Novio de alquiler (amor incluido) (Serie amores divertidos 2) CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

Habían llegado de vuelta a la tienda, y Marnie abrió la puerta y lo dejó pasar delante, un gesto pequeño que a Desmond, acostumbrado a que la gente le abriera la puerta a él por deferencia comercial, le resultó extrañamente desarmante.

—Última pregunta antes de que hablemos de dinero —dijo Marnie, apoyada contra el mostrador, con Dot fingiendo, otra vez, no escuchar desde el fondo de la tienda—.

¿Por qué está considerando aceptar esto?

Usted mismo ha dicho que no hacen compromisos así.

¿Qué le hace pensar que este va a ser distinto?

Desmond consideró varias respuestas antes de escoger la que más se acercaba a la verdad.

—Porque mi abuela amaba este pueblo más que ningún otro sitio en el que vivió, incluida Lagos, incluido Chicago.

Y porque hay algo en ver el huerto de los Kowalski a punto de perderse por una cláusula absurda de un testamento que me parece exactamente el tipo de injusticia burocrática y sentimental que mi negocio existe para arreglar.

—Eso es una respuesta muy bonita para un hombre que cobra por fingir sentimientos.

—No cobro por fingir sentimientos —dijo Desmond, y por primera vez en la conversación su tono perdió el barniz profesional que había mantenido hasta entonces—.

Cobro por proteger a la gente de tener que explicar su vida a quienes no se la han ganado.

Lo que sienten, o dejan de sentir, mientras tanto, no es asunto mío. Ni suyo.

Marnie se quedó callada, estudiándolo con la misma atención minuciosa que Desmond había notado en Dot, y algo en su expresión le dijo a él que había respondido bien, o al menos mejor de lo que ella esperaba.

—De acuerdo —dijo Marnie al fin—. Hablemos de dinero.

•  •  •

La cifra que Desmond propuso hizo que Marnie palideciera visiblemente, y él, que había anticipado exactamente esa reacción, ya tenía preparada la siguiente frase antes de que ella pudiera protestar.

—Sé que es más de lo que puede pagar ahora mismo. Por eso le propongo una estructura distinta: la mitad al firmar, la otra mitad si, y solo si, gana la cláusula y se queda con el huerto. Si pierde, solo paga la mitad inicial, que fijaremos en una cantidad que pueda asumir sin hundir más el negocio.

—Eso no es lo que le conviene a usted.

—No —admitió Desmond—. Pero es lo justo. Y prefiero apostar por que funcione a asegurarme de cobrar si no funciona.

Marnie extendió la mano por segunda vez ese día, y esta vez, cuando la estrechó, Desmond sintió que el gesto significaba algo distinto del que habían intercambiado al llegar.

—Bienvenido a Kowalski's Orchard, señor Okafor.

—Desmond.

—Desmond. —Ella sonrió, y él notó, con una claridad que le resultó casi molesta, que la sonrisa le llegaba a los ojos de una manera que las sonrisas de sus clientes rara vez le llegaban—.

Vamos a necesitar un buen origen para esta historia de amor falsa.

Algo mejor que «nos volvimos a ver hace tres meses».

—Tenemos cinco semanas para inventar los detalles. —Desmond guardó la libreta en el bolsillo—. Empecemos por el domingo. ¿Hay algún evento familiar donde deba hacer mi debut oficial?

Marnie hizo una mueca que respondió a la pregunta antes de que ella dijera una sola palabra.

—La cena del domingo en casa de mi tía Priscilla. Toda la familia. Incluida mi prima y su prometido perfecto.

—Perfecto —dijo Desmond—. Empezamos fuerte.

•  •  •

Firmaron el contrato esa misma tarde, sentados en la mesa de la cocina de la casa de Marnie, con Dot como testigo oficial porque, según ella misma explicó, «alguien de esta familia tiene que saber leer la letra pequeña, y ya que estoy aquí, más vale que sea yo».

El documento que Desmond había redactado —enviado por correo a Yolanda para que lo imprimiera y se lo trajera en mano al día siguiente, porque algunas cosas, decía Desmond, merecían papel de verdad y no una firma electrónica— tenía nueve páginas, mucho más detallado de lo que Marnie había imaginado.

Especificaba fechas exactas de presencia requerida, protocolo de contacto en caso de emergencia real de cualquiera de las dos familias, una cláusula de indemnización si alguna de las partes revelaba el acuerdo a terceros sin consentimiento, y un anexo completo de «límites de afecto físico en público» que Marnie leyó dos veces con las orejas coloradas mientras Dot, sentada justo enfrente, no se molestaba en disimular que estaba disfrutando del espectáculo.

—«Cogerse de la mano: permitido sin restricción» —leyó Dot en voz alta, con un placer evidente—.

«Brazo alrededor de la cintura en contextos fotográficos o de saludo: permitido.

» «Beso en la mejilla como saludo: permitido.

» «Beso en los labios: requiere acuerdo previo explícito de ambas partes, revisable en cualquier momento. » Muy profesional todo, señor Okafor.

—Es importante que quede claro por escrito —dijo Desmond, sin alterarse—. Evita confusiones incómodas más adelante.

—Estoy segura de que sí. —Dot le guiñó un ojo a Marnie, que fingió no verlo con toda la dignidad de la que fue capaz.

Repasaron el resto del documento con más calma: el calendario de eventos —la cena del domingo, el mercado agrícola de los sábados donde Marnie tenía puesto fijo, la reunión de la cámara de comercio la segunda semana de septiembre, y por supuesto el baile, marcado en rojo como el punto culminante de todo el acuerdo—; la historia compartida que usarían para explicar la relación, ya afinada con los detalles reales de Adaeze; y una lista, redactada conjuntamente en la última media hora, de «preguntas frecuentes» que cualquiera de los dos podía recibir y para las que necesitaban respuestas coordinadas: cómo se habían reencontrado exactamente, qué planes de futuro tenían, si Desmond pensaba mudarse alguna vez a Wisconsin, qué pensaban sus respectivas familias del otro.

—Esta última no la puedo responder con la verdad —dijo Desmond, señalando la pregunta sobre su familia—. Mis padres viven en Houston y no saben nada de esto ni lo van a saber. Podemos decir que están encantados, en abstracto, sin dar detalles que se puedan comprobar.

—¿Y si alguien pregunta si van a venir al baile?

—Diremos que mi padre tiene un compromiso de trabajo que no puede cancelar. Es plausible, y es, de hecho, casi seguro que sea verdad, esté yo aquí o no.

Marnie lo miró un momento, notando algo en la manera en que él había dicho la última frase, un desapego demasiado practicado para no esconder algo debajo, pero decidió no preguntar. Todavía no. Apenas se conocían desde esa tarde.

Firmaron las últimas páginas al caer el sol, con Dot sirviendo de testigo con una floritura innecesaria en su propia firma, y cuando Desmond le tendió a Marnie una copia encuadernada del contrato, ella la sostuvo un momento entre las manos, sintiendo el peso extraño de haber firmado un documento legal para fingir estar enamorada.

—Bienvenida a la parte más rara de mi carrera profesional —dijo Desmond, guardando su propia copia en el maletín.

—Bienvenido a la parte más rara de la mía —contestó Marnie, y por primera vez desde que habían empezado a hablar de dinero y cláusulas, ambos se rieron al mismo tiempo, sin necesidad de ensayarlo.