CAPÍTULO 6
El mercado agrícola de Birch Harbor ocupaba, cada sábado desde mayo hasta octubre, la plaza frente al ayuntamiento, un rectángulo de césped bordeado de arces donde una veintena de puestos vendían de todo, desde miel de trébol hasta jabones artesanales con nombres que a Marnie siempre le habían parecido demasiado poéticos para lo que en realidad eran trozos de sebo perfumado.
El puesto de los Kowalski ocupaba, como llevaba haciendo desde antes de que Marnie naciera, la esquina más cercana a la fuente, un privilegio de antigüedad que la cámara de comercio respetaba con la misma solemnidad con la que respetaba cualquier otra tradición del pueblo que nadie recordaba haber decidido formalmente.
—No, así no. —Marnie le quitó la caja de manzanas de las manos a Desmond y la volvió a colocar, girada treinta grados, sobre la mesa plegable—.
Las manzanas rojas siempre delante, las verdes tienen que quedar un poco escondidas detrás, porque si no la gente coge las verdes por error pensando que son más baratas y luego se quejan quince minutos después junto a la fuente.
—Eso no tiene ninguna lógica de mercado.
—Tiene toda la lógica de mercado de un pueblo de mil doscientas personas donde todo el mundo ha comprado ya fruta aquí un millón de veces y sabe exactamente lo que hace, salvo cuando decide fingir que no lo sabe para tener una excusa de conversación.
—Marnie le pasó una caja de cerezas—. Esas van al frente del todo. Son la estrella. Siempre lo han sido.
Desmond obedeció, colocando la caja con un cuidado casi cómico, como si estuviera montando una vitrina de museo en vez de un puesto de fruta, y Marnie tuvo que contener una sonrisa al verlo tan concentrado en una tarea que, para cualquier otra persona del pueblo, habría sido pura rutina.
—Va a tener que relajar un poco los hombros —dijo ella—. Parece que está desactivando una bomba.
—Estoy tratando de no decepcionar a las manzanas.
—Las manzanas no tienen sentimientos, Desmond.
—Eso dígaselo a las verdes, que llevan toda la vida escondidas detrás de las rojas por un tecnicismo de mercado.
Marnie se rio, una risa de verdad que le salió antes de poder pensarla, y notó, con una punzada de algo que prefirió no examinar demasiado, que llevaba haciendo eso con más frecuencia de la habitual desde que Desmond había llegado al pueblo.
El mercado empezó a llenarse poco después de las ocho, y con él llegó la primera oleada de curiosidad organizada que Marnie había anticipado desde que había aceptado que su falso novio la acompañara a un evento donde absolutamente todo el mundo que conocía iba a pasar, en algún momento de la mañana, frente a su puesto.
Cheryl fue la primera, con un café para llevar del Sunrise y una expresión que no se molestaba en disimular la curiosidad.
—Así que tú eres el de Chicago —dijo, plantándose delante del puesto con las manos en las caderas—.
Cheryl. Llevo el diner de la calle principal.
Y llevo también, para que quede claro desde el principio, la información no oficial de este pueblo, así que cualquier cosa que quieras que se sepa rápido, me la cuentas a mí primero.
—Un placer, Cheryl. —Desmond le tendió la mano con la misma cordialidad calculada que había desplegado en la cena de los Kowalski, aunque Marnie empezaba a sospechar que, en algún punto de los últimos días, esa cordialidad había dejado de ser del todo calculada—. Y tomo nota del protocolo informativo.
—Buen chico. —Cheryl compró dos libras de cerezas sin necesidad de mirarlas, pagó, y se quedó un momento más de lo estrictamente comercial, observando la manera en que Desmond le pasaba a Marnie el cambio para que ella se lo diera al siguiente cliente, un gesto pequeño de coordinación que ninguno de los dos había ensayado—.
Bueno. Ya veo por qué Priscilla no ha parado de hablar de vosotros dos en toda la semana.
—¿Qué ha dicho exactamente? —preguntó Marnie, con más aprensión de la que pretendía mostrar.
—Que parecéis cómodos juntos. Que es raro, viniendo de ti, que sueles ponerte tensa cuando alguien te presta demasiada atención.
—Cheryl se encogió de hombros, como si acabara de decir algo sin importancia, y se despidió antes de que Marnie pudiera responder, dejándola con la sensación incómoda de que su actuación estaba siendo, de algún modo, más convincente de lo que había calculado que sería necesario.
Los Larsen llegaron poco después, cargados con una bandeja de pan de centeno recién horneado que intercambiaban cada sábado por cerezas, una tradición de trueque que llevaba funcionando desde antes de que ninguno de los dos negocios necesitara caja registradora para llevar la cuenta.
—Así que este es el famoso Desmond —dijo la señora Larsen, con las manos todavía cubiertas de harina—. Mi hija dice que os vio comprando semillas en la ferretería el otro día, discutiendo sobre qué variedad de manzano plantar el año que viene.
—No estábamos discutiendo —aclaró Desmond—. Estábamos teniendo un intercambio educado de opiniones sobre Honeycrisp frente a Gala.
—Eso es exactamente lo que la gente que discute siempre dice que está haciendo.
—La señora Larsen le guiñó un ojo a Marnie, dejando la bandeja de pan sobre el mostrador—.
Mi marido y yo llevamos treinta y dos años de matrimonio discutiendo sobre la proporción de centeno en el pan, así que sé reconocer el patrón cuando lo veo.
Se marchó riéndose de su propia broma, y Marnie, mientras acomodaba el pan recién intercambiado bajo el mostrador, se preguntó cuántas conversaciones más como esa —pequeñas, cotidianas, completamente ajenas al contrato de nueve páginas que dormía guardado en un cajón de su cocina— iban a terminar de convencer al pueblo entero, antes de que ella misma se hubiera terminado de convencer, de que aquello que tenían era mucho más real de lo que ninguno de los dos se atrevía todavía a admitir en voz alta.
• • •
A media mañana, cuando el mercado alcanzaba su punto más concurrido y la fila frente al puesto de los Kowalski se había alargado lo suficiente como para que Marnie tuviera que pedirle a Desmond que se encargara de la caja mientras ella reponía cerezas, Marnie tuvo ocasión de observarlo trabajar sin que él supiera que lo estaba observando.
Era bueno. No de una manera artificial, ensayada, sino de una manera que a Marnie le resultó genuinamente desconcertante: recordaba los nombres de los clientes después de oírlos una sola vez, preguntaba por detalles que la gente mencionaba de pasada —una operación de rodilla, un nieto que empezaba la universidad, una barca que llevaba meses en el taller— y los recordaba también, sacándolos a colación con una naturalidad que no parecía tener nada que ver con su trabajo de fingir interés por encargo.
—¿Cómo hace eso? —le preguntó Marnie, cuando por fin bajó el ritmo de clientes lo suficiente para que pudieran hablar.
—¿Hacer qué?
—Recordar a todo el mundo. Lleva aquí menos de una semana y ya sabe más nombres de clientes habituales que yo aprendí en los primeros seis meses dirigiendo esto sola.
Desmond se encogió de hombros, acomodando una caja de miel que se había torcido.
—Es parte del trabajo. Si quiero que alguien crea que llevo meses formando parte de su vida, tengo que comportarme como si de verdad me importara.
Y en algún momento del proceso, si el cliente es lo bastante interesante, deja de ser una actuación y empieza a importarme de verdad.
—La miró un momento, con una franqueza que no era habitual en él—.
Este pueblo es lo bastante interesante, Marnie.
No estoy fingiendo tanto como usted cree.
Ella no supo qué contestar a eso, y se salvó de tener que intentarlo cuando el señor Abernathy se acercó al puesto con su paso lento y deliberado, deteniéndose frente a Desmond con el mismo escrutinio silencioso con el que examinaba a cualquier forastero.
—Así que tú eres el chico de Chicago que se ha traído Marnie —dijo, sin preámbulos.
—Desmond Okafor, señor.
—Abernathy. Estuve treinta y un años en la gasolinera de la calle principal.
Ahora estoy jubilado, lo cual significa que mi trabajo es sentarme fuera y opinar sobre todo lo que pasa en el pueblo.
—Abernathy lo estudió un momento más, con los ojos entrecerrados—. Vas a llevarla al Baile de la Cosecha.
No era una pregunta.
—Ese es el plan, sí.
—Bien. —Abernathy asintió una vez, con la solemnidad de quien acaba de emitir un veredicto oficial—.
Su abuelo habría querido verla feliz antes que verla ganar.
Que sepas que si la haces feliz, tienes a todo el pueblo de tu parte.
Y si la haces infeliz, tienes a todo el pueblo en tu contra, y este pueblo tiene muy buena memoria.
—Lo tendré en cuenta.
Abernathy compró una libra de cerezas, sin necesidad, porque Marnie sabía perfectamente que el hombre vivía solo y no comía ni la mitad de la fruta que compraba cada semana en cada puesto del mercado por pura costumbre social, y se marchó con el mismo paso lento con el que había llegado.
—¿Siempre es así de directo? —preguntó Desmond, cuando Abernathy ya estaba lo bastante lejos.
—Siempre. Lleva advirtiéndole a cualquier hombre que se ha acercado a mí desde que tenía dieciséis años que el pueblo entero está observando. A Grant también se lo dijo, el primer día que lo trajo a mi padre.
—¿Y funcionó la advertencia?
Marnie hizo una mueca.
—No especialmente.
—Entonces tendré que hacerlo mejor que Grant. —Desmond lo dijo con ligereza, casi de broma, pero algo en su tono hizo que Marnie levantara la vista hacia él con más atención de la que había planeado dedicarle a ese comentario concreto.
• • •
El incidente que cambió el tono del día llegó pasado el mediodía, cuando el puesto ya empezaba a vaciarse de clientes y Marnie estaba contando la caja bajo la mesa, agachada, cuando oyó una voz que no esperaba oír en Birch Harbor.
—Vaya. Sí que has cambiado el puesto.