Novio de alquiler (amor incluido) (Serie amores divertidos 2) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

La casa de los Kowalski era más pequeña de lo que Desmond había imaginado desde fuera, una construcción de dos plantas con revestimiento blanco descascarillado por el viento del lago, un porche delantero con dos mecedoras desparejadas y una puerta mosquitera que chirriaba de un modo que a Desmond le pareció, extrañamente, tranquilizador.

Por dentro, cada superficie disponible contaba una parte distinta de la misma historia.

En el pasillo de entrada, una hilera de fotografías enmarcadas subía por la pared de la escalera en un orden que no era exactamente cronológico: el bisabuelo de Marnie con una carretilla llena de cerezos recién plantados, en blanco y negro; una boda de los años setenta con un vestido de novia sencillo y un ramo de flores silvestres; Marnie de niña, con coletas torcidas y las manos manchadas de cereza, sonriendo con los dos dientes delanteros de menos; su padre, más joven de lo que Desmond hubiera imaginado, cargando una caja de manzanas con el mismo gesto orgulloso con el que Marnie cargaba las suyas.

—Esa es mi favorita —dijo Marnie, deteniéndose frente a una foto en la que aparecían tres generaciones frente a la prensa de sidra, todos con la misma sonrisa torcida hacia el lado izquierdo—.

Se hizo el día que Bertha cumplió cincuenta años funcionando.

Mi abuelo insistió en hacer una tarta con forma de prensa de sidra.

Salió fatal, pero la comimos igualmente.

La cocina, al final del pasillo, tenía una mesa de madera maciza con marcas de cuchillo en una esquina —«de cuando mi padre me enseñó a pelar manzanas y yo tenía seis años y muy poca puntería», explicó Marnie— y un calendario de pared todavía abierto por el mes de julio, con anotaciones a lápiz sobre fechas de recolección que nadie se había molestado en pasar a agosto.

—¿Vive aquí sola? —preguntó Desmond, aunque ya conocía la respuesta.

—Desde que murió mi padre. Antes vivía en un apartamento encima de la tienda, pero no tenía sentido pagar alquiler a nadie cuando la casa se quedaba vacía.

—Marnie se apoyó contra la encimera, cruzándose de brazos—.

A veces es raro. La casa tiene espacio para una familia entera y solo la ocupo yo.

Pero también es la única casa en la que he vivido en toda mi vida, así que no sabría estar en ningún otro sitio sin sentir que me falta algo.

Desmond recorrió con la mirada la cocina, deteniéndose en los detalles pequeños que revelaban más que cualquier conversación: una nota adhesiva pegada a la nevera con una lista de tareas escrita con letra cansada; un jarrón con flores silvestres que ya empezaban a marchitarse, señal de que nadie había tenido tiempo de cambiarlas en unos días; un cajón entreabierto de la cómoda del pasillo con facturas asomando por el borde.

—Va a tener que enseñarme dónde están las cosas si voy a estar entrando y saliendo de esta casa las próximas semanas —dijo Desmond, con un tono deliberadamente ligero, para no señalar directamente lo que ambos sabían que había visto—.

Cualquier persona que llevara meses viniendo aquí sabría, por ejemplo, dónde se guardan las tazas.

—Segundo armario a la derecha del fregadero.

—Marnie sonrió, agradecida por el cambio de tema—.

Y si alguna vez le preguntan cuál es mi taza favorita, es la azul desportillada del asa, la que dice «World's Okayest Farmer».

Me la regaló mi padre como broma en mi primer año dirigiendo esto sola, y no la cambio por nada.

—Anotado. —Desmond sacó la libreta y escribió, de verdad, «taza azul, World's Okayest Farmer», con una sonrisa que no pretendía ocultar del todo—. ¿Algo más que debería saber sobre las costumbres de la casa?

—Que la escalera cruje en el sexto escalón, así que si alguna vez tiene que subir de puntillas de madrugada por alguna razón, sabrá evitarlo.

—Marnie se dio cuenta, un segundo tarde, de cómo había sonado eso, y se apresuró a añadir—: Para ir al baño.

Me refiero a si necesita ir al baño de madrugada. No... no a ninguna otra cosa.

—Entendido —dijo Desmond, con una seriedad que no engañó a ninguno de los dos—. El sexto escalón. Tomo nota.

Volvieron al porche con dos vasos de té helado, y fue allí, con las mecedoras desparejadas crujiendo bajo su propio peso y el sol empezando a bajar sobre el lago, donde Desmond retomó las preguntas que había dejado a medias durante el recorrido por el huerto, esta vez sin libreta, solo con la atención puesta en ella.

—¿Cuánto tiempo lleva sola con esto? —preguntó, mirando hacia la fila de manzanos jóvenes que se veía desde el porche, descendiendo hacia el lago.

—Mi padre murió hace dos años. Un infarto, mientras cargaba cajas de manzanas en la furgoneta.

No tuvo tiempo ni de sentarse. —Marnie lo dijo sin dramatismo, con la naturalidad de alguien que había repetido esa frase tantas veces que había encontrado, por necesidad, la manera de decirla sin que le doliera cada vez—.

Mi madre murió cuando yo tenía nueve años. Así que desde entonces, sí. Sola.

—¿Y su prima?

—Priscilla lleva desde los veinte años trabajando en la promotora de su prometido, en Appleton. Vino un par de veces al año, en Acción de Gracias y en el funeral de mi padre, y ambas veces me preguntó si había pensado en vender.

—¿Y usted qué le contestó?

—Que no. —Marnie se cruzó de brazos, mirando hacia el lago—. Esto no es solo un negocio, señor Okafor. Es lo único que me queda de las tres personas que me criaron.

Desmond no dijo nada durante un momento, y ella pareció darse cuenta de que había dicho más de lo que pretendía, porque se aclaró la garganta y cambió de tema con la brusquedad de alguien que cerraba una puerta antes de que entrara demasiado frío.

—Bueno. Las reglas. Usted mencionó precio, pero yo prefiero empezar por las reglas, si no le importa. Necesito saber en qué me estoy metiendo.

Volvieron caminando hacia la tienda, y por el camino Desmond fue enumerando, con la cadencia de alguien que había dado ese mismo discurso decenas de veces aunque nunca con esa duración concreta, las condiciones que The Plus-One Co. imponía a cada acuerdo.

—Regla uno: contrato firmado, con cláusula de confidencialidad en ambas direcciones y un límite de contacto físico que usted decide, no yo.

Cogerse de la mano, un brazo por la cintura en fotos, eso es estándar.

Cualquier cosa más allá de eso se negocia por separado y por escrito, y yo nunca la propongo primero.

—Entendido.

—Regla dos: nada de mentiras que no podamos sostener. Si su familia pregunta cómo nos conocimos, necesitamos una historia verificable, con detalles que coincidan si nos preguntan por separado. No inventamos una vida entera; construimos una versión editada de la verdad.

—¿Y cuál sería la nuestra?

—Estaba pensando que nos conocimos por mi abuela.

—Desmond se metió las manos en los bolsillos—.

Es verdad que vivió aquí. Es verdad que yo venía todos los veranos de niño.

No es descabellado que hayamos coincidido antes, hace años, y que nos hayamos reencontrado este verano cuando vine a arreglar los papeles de la casa.

Marnie lo miró con una expresión que Desmond no supo interpretar del todo.

—¿Su abuela era Adaeze?

Desmond se detuvo.

—¿La conocía?

—Todo el mundo en Birch Harbor la conocía.

Le compraba cerezas a mi padre cada julio, sin falta, y siempre se quedaba media hora hablando con él en el porche aunque solo hubiera venido a comprar medio kilo.

—Marnie sonrió, un gesto genuino, sin la cautela que había tenido hasta entonces—.

Cuando murió, mi padre cerró la tienda una tarde para ir al funeral. No cerramos la tienda ni en Navidad.

Algo se movió en el pecho de Desmond, algo que no tenía relación directa con el trabajo que estaba a punto de aceptar, y decidió, con la misma disciplina que aplicaba a todo lo demás, dejarlo para otro momento.

—Entonces la historia se sostiene sola —dijo—. Mejor. Menos que inventar.

—Antes de seguir —dijo Marnie—, necesito una palabra de seguridad.

Desmond levantó una ceja.

—¿Una palabra de seguridad?

—Para cuando la actuación se vuelva demasiado, o cuando necesite que me rescate de una conversación, o cuando simplemente quiera que paremos un momento sin tener que explicárselo delante de mi familia.

—Marnie se cruzó de brazos, decidida a no dejarse intimidar por la expresión ligeramente divertida que había aparecido en la cara de Desmond—.

En las bodas de mentira que organiza, ¿no tienen algo así?

—Tenemos protocolos de salida, sí. Pero nunca los ha llamado nadie «palabra de seguridad» con ese entusiasmo.

—Pues esta va a ser la primera vez. —Marnie pensó un momento—. Bertha.

—¿Como la prensa de sidra?

—Como la prensa de sidra. Si en algún momento digo «Bertha está a punto de estropearse», eso significa que necesito que me saque de donde esté, con la excusa que sea.

Desmond anotó la palabra en la libreta con una seriedad que Marnie no supo si era genuina o parte de la actuación que ya habían empezado sin darse cuenta.

—Bertha —repitió—. Anotado. Y por si acaso, la mía es «Yolanda necesita el contrato firmado». Nadie cuestiona una llamada de trabajo urgente.

—Trato hecho.

—Regla tres —continuó él, retomando el hilo—: yo decido cuándo una situación se vuelve insostenible y me retiro sin penalización.

No voy a poner en riesgo la reputación de la empresa por completar un contrato a toda costa.

Si en algún momento veo que esto no va a funcionar, se lo diré con antelación suficiente para que busque otra solución.

—¿Y si el problema soy yo? ¿Si soy yo la que decide que ya no quiere seguir?

—Entonces también podemos parar. El contrato tiene una cláusula de salida para ambas partes, con un preaviso de cuarenta y ocho horas salvo emergencia.