Novio de alquiler (amor incluido) (Serie amores divertidos 2) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

La casa de la tía Priscilla estaba a quince minutos del huerto, en una calle más nueva construida en los noventa, con un césped tan cuidado que parecía fuera de lugar en un pueblo donde la mitad de los jardines eran huertos de verdad.

Desmond aparcó detrás de una fila de coches —un Lexus que solo podía ser de Priscilla hija y su prometido, dos camionetas que reconoció, vagamente, del aparcamiento del huerto— y se quedó un momento con las manos en el volante, repasando mentalmente la lista que Marnie le había enviado esa mañana por correo electrónico con el asunto «LISTA DE SUPERVIVENCIA — LÉELA DOS VECES».

Tía Priscilla: organiza todo, decide todo, cree que decide con amabilidad. No mencionar el banco.

Tío Walt (su marido): habla de pesca durante horas si se lo permites. Permíteselo un poco, no demasiado.

Prima Priscilla («Percy», para diferenciarla de su madre, aunque a la tía no le gusta el mote): prometida con Marcus. Competitiva. No dejar que gane en nada que se pueda medir.

Marcus: promotor inmobiliario. Simpático de un modo que da un poco de miedo. Ha intentado comprar tierras del huerto dos veces «solo para valorar opciones».

Randall Voss: el albacea. Vendrá al postre, no a la cena. Es quien de verdad importa.

Marnie lo esperaba en el porche, con un vestido azul oscuro que Desmond no la había visto llevar antes y una expresión que oscilaba entre la determinación y las náuseas.

—¿Preparado? —preguntó ella.

—Nací preparado. Es el negocio.

—Esto no es como sus otros trabajos.

—Todos mis clientes dicen eso.

Marnie soltó una risa nerviosa, y Desmond, siguiendo un instinto que no había planeado del todo, le tendió la mano.

Ella la miró un segundo antes de entrelazar los dedos con los suyos, y el gesto, que Desmond había hecho cientos de veces con docenas de clientes distintas, le resultó, por alguna razón que prefirió no examinar en ese momento, distinto.

—Regla número uno de esta noche —murmuró Desmond, mientras se acercaban a la puerta—: cualquier pregunta incómoda, me mira a mí antes de contestar. Le doy tres segundos para pensar la respuesta mientras yo hago una broma.

—¿Y si la pregunta va dirigida a usted?

—Entonces improviso. Se me da bien.

La puerta se abrió antes de que llegaran a llamar, y la tía Priscilla apareció con un delantal de flores y una sonrisa tan calibrada que Desmond pensó, de manera fugaz, que él mismo no lo habría hecho mejor.

—¡Ya estáis aquí! —dijo, con los brazos abiertos hacia Marnie, aunque los ojos ya estaban fijos en Desmond con una evaluación que no se molestaba en disimular—. Y tú debes de ser el famoso Desmond. Marnie apenas nos ha contado nada, lo cual, viniendo de ella, ya es sospechoso.

—Espero compensarlo esta noche —dijo Desmond, con la sonrisa exacta que había perfeccionado durante seis años de cenas parecidas—. Gracias por recibirme, señora...

—Priscilla. Como mi hija, es un lío, ya te acostumbrarás. Pasad, pasad, la cena casi está.

El salón olía a asado y a velas de canela, con una mesa puesta para ocho que a Desmond le pareció, por su disposición meticulosa —los cubiertos alineados con precisión militar, las servilletas dobladas en triángulos idénticos—, la versión doméstica de una reunión de accionistas.

Percy y Marcus ya estaban sentados, ella con un anillo que capturaba la luz de las velas de una manera calculada para hacerlo, él con una camisa que costaba, calculó Desmond por la tela, más de lo que costaba la cena entera.

—Marnie —dijo Percy, levantándose a medias para un abrazo que duró exactamente lo necesario para las fotos que nadie estaba haciendo—. Y tú debes de ser el novio misterioso. Mamá nos ha tenido en ascuas toda la semana.

—Desmond Okafor. —Le tendió la mano a Marcus primero, un gesto calculado que Desmond sabía que los hombres como Marcus notaban y apreciaban sin ser conscientes de por qué—. Encantado.

—Marcus Ellery. —El apretón de manos fue firme, evaluador—. ¿A qué te dedicas, Desmond?

—Dirijo una empresa de consultoría de eventos y gestión de imagen, con sede en Chicago.

—Suena interesante. ¿Corporativo?

—Sobre todo eventos privados de alto perfil. Bodas, funerales, reuniones familiares delicadas. Situaciones donde la gente necesita que todo salga perfecto sin tener que gestionarlo ellos mismos.

—Como un wedding planner —dijo Percy, con un tono que quería sonar neutral y no lo conseguía del todo.

—Algo parecido, aunque más centrado en las personas que en las flores. —Desmond apartó la silla para Marnie antes de sentarse él, un gesto que no pasó desapercibido para la tía Priscilla, cuya sonrisa se ensanchó un grado—. ¿Y usted a qué se dedica, Marcus?

—Desarrollo inmobiliario. Ahora mismo estamos mirando terrenos por toda la península. Door County se está poniendo muy interesante para inversión, sobre todo la costa.

—Marcus lleva un tiempo interesado en el huerto —dijo la tía Priscilla, sirviendo el vino con una naturalidad que no engañaba a nadie en la mesa—. No para comprarlo, claro, sino para asesorar, si algún día Marnie quisiera diversificar.

—No quiero diversificar —dijo Marnie, con una sonrisa que no le llegó del todo a los ojos—. Quiero seguir vendiendo cerezas y sidra, como hace la familia desde hace setenta y un años.

—Es admirable —dijo Marcus, del modo en que la gente dice «es admirable» cuando en realidad piensa «es ineficiente»—. Aunque, siendo objetivos, el margen de un huerto pequeño frente a lo que se podría hacer con esa parcela junto al lago...

—Marcus —dijo la tía Priscilla, con un tono de advertencia suave—, estamos cenando.

—Solo digo que hay opciones.

—Siempre hay opciones —dijo Desmond, con una cordialidad que no dejaba lugar a réplica—.

Lo interesante es que algunas familias deciden, después de considerarlas todas, que la mejor opción es la que ya tenían.

Setenta y un años dando beneficio de una forma u otra no es un mal historial de inversión, aunque no sea el que aparece en un informe de valoración inmobiliaria.

Se hizo un silencio breve en la mesa, el tipo de silencio que sigue a un golpe bien dado, y el tío Walt, que hasta ese momento se había limitado a comer en un silencio digno de admiración, decidió que era el momento perfecto para intervenir.

—¿Pescas, Desmond? —preguntó, con la seriedad de quien hace la pregunta más importante de la noche.

—No mucho, la verdad.

—Eso hay que arreglarlo. —Walt dejó el tenedor con una determinación que hizo que la tía Priscilla suspirara sin levantar la vista del plato—.

El lago Michigan en septiembre da unas truchas que no vas a encontrar en ningún restaurante de Chicago, por muy caro que sea.

Yo salgo casi todos los sábados al amanecer con el bote, y siempre me sobra sitio.

—Walt —dijo la tía Priscilla—, el hombre acaba de llegar. No le agobies con la pesca en la primera cena.

—No es agobiar, es invitar. Hay diferencia. —Walt se giró de nuevo hacia Desmond, con el entusiasmo intacto—. ¿Sabes hacer un nudo Palomar?

—No tengo ni idea de lo que es eso.

—Perfecto. Perfecto. Es mejor empezar de cero que tener que corregir malos hábitos.

—Walt ya había sacado el móvil y buscaba, con torpeza, algo en la galería de fotos—.

Mira esta trucha de la semana pasada. Cuatro kilos y medio.

Marnie te puede confirmar que no exagero, ella estaba en el muelle cuando la pesé.

—Cuatro kilos —confirmó Marnie, con la solemnidad de alguien que llevaba años testificando en el mismo juicio—. Puede que cuatro y cuarto.

—¡Cuatro y medio!

—Cuatro y medio —concedió Marnie, y le dedicó a Desmond una mirada de disculpa tan sincera que él tuvo que llevarse la servilleta a la boca para que no se le notara la risa.

—Iré con usted un sábado, Walt —dijo Desmond, y lo dijo con una convicción que sorprendió incluso a Marnie, que no esperaba que la actuación se extendiera hasta el punto de comprometerse a madrugar un fin de semana para pescar truchas con un desconocido—.

Aunque le advierto que probablemente sea el peor pescador que ha subido nunca a ese bote.

—Eso lo dicen todos al principio. —Walt guardó el móvil, radiante, y le dio una palmada en el hombro a Desmond con la fuerza de alguien acostumbrado a tirar de sedales pesados—. Marnie, este me gusta. El último ni siquiera fingía interés por aprender nada de esta familia.

—Gracias, Walt —dijo Marnie, con una sonrisa que no necesitó fingir en absoluto.

Percy, que hasta entonces se había limitado a observar, se inclinó hacia delante con un interés renovado.

—¿Y cómo os conocisteis exactamente? —preguntó—. Mamá dice que fue este verano, pero Marnie nunca menciona a nadie hasta que lleva meses saliendo con esa persona. Es un poco reservada para esas cosas.

Marnie miró a Desmond, y él contó, mentalmente, los tres segundos que le había prometido.

—Su abuela —dijo Desmond, tomando la palabra con naturalidad— venía cada verano a comprarle cerezas al padre de Marnie.

Yo la acompañaba de niño. Nos vimos algunas veces entonces, aunque nunca de una manera que pudiera llamarse relación, éramos demasiado jóvenes.

Este verano volví al pueblo para arreglar unos asuntos de la casa de mi abuela, que falleció hace unos años, y coincidimos en el huerto. El resto fue bastante rápido.

—Qué bonito —dijo la tía Priscilla, con una sinceridad que sorprendió a Desmond, acostumbrado a que ese tipo de comentarios fueran puro protocolo—. ¿Adaeze? ¿La señora nigeriana que vivía en la casa azul junto al faro?

—Esa misma.

—La recuerdo perfectamente. Traía galletas de jengibre a la feria de la iglesia cada Navidad, aunque no fuera de la parroquia. —La tía Priscilla negó con la cabeza, con una nostalgia que parecía genuina—. El mundo es un pañuelo, ¿verdad?

—Un pañuelo muy pequeño —dijo Marnie, y bajo la mesa, sin que nadie lo viera, buscó la mano de Desmond y se la apretó, un gesto que él interpretó, correctamente, como gratitud por la maniobra bien ejecutada.