Novias zandianas: colección 1-3 Capítulo Tres #2
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Capítulo Tres #2

Danica frunce el ceño y me pregunto si tiene idea de qué tipo de comida está mirando.

—¿Sabe leer?

—¿Qué?

Gorde frunce el ceño.

—Danica. Sé que la mayoría de los esclavos agrícolas no saben, pero no tengo ni idea de los esclavos sexuales.

—Ni idea. Probablemente depende de a quién sirviera antes que a nosotros.

Sacude la cabeza con irritación.

—¿Cuál es nuestro plan de entrada al planeta?

La veo rasgar el paquete y coger un trocito de la fruta seca del interior. Ladea la cabeza, da otro bocado. Exhalo.

—¿Cazarrecompensas buscando a un convicto fugado?

—Podría funcionar. Devolver una propiedad a su legítimo dueño.

Gorde asiente.

—Todo el mundo respeta eso.

Al otro lado de la sala, veo que Danica se pone rígida. Es casi como si pudiera oír las palabras de Gorde. Ya no solo sospecho que es una fugitiva; ahora tengo otras dudas sobre esta humana.

No, no vamos a devolverte, pequeña esclava.

No le quito los ojos de encima mientras hablo.

—La prisión será un caos si están transfiriendo la propiedad a los ocretianos. Podemos aprovecharlo.

Se toca la muñeca y contacta con nuestro especialista de operaciones en Zandia.

—Raxx. Si tuviera que entrar en una prisión ocretiana en Hectan-3 como cazarrecompensas, ¿qué necesitaría?

Danica

Creen que no puedo oírlos, pero escucho con atención mientras como las manzanas y ciruelas desecadas, las nueces. Comida humana para mi cuerpo, alimentos que nacieron en un planeta que murió hace mucho.

—Gracias, Madre Tierra —susurro, llevándome la mano al vientre. Necesito alimentarme ahora más que nunca, y mi apetito parece no tener fin mientras termino un paquete y luego otro.

Les lanzo miradas furtivas. Ambos son fuertes, altos, musculosos y guapos. He visto muchos machos de todo el universo, pero estos dos me atraen de forma visceral.

Pero no puedo quedarme con ellos. Quieren una reproductora, alguien que perpetúe sus genes. Puede que no les importe mezclar su ADN con el de una humana corriente, pero lo que llevo dentro es algo que jamás podrían aceptar. No toda yo.

El más alto, Gorde, se acerca, y sus ojos púrpura oscuro me recorren, despertando un ardor lento en mi cuerpo.

—Danica.

Percibo una dulzura en él bajo ese exterior rudo. Me siento atraída hacia él con una fuerza imposible. ¿Cómo puede gustarme tanto, tan rápido?

—Gracias.

Levanto el paquete vacío.

—Estaba delicioso.

Me cuesta apartar la mirada de sus ojos. Un hormigueo nace en mi vientre. Madre Tierra, ¿otra vez? Mi cuerpo está listo para él.

Sus hombros se relajan.

—Bien. Me preocupaba que no te... gustara.

Extiende las manos.

—No estoy familiarizado con lo que comen los humanos.

—¿Aunque tenéis esclavas humanas en vuestro planeta?

Traga saliva y un tendón se tensa en su cuello.

—No estoy emparejado actualmente.

Su voz suena tensa.

—Los zandianos que tienen compañeras humanas conocen mucho mejor sus costumbres.

Emparejado.

Interesante elección de palabras. Normalmente nadie se empareja con una esclava. Akron jamás me consideró una «compañera». Yo era una esclava sexual, una sirvienta, una reproductora. Nunca una compañera. ¿Qué clase de sociedad tienen en su planeta recién recuperado?

—Así que sois amos de esclavos amables, en general. Moderados.

Intento imaginar cómo será la vida allí.

Ladea la cabeza y aparta la mirada.

—No somos crueles.

Cuando vuelve a mirarme, sonríe.

—Te trataremos bien, Danica.

—Pero todas las hembras son reproductoras.

Se me encoge el estómago. Ya he tenido bastante de reproducción. Por eso busco la libertad.

—Los machos también, si lo miras así.

Ladeo la cabeza.

—¿De qué manera?

Parece tan sincero que me pierdo en sus ojos color amatista.

—Nuestra población quedó muy mermada. Los zandianos, todos los que quedamos, debemos hacer todo lo posible para que nuestra sociedad sobreviva y prospere. Nos necesitan para engendrar crías que perpetúen nuestros genes.

—Pero no queréis machos humanos. Ni de ninguna otra especie, ¿verdad?

—No.

Niega con la cabeza.

—Bueno, tenemos algunos machos humanos: los que juraron lealtad y lucharon a nuestro lado para recuperar nuestro planeta. Ellos siempre tendrán un lugar en Zandia. Pero no aceptaremos nuevos inmigrantes varones. No podemos permitírnoslo, Danica. Ya de por sí tenemos pocas hembras.

—¿Y si uno... llegara a Zandia de algún modo? ¿Qué pasaría?

No pienso quedarme para averiguarlo, pero supongo que debería saberlo, por si no consigo escapar antes de que lleguemos.

—A los enemigos los matamos. A los seres neutrales los enviamos a otro lugar.

—¿Dónde? O sea, ¿dónde enviaríais a un macho humano?

Reprimo el impulso de cubrirme el vientre con gesto protector.

Parpadea.

—Hay un planeta en el otro extremo de la galaxia donde los humanos están a salvo. Bueno, todo lo a salvo que pueden estar. Jesel. Pero no pueden quedarse en Zandia.

Jesel, sí. Eso mismo había oído yo. Un planeta donde los humanos son realmente libres.

—¿Y los no humanos? Pongamos que un ser que no sea exactamente vuestro enemigo, pero que pertenezca a una especie conocida por ser violenta y cruel. ¿Intentaríais rehabilitarlo?

—¿Por qué lo preguntas?

Me toca el hombro.

—Estarás a salvo, Danica. Tenemos defensas excelentes. Las especies crueles no son bienvenidas en absoluto, te lo prometo. Jamás las acogeremos en Zandia. Las abatiríamos en cuanto supiéramos que están aquí. Sin excepciones. ¿Entendido?

—Entiendo.

Me estremezco. Tengo claro que debo llegar a Jesel, porque quedarme con estos machos no es una opción.

Benn se acerca.

—¿De qué habláis?

Le frunce el ceño a Gorde, pero cuando me toca la mano, la ternura de su rostro me hace sonreír. Estos dos guerreros, estas criaturas feroces, ambos me desean.

—Le estaba explicando que estará a salvo en Zandia.

Gorde me toma la otra mano, y por un segundo siento que los tres formamos un circuito, conectados de un modo que sacia un hambre en mi alma.

Cierro los ojos y aprieto sus manos fuertes, sus dedos poderosos envolviendo los míos, más pequeños.

Me gusta cómo ya adaptan instintivamente su contacto a mi cuerpo, más expuesto y frágil que los suyos.

Pero no puedo acostumbrarme a esto. Su planeta no es para mí, y debo recordar que mi objetivo no es acabar como su reproductora en una roca perdida en el confín de la galaxia. Tengo que llegar a ese planeta adonde van los humanos.

Gorde

Danica respira hondo y me mira.

—Tengo frío. ¿Hay más ropa que pueda ponerme?

Toca la camiseta de dormir.

—¿Algo que abrigue más y me proteja?

—Por supuesto.

Me acerco a un lateral de la nave y uso el comunicador de muñeca para abrir un armario cerrado.

—Aquí hay prendas de repuesto. Mira si algo te sirve.

No sé si los pantalones y las botas le valdrán, pero parecen abrigados.

Se le ilumina el rostro con una enorme sonrisa y suelta una exclamación de alegría.

—Esto es perfecto.