuchad. No sé exactamente qué hay entre vosotros dos, y no os voy a preguntar, porque a mi edad ya he aprendido que la gente cuenta lo que quiere contar cuando quiere contarlo.
Pero he visto a mucha gente fingir cariño en mi vida, en bodas, en funerales, en cenas de negocios de Walt, y lo que he visto hoy entre vosotros dos no se parecía a ninguna de esas cosas.
—Tía Priscilla...
—Solo digo lo que veo, cariño. —Le dio una palmada en el brazo a Marnie, un gesto tan poco habitual en ella que Marnie tardó un segundo en reaccionar—.
Sea lo que sea, espero que sepáis lo que estáis haciendo.
Y si no lo sabéis, espero que tengáis la suerte suficiente para averiguarlo antes de que sea demasiado tarde para que importe.
Se marchó con su cesta de mimbre, dejando a Marnie y a Desmond en un silencio cargado de todo lo que ninguno de los dos se había atrevido todavía a decir en voz alta, y Marnie se preguntó, mientras recogía las últimas cajas del puesto, cuántas personas más del pueblo iban a tener que señalar lo evidente antes de que ella misma se permitiera admitirlo.