Novio de alquiler (amor incluido) (Serie amores divertidos 2) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

El bote de Walt salió del muelle a las cinco y media de la mañana, una hora que Desmond no había visto voluntariamente desde su época de becario, con el lago todavía oscuro y el aire lo bastante frío como para que Desmond agradeciera la sudadera de más que Walt le había prestado sin preguntar, sacada de un compartimento que olía vagamente a cebo de pesca y gasolina.

—El truco con las truchas de septiembre —explicó Walt, mientras maniobraba el bote fuera de la bahía con la seguridad de alguien que llevaba cuarenta años haciendo exactamente ese mismo trayecto— es que no tienen prisa.

Han pasado el verano comiendo bien y ahora se lo toman con calma.

Tú tampoco tengas prisa. La prisa es lo que espanta a los peces y a las mujeres, en ese orden de importancia según mi difunta madre, que Dios la tenga en su gloria y que jamás en su vida pescó nada pero que tenía razón en casi todo lo demás.

—Voy a intentar recordar eso.

—Hazlo. —Walt le pasó una caña con la misma solemnidad con la que un caballero entrega una espada—. Bien. El nudo Palomar. Mírame las manos, no el sedal.

Desmond miró las manos de Walt, gruesas y curtidas por décadas de lago y de huerto —porque Walt, descubrió esa mañana, también echaba una mano en la cosecha de los Kowalski cada verano, sin cobrar, porque «para eso está la familia»—, y trató de replicar el movimiento con una torpeza que le resultó extrañamente humillante para un hombre que dirigía una empresa de veintidós empleados.

—Otra vez —dijo Walt, sin impaciencia, cuando el primer intento de Desmond se deshizo en cuanto tiró del extremo—. No hay prisa. Ya te lo he dicho.

Tardaron cuarenta minutos y once intentos, pero cuando por fin Desmond consiguió un nudo que sobrevivió a la prueba de tensión de Walt, sintió una satisfacción desproporcionada que no había sentido en meses cerrando contratos de seis cifras en su oficina de River North.

—¿Ves? —dijo Walt, con la sonrisa de un maestro satisfecho—. Nada que merezca la pena se aprende rápido. Eso también lo decía mi madre, aunque en su caso lo aplicaba sobre todo a la repostería.

Pescaron en un silencio cómodo durante la hora siguiente, roto solo por las instrucciones ocasionales de Walt y por el ruido del agua contra el casco, y Desmond, que llevaba seis años de su vida adulta sin tener un momento verdaderamente vacío de agenda, descubrió que no sabía qué hacer con tanto silencio disponible, así que acabó llenándolo, sin planearlo, con preguntas.

—¿Cómo era Casimir? —preguntó, mientras rebobinaba el sedal por tercera vez sin resultado—. El abuelo de Marnie. Todo el mundo habla de él como si fuera una leyenda local, pero nadie me ha contado realmente cómo era.

Walt se quedó pensativo un momento, ajustando el motor.

—Testarudo. Cariñoso de una manera que no siempre se notaba a primera vista, porque lo expresaba regañando a la gente en vez de abrazándola.

Trabajó ese huerto sesenta años sin faltar un solo día, ni siquiera cuando enterró a su mujer, ni siquiera cuando enterró a su hijo.

—Walt hizo una pausa—. Creo que por eso escribió esa cláusula absurda del testamento.

No porque creyera de verdad que el amor se demuestra con papeleo, sino porque había visto a Marnie encerrarse en sí misma después de perder a su padre, trabajar sola dieciocho horas al día sin dejar que nadie se acercara lo suficiente para ayudarla de verdad, y quiso obligarla, aunque fuera con un truco legal ridículo, a dejar que alguien entrara.

Desmond dejó de rebobinar el sedal.

—¿Cree que funcionó?

—Creo —dijo Walt, mirándolo con una perspicacia que Desmond no había anticipado en un hombre que hasta ese momento solo le había hablado de nudos de pesca— que llevas menos de una semana en este pueblo y ya has aprendido a atar un nudo Palomar, has salido a pescar a las cinco y media de la mañana sin quejarte ni una vez, y le has plantado cara a un imbécil de Denver delante de medio pueblo sin que nadie te lo pidiera.

Sea lo que sea esto, chico, no me parece que esté funcionando de la manera que un contrato normal funcionaría.

—¿Se lo ha contado Marnie?

—Marnie no me ha contado nada. No hace falta.

Llevo cuarenta años viendo a esta familia y sé reconocer cuándo alguien está actuando y cuándo no.

—Walt le dio una palmada en el hombro, la misma fuerza de la cena, y volvió a concentrarse en el sedal como si no acabara de desmontar, con absoluta tranquilidad, la premisa entera del acuerdo que Desmond había firmado hacía menos de una semana—.

Anda, saca esa caña del agua, que tenemos una trucha esperando desde hace diez minutos y tú aquí, filosofando.

•  •  •

Volvieron al muelle pasadas las nueve, con dos truchas decentes y una que Walt insistió en devolver al agua «por respeto, es demasiado joven todavía», y Desmond pasó el resto de la mañana en la casa azul junto al faro, con el portátil abierto sobre la mesa de la cocina de su abuela y una videollamada pendiente con Yolanda que llevaba posponiendo desde el día anterior.

—Tienes cara de haber dormido mal —dijo Yolanda, en cuanto se conectó la llamada.

—He dormido bien. Me he levantado a las cinco para pescar.

—¿Tú? ¿Pescando?

—Con un vecino de la familia. Es una larga historia. —Desmond compartió pantalla con el resumen de logística que llevaba preparando toda la semana—. ¿Cómo va la oficina?

—Bien, aunque el señor Pemberton ha vuelto a preguntar por la corbata verde, así que empiezo a sospechar que ese hombre tiene una relación con su difunta esposa mucho más viva de lo que admite en las sesiones de planificación.

Y tenemos un caso nuevo, uno grande: una familia de Winnetka necesita a alguien para una reunión de accionistas que se ha convertido, básicamente, en una encerrona sobre la sucesión de la empresa.

Pagan el doble de la tarifa estándar por la urgencia.

—Asígnaselo a Priya. Se le dan bien las encerronas corporativas.

—Ya lo he pensado. Solo quería que lo supieras, porque es justo el tipo de caso que normalmente coges tú personalmente. —Yolanda hizo una pausa, estudiándolo a través de la pantalla con una atención que Desmond conocía bien—. ¿Y el caso de Wisconsin? ¿Cómo va?

Desmond dudó un segundo de más antes de contestar, un segundo que no le pasó desapercibido a Yolanda.

—Complicado.

—¿Complicado cómo? ¿Complicado logísticamente, o complicado de la manera que me estás dando a entender con esa cara que estás poniendo ahora mismo?

—Complicado de la segunda manera. —Desmond se frotó la nuca, buscando la manera de explicarlo sin sonar tan afectado como se sentía—.

Hay una familia entera pendiente de esto, Yolanda.

Un huerto de setenta y un años, una mujer que lo ha sostenido sola desde que perdió a su padre, un pueblo entero que parece haber decidido, sin que nadie se lo pidiera, que quiere que esto salga bien.

No es como los demás casos. No puedo tratarlo con la misma distancia profesional que aplico normalmente.

—¿Y eso es un problema?

—No lo sé todavía. —Desmond miró hacia la ventana, hacia el faro que se veía a lo lejos desde la casa de su abuela—. Llevo seis años enseñándole a la gente que se puede sostener una mentira útil sin que te cueste nada personal. Y aquí, por primera vez, no estoy seguro de que eso sea verdad.

Yolanda no dijo nada durante un momento, dejándole el espacio para que terminara de pensar en voz alta lo que fuera que necesitara pensar.

—Solo te voy a decir una cosa, jefe. Llevas seis años ayudando a la gente a fingir que todo está bien delante de sus familias.

Quizás la parte más difícil de este caso no sea fingir nada delante de la familia de Marnie.

Quizás sea dejar de fingir, contigo mismo, lo que sea que esté pasando de verdad.

Desmond no supo qué contestar a eso, y Yolanda, con la misma brusquedad cariñosa de siempre, decidió no dejarlo ahogarse en el silencio.

—Desmond.

—¿Qué?

—Llevas la sudadera de otra persona. Se ve el bordado del bolsillo desde aquí. Dice «Walt's Bait & Tackle, Sturgeon Bay», y no me consta que hayas fundado una segunda empresa de pesca sin decírmelo.

Desmond bajó la vista hacia la sudadera prestada, que se le había olvidado por completo que seguía llevando puesta, y no encontró de inmediato una respuesta que sonara tan profesional como las que solía darle a Yolanda.

—Es del tío de la cliente —dijo al fin—. Me la prestó para pescar.

—Ajá. —Yolanda no insistió más, pero la sonrisa que apareció en su cara durante el resto de la llamada le dijo a Desmond, con más claridad de la que le habría gustado, que la conversación no había terminado de verdad, solo había sido pospuesta hasta la próxima vez que él volviera a Chicago.

•  •  •

Por la tarde, después de cerrar el portátil y de decidir que el informe de gastos podía esperar un día más, Desmond caminó hasta el huerto sin haber avisado, con la excusa, poco convincente incluso para él mismo, de devolverle a Walt un termo que le había prestado para el café de la mañana.

Encontró a Marnie en la parcela sur, la que se inundaba con la lluvia, revisando el estado de una hilera de manzanos con una expresión concentrada que Desmond ya empezaba a reconocer como la que ponía cuando algo la preocupaba de verdad.

—Hay una plaga —dijo ella, sin levantar la vista, cuando Desmond se acercó—.

Pulgón lanígero. No es grave todavía, pero si no lo trato esta semana, podría extenderse antes de la cosecha de octubre, y no tengo ni el tiempo ni las manos para hacerlo sola con todo lo demás que hay que preparar para el baile.

—Dígame qué hay que hacer.

Marnie lo miró, sorprendida.

—Es trabajo sucio. Literalmente. Hay que rociar cada árbol a mano con una solución de aceite, y son cuarenta árboles solo en esta parcela.

—Tengo dos manos y ninguna reunión hasta mañana. —Desmond ya se estaba remangando la camisa, una camisa que, calculó Marnie, probablemente costaba más que la fumigadora entera que estaban a punto de usar—. Enséñeme.