Capítulo Tres #3
Mientras ella empieza a revisar las cosas, le doy un golpe a Benn en el hombro. Más un puñetazo que un toque.
—Es hora de concentrarse.
La está mirando con expresión curiosa, como si intentara descifrar algo, y necesitamos ponernos en modo combate para la incursión al planeta.
—Raxx no pudo acceder a su sistema carcelario de forma remota; está blindado. Vamos a tener que manipularlos psicológicamente.
Se ríe, ya centrado.
—Mi favorito. Veck. Tú haces de imbécil, yo de tranquilo.
—Ah, ¿que yo soy el imbécil?
Entrecierro los ojos.
—Las cosas como son.
Sonríe.
—¿Quién más le pega a su compañero solo para hablar?
—Vecking excremento —maldigo con el ceño fruncido.
—Justo así —asiente—. Excelente trabajo, alumno.
Sonríe con suficiencia.
—Sígueme el juego y todo irá bien.
Suena un timbre en el panel de control que indica nuestra llegada al espacio aéreo de Hectan-3, y los dos volvemos la cabeza.
Contengo la respiración, porque si nuestra nave no es aceptada por su sistema de control aéreo y no nos autorizan a aterrizar, estamos jodidos antes de empezar siquiera la operación.
Pero un segundo después llega el segundo timbre, el que indica vía libre, y me relajo.
Mientras la nave inicia la serie habitual de ajustes automáticos para el descenso, miro a Danica. Tiene botas y ropa en los brazos y observa el panel desde el otro lado de la sala con expresión concentrada.
Demasiado concentrada.
Le hago un gesto a Benn con la cabeza y luego señalo hacia ella.
Echa un vistazo.
—Sí —dice en voz baja—. ¿Qué hacemos con eso?
—Me fastidia decirlo, pero…
Saco unas esposas del compartimento lateral.
—No le va a gustar, pero creo que es necesario.
Se las paso.
Levanta las manos y arquea las cejas.
—Ya quedamos en que tú eres el imbécil, y con razón. Así que hazlo tú. Métete en el papel, hermano.
Se ríe.
—Ya se lo compensarás después con la lengua, seguro.
—Vecking bestia —murmuro.
Pero es una oportunidad de tocarla, y pienso aprovecharla.
Me acerco a Danica.
—Dame la mano, esclava —ordeno.
No se resiste, no exactamente, pero tampoco me da el brazo sin más, así que le pego una palmada fuerte en el trasero. La polla me cobra vida, pero no hay tiempo para eso ahora.
—Ay —se queja, y lleva la mano hacia atrás para frotarse, pero le agarro esa mano también.
En cuestión de segundos le esposo la delicada muñeca con las bandas magnéticas brillantes, las que se controlan con mi voz. Anclo la izquierda al enganche de la pared de la nave.
—Lo siento —le digo, y lo digo en serio.
Le toco la cara, pero aparta la barbilla, y veo cómo se le agita el pecho.
—¿Estás llorando?
Se me eleva la voz mientras intento mirarla a los ojos. Es algo que hacen los humanos, lo sé, cuando sienten emociones fuertes. La verdad es que yo también siento un montón de emociones al mirarla. La necesidad de protegerla. De mantenerla a salvo.
No, no está llorando. Está enfadada.
—No hace falta que me inmovilices.
Tiene la voz aguda y tensa, valiente, pero le tiembla todo el cuerpo.
—Necesitamos que te quedes en esta nave, Danica. Para que estés a salvo. No quiero…
Solo de pensar que alguien más pueda tocarla me estremezco.
—Eso pienso hacer. ¿Qué iba a querer yo en un planeta inhóspito? Solo quiero llegar a un lugar seguro.
Hay convicción en su tono. Pero la forma en que nos miraba antes, tan alerta, con todo el cuerpo en tensión…
Carraspeo.
—Sé reconocer las señales de huida. Te quedarás esposada aquí hasta que volvamos.
—¿Y si no volvéis?
Endurezco la voz, porque no hay tiempo para intimidades.
—Más te vale que sí, porque cualquier cosa ahí fuera va a ser jodidamente peor que lo que tenemos planeado para ti.
Le agarro la barbilla —no con brusquedad, pero sí con firmeza— y la miro a los ojos.
—Lo digo en serio, Danica. En este planeta no hay nada para ti.
Asiente.
—Sí, Amo.
Todavía parece enfadada, pero tiene los ojos húmedos.
—Volveremos. Te lo prometo.
Mira al suelo, donde la ropa que eligió está amontonada.
—Todavía tengo frío.
Tiene el brazo cálido cuando lo toco. Pero recuerdo cómo temblaba antes. Cojo una manta del contenedor y se la echo sobre los hombros; mis dedos quieren más.
—Toma. Te daremos tiempo para vestirte cuando volvamos.
Se le tensa la boca y se encoge de hombros.
—Está bien.
Tiene la mirada baja y se deja caer contra la pared.
—¿Al menos puedo sentarme, o voy a tener que estar de pie todo el rato?
Ajusto el punto de anclaje donde va enganchada la esposa. —Se desliza. Puedes ponerte de pie o sentarte. Lo que no puedes es alejarte de aquí. —Vacilo un momento—. ¿Te duele algo?
Suelta algo parecido a una risa, pero sus ojos no tienen ni pizca de humor. —Eso no se responde con un sí o un no, Amo. —Tira de la esposa.
Se me tensa la voz. —¿Te duele la muñeca? —Le toco la piel justo por encima de la esposa—. ¿Está demasiado apretada?
—No me duele la muñeca. —Su voz suena apagada—. Estaré bien.
—Nosotros también.
Levanta la vista hacia mí, y me sorprende la expresión de su rostro. —Volved a salvo. —Su voz suena casi feroz.
—Ese es el plan. Siempre lo es.