Novio de alquiler (amor incluido) (Serie amores divertidos 2) CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

La cena continuó sin más incidentes hasta el postre, cuando sonó el timbre y la tía Priscilla se levantó con un «debe de ser Randall» que hizo que Marnie se pusiera visiblemente tensa.

Randall Voss resultó ser un hombre de unos sesenta años, con gafas de pasta y un traje que llevaba con la incomodidad de alguien que se lo había puesto porque la ocasión lo requería, no porque le gustara.

Saludó a toda la mesa con la cordialidad practicada de un abogado de pueblo que llevaba treinta años redactando los testamentos de todo el condado, y sus ojos se detuvieron en Desmond con un interés que no intentaba disimular.

—Así que usted es el nuevo... —Randall dejó la frase en el aire, con la delicadeza de quien ha aprendido a no dar nada por sentado en su profesión.

—Desmond Okafor. —Se levantó para estrecharle la mano—. Un placer, señor Voss.

—Randall, por favor. —El abogado lo estudió un momento más de lo estrictamente necesario para un saludo—. Marnie me ha hablado un poco de usted. Dice que se conocieron por su abuela.

—Adaeze Okafor. Vivió en la casa azul junto al faro.

—La recuerdo bien. Le hice el testamento, de hecho.

Una mujer con las cosas muy claras. —Randall se sentó en la silla que la tía Priscilla le había reservado junto al postre, y sus ojos, tras las gafas, no dejaron de moverse entre Marnie y Desmond con la atención de alguien acostumbrado a detectar las cosas que la gente no decía en voz alta—.

Bien. Ya que estamos todos, y ya que es justo lo que vine a comprobar: entiendo, señorita Kowalski, que esta es la relación que va a presentar el sábado del baile.

No era una pregunta, aunque tenía la forma de una.

Marnie apretó la mano de Desmond por debajo de la mesa, con más fuerza esta vez, y Desmond, sintiendo el peso de la pregunta caer sobre la mesa entera —Percy inclinada hacia delante con un interés casi hambriento, Marcus con una ceja levantada, la tía Priscilla conteniendo el aliento de una manera que no se molestaba en ocultar—, hizo lo único que sabía hacer bien.

Sonrió, con la calma exacta de un hombre que llevaba seis años convenciendo a desconocidos de que una historia era verdad, y dijo:

—Así es, Randall. Y espero, con el tiempo, que sea usted quien más se alegre de comprobarlo.

Bajo la mesa, la mano de Marnie no soltó la suya en ningún momento durante el resto de la noche.

•  •  •

Marnie encontró un momento a solas cuando fue a la cocina a ayudar con el café, y descubrió que Percy la había seguido, apoyándose contra la encimera con los brazos cruzados y una expresión que ya no tenía nada de la cordialidad practicada de la mesa.

—Es bueno —dijo Percy, sin preámbulos—. Se lo reconozco. Marcus todavía está intentando decidir si le cae bien o si le preocupa.

—No sabía que la opinión de Marcus fuera el criterio que se estaba evaluando esta noche.

—No seas así. —Percy suspiró, y por un segundo, solo un segundo, algo en su expresión se pareció más a la niña con la que Marnie había pasado los veranos de la infancia jugando entre los cerezos que a la mujer que llevaba tres años repitiendo la palabra «diversificar» cada vez que hablaba del huerto—.

Sabes que no quiero que pierdas esto. De verdad.

Pero también sé lo que es la cláusula del abuelo, y sé que él la escribió porque le daba miedo que ninguna de las dos supiera sostener algo de verdad si no la obligaba un papel legal a intentarlo.

—Eso es muy generoso, viniendo de alguien que se beneficiaría directamente de que yo perdiera.

—No se trata de eso. —Percy se apartó de la encimera, y por un momento Marnie pensó que se iba a marchar sin decir nada más, pero en vez de eso se acercó, bajando la voz—.

Solo te pido que no montes un espectáculo con este hombre si no es real, Marnie.

El abuelo se merece que alguien gane esto de verdad, no que las dos finjamos algo por una parcela de tierra.

Yo, al menos, llevo tres años con Marcus porque quiero estar con él, con cláusula o sin ella.

—Y yo llevo toda la vida queriendo este huerto sin necesitar que nadie me lo confirme con un anillo —contestó Marnie, con más filo del que pretendía—.

No sé qué esperas que te diga, Percy. Que Desmond y yo...

—se interrumpió, consciente de que Dot podía entrar en cualquier momento y de que la cocina, en una casa tan pequeña, no ofrecía tanta privacidad como ambas fingían tener.

—No espero que me digas nada. Solo espero que, sea lo que sea que estés haciendo, no acabes peor de lo que ya estás.

—Percy cogió la bandeja de café y se dirigió hacia la puerta, deteniéndose un momento antes de salir—.

Por cierto. El collar que llevas puesto.

Es de mamá, ¿verdad? Se lo diste tú a Desmond para que dijera que te lo había regalado él, o se lo inventó él solo?

Marnie se llevó la mano al collar sin darse cuenta —una cadena fina con un pequeño colgante en forma de cereza que había pertenecido a su madre, que llevaba puesta desde antes de que Desmond llegara al huerto esa misma semana, sin ninguna relación con la actuación— y no contestó a tiempo antes de que Percy, con una sonrisa que no llegó a ser del todo cruel, saliera de la cocina con la bandeja de café.

Marnie se quedó un momento más sola, con la mano todavía en el colgante, preguntándose por qué la pregunta de Percy le había dolido más que cualquiera de los comentarios sobre Marcus o la parcela sur, y decidió, mientras volvía al salón con la jarra de nata que se había olvidado de llevar, que era una pregunta para pensar en cualquier otro momento que no fuera esa noche.

•  •  •

Se despidieron en el porche pasadas las diez, con la tía Priscilla insistiendo en darle a Desmond un táper de asado «para que no tengas que cocinar solo en esa casa vacía», y Randall observándolos marcharse desde la ventana del salón con una expresión que Marnie no supo del todo si era escepticismo o esperanza.

Desmond la acompañó hasta el coche de ella, aparcado un poco más allá en la calle, y por el camino ninguno de los dos dijo nada, todavía instalados en la actuación que habían mantenido durante tres horas y que ahora, sin público, no sabían muy bien cómo apagar.

—Ha ido bien —dijo Marnie al fin, apoyándose contra la puerta del coche—. Mejor de lo que esperaba, la verdad. Pensé que Marcus le iba a hacer más preguntas incómodas.

—Marcus me ha calado en los primeros cinco minutos.

Marnie se quedó parada.

—¿Qué quiere decir?

—Que sabe que hay algo raro en la historia.

No sabe qué, y probablemente no le importa lo suficiente como para investigarlo, porque está demasiado ocupado calculando cuánto vale la parcela sur.

Pero los hombres como Marcus tienen un instinto muy afinado para detectar cuándo alguien está actuando en una sala, porque ellos mismos lo hacen constantemente.

—Desmond se metió las manos en los bolsillos del abrigo—.

No es un problema todavía. Solo quiero que lo sepa, para que estemos alerta.

—¿Y Randall?

—Randall es distinto. Randall no sospecha que estemos actuando.

Randall sospecha que usted está enamorada de mí sin estar del todo segura de si yo la merezco, que es una sospecha mucho más peligrosa para nuestros propósitos, porque significa que va a estar observando si yo la trato bien, no si la historia cuadra.

Marnie se rio, aunque el comentario la había dejado con una sensación extraña en el pecho que prefirió no nombrar.

—¿Y me trata bien?

Desmond la miró un momento, con una seriedad que rompió, brevemente, el tono de broma de la conversación.

—Esta noche, cuando Percy ha hecho ese comentario sobre que usted nunca habla de nadie hasta llevar meses saliendo, y usted se ha puesto tensa un segundo antes de que yo interviniera...

eso no estaba en el contrato. Eso ha sido porque no me ha gustado ver que su propia familia la hace sentir así de expuesta por algo tan sencillo como su vida privada.

—No hacía falta que lo notara.

—Es mi trabajo notarlo. —Desmond dio un paso hacia el coche, más cerca de ella de lo que la distancia estrictamente conversacional habría exigido, y por un momento el porche iluminado de la tía Priscilla, la calle tranquila, el sonido lejano del lago contra los muelles, todo pareció detenerse un segundo de más—.

Buenas noches, Marnie. La veo el sábado en el mercado.

Necesito que me enseñe a llevar cajas de cerezas sin parecer que nunca he cargado nada más pesado que una tablet.

—Buenas noches, Desmond.

Él se dio la vuelta hacia su propio coche, y Marnie se quedó un momento más apoyada contra la puerta del suyo, viéndolo marcharse, con el táper de asado todavía caliente entre las manos y la certeza incómoda de que las cinco semanas que tenía por delante iban a ser mucho más complicadas de gestionar de lo que había previsto al marcar aquel número, la noche anterior, en el reverso de un recibo de la ferretería.

•  •  •

Esa noche, ya en su habitación, con el táper de asado enfriándose sin tocar sobre la cómoda porque no había tenido hambre desde la cena, Marnie se sentó en el borde de la cama y sacó el contrato de nueve páginas de su bolso, releyendo por tercera vez el anexo de límites de afecto físico, esta vez sin nadie delante para ver cómo se le coloreaban las orejas.

Cogerse de la mano: permitido sin restricción.

Había cogido la mano de Desmond tres veces esa noche sin que ninguna de las tres estuviera estrictamente relacionada con la actuación: una vez bajo la mesa, cuando Randall había hecho su pregunta con forma de trampa; otra en el porche de vuelta, sin razón alguna, solo porque las manos de los dos estaban cerca y a Marnie le había parecido lo más natural del mundo cerrar la distancia; y una tercera, la más reveladora de las tres, cuando él le había dicho aquello de que su familia la hacía sentir expuesta, y ella había necesitado tocarlo para comprobar que la conversación había sido real y no algo que se había inventado por desesperación.