Capítulo Uno
Benn
Gorde lleva a la humana sobre su hombro hasta nuestra nave, atrayendo algunas miradas curiosas de los comerciantes intergalácticos que abarrotan el mercado. En cuanto la vimos, supe que Gorde la querría para él. ¿Quién no?
Es increíblemente hermosa, incluso con esa chapuza de barro que se hizo para disimular el pelo.
Es de un rubio pálido, del color de la luz de la luna, lo que la hace extremadamente valiosa.
Los humanos llevan tanto tiempo mezclándose entre sí que ya quedan pocos con cabello que no sea castaño.
Las hembras humanas pelirrojas y rubias se venden por al menos el triple.
Lo mismo ocurre con las de piel particularmente oscura o clara: cualquier rasgo inusual aumenta el precio.
Sus ojos también son de un color llamativo. Azul verdoso pálido. Como los lagos de cristal de Zandia. Esos que solo he visto en viejos holos.
Pronto estaremos de vuelta en casa. Teníamos la esperanza de encontrar una hembra zandiana con quien aparearnos, por improbable que fuera.
A Gorde y a mí nos enviaron a buscar a los zandianos que pudieran quedar dispersos por la galaxia. El rey Zander desea extenderles una invitación personal para que regresen. La repoblación exige que reunamos a todos los que podamos en el acervo genético.
En algún momento, a Gorde y a mí se nos metió en la cabeza que podríamos tener la suerte de encontrar una última hembra de nuestra especie. Tomis y Erick lo consiguieron. ¿Por qué no nosotros?
Pero conozco ese brillo en los ojos de Gorde. Ya está pensando que la humana es nuestra.
Lo cual es una lástima, porque podríamos venderla y sacar una fortuna. Quizás aún pueda convencerlo.
Después de hacer con ella lo que queramos, por supuesto.
Porque ninguno de los dos aguantaría una rotación planetaria en la misma nave que esta tentadora hembra sin sentir la necesidad de reclamarla.
Y dado el estado en que la encontramos, me resulta fácil ignorar la culpa por usarla como esclava sexual. Seguramente para eso la han usado durante toda su vida adulta.
La trataremos bien y la revenderemos a un ser decente. No le pasará nada malo. Y Gorde y yo conocemos de sobra la anatomía femenina humana como para complacerla. La tendremos suplicando que la dejemos correrse antes de salir del espacio aéreo aureliano, lo garantizo.
Gorde activa la escotilla por voz y la lleva a bordo de nuestra nave: una reluciente nave de combate nueva que nos proporcionó el rey Zander para esta misión especial.
—Limpiemos a nuestra pequeña esclava —dice Gorde, pero pasa de largo el tubo de lavado. Cuando llega a la escotilla trasera, me doy cuenta de que pretende usar el área de lavado abierta, la que normalmente usamos para manguerear el equipo sucio.
Ah. Quiere lavarla él mismo. O más bien, me está invitando a unirme. Los tres no cabríamos en el tubo de lavado.
Lo sigo, admirando el hermoso cuerpo de la humana. En esa posición invertida, las raíces pálidas de su cabello resultan aún más evidentes.
Gorde la pone de pie sobre la superficie metálica y le observo el rostro. No detecto ningún signo de rencor, ni tampoco esa expresión simple de devoción o seducción típica de las esclavas.
Esta humana solo muestra una cautela vigilante. No está demasiado asustada, ni parece especialmente confiada.
Si tuviera que apostar, pondría cristal zandiano a que es muy lista para ser de su especie.
Me pregunto cómo acabó en el bloque de subastas de Aurelia.
Seguro que si escaneara su código de barras, descubriría que escapó de su antiguo amo. Incluso podría haber una recompensa por devolverla.
Pero incluso mientras lo pienso, algo en mí rechaza la idea. Y no solo porque Gorde parezca cautivado por ella. No, yo tampoco tengo prisa por deshacerme tan pronto de esta criatura encantadora.
La perspectiva de disfrutarla a fondo me tiene demasiado excitado.
Gorde abre la manguera y se quita la ropa. Yo hago lo mismo con la mía.
El rostro de la pequeña humana se mantiene impasible mientras recorre nuestros cuerpos desnudos con la mirada, pero sus labios se entreabren y sus pezones se endurecen, igual que cuando Gorde la tocó en el mercado.
Todavía no le hemos dicho ni una palabra a la esclava, pero hablamos en ocretiano para que pueda entendernos. Es un juego de poder sutil, uno que Gorde y yo hemos usado cientos de veces en todo tipo de situaciones, desde negociar mercancías hasta luchar por nuestras vidas.
—Muy bien. Quitémosle el hedor del mercado.
Cojo la manguera y giro la boquilla hasta que el chorro se abre en abanico. Gorde la coloca de pie justo frente a mí.
Empiezo por la cabeza, enjuagándole el barro del pelo. Corre en riachuelos rojizos por su tentador cuerpo. Ella parpadea para quitarse el agua de los ojos y se aparta el pelo de la cara, pero por lo demás no protesta.
—Es incluso más bonito de lo que pensábamos —dice Gorde, cogiendo un mechón de su cabello pálido como la luna. Sin el barro, le cae liso como una cortina por la espalda.
Me acerco más y dirijo el chorro hacia su cuello, luego hacia sus hombros. Cuando llego a sus pechos, dejo que mi mano libre los recorra, sopesando su tamaño y peso.
—Mmm. Pechos firmes. Del tamaño perfecto para llenarme la mano —observo.
—Déjame probar. —Gorde se coloca detrás de ella y le rodea los pechos con ambas manos—. Sí, tienes razón —le aprieta los pezones.
Ella cambia el peso de un pie al otro, pero sigue sin protestar.
Buena esclavita. Bien adiestrada.
Gorde la suelta para buscar un limpiador de piel y vuelve.
—Está bastante sucia —observa con aire casual mientras se frota una porción de limpiador entre las palmas—. Seguramente nos llevará un rato asegurarnos de limpiar hasta el último rincón.
Mi verga, ya gruesa, se yergue aún más. Apenas empiezo a asimilar lo afortunados que somos. Acabamos de conseguir una hermosa y valiosa esclava humana. Una que parece perfectamente dispuesta a dejarnos hacer con ella lo que queramos.
La conciencia me pincha un poco. El rey Zander no permite que se tenga a humanos como esclavos en Zandia.
Aunque los humanos deben demostrar su disposición a participar en la reconstrucción de nuestro planeta y contar con el patrocinio de un zandiano, sí conservan cierto grado de libre albedrío en nuestro planeta.
Al ocultarle esa información, estamos coaccionando a la hermosa esclava.
Por otra parte, a juzgar por el aroma de su excitación, tampoco parece que le desagraden del todo nuestras acciones.
Siempre podemos explicarle su nueva situación más tarde. Después de usarla.
Y de jugar con ella.
Y de darle un castigo ligero por huir de su antiguo amo.
Ese pensamiento me hace gemir. Me acerco a nuestra esclava para que sus pezones erectos rocen mi pecho. Sostengo la alcachofa de la ducha para rociarle la espalda mientras le cubro el pubis con la mano.
Deja escapar un puh—una pequeña exhalación que me pone la polla tan dura que estoy seguro de que se rompería si la agarrara. Está empapada, con el coño hinchado y abierto como una flor. Lista para saborearla. Lista para hacerla mía.
Danica
Oh, estrellas. Deben de ser mis hormonas alteradas. Nunca había sido tan receptiva a ningún macho.
Por supuesto, mi bienestar solía depender de ponerme completamente a disposición de mi amo, Akron, pero me refiero a ser verdaderamente receptiva. Es decir, me muero por que me toquen, lista para lo que quieran hacer conmigo.
Ni siquiera sé sus nombres, aunque Amo siempre parece adecuado en una situación como esta.
El que está justo frente a mí se cierne sobre mí: una masa de músculo sólido, con la piel púrpura, lampiña y suave.
Sus cuernos se inclinan hacia mí, como si fueran apéndices erógenos.
El otro —el que me echó sobre su hombro— está detrás de mí.
Es incluso más grande que su amigo, y su interés resulta igual de obvio.
Su polla me roza la cadera mientras me enjabona, tomándose su tiempo, sin dejar ninguna parte de mí sin tocar.
El guerrero de la manguera desliza un dedo dentro de mí. Me sorprende sentir lo increíblemente húmeda que estoy para él. Su dedo es grueso, pero no es demasiado. De hecho, no es ni remotamente suficiente. Me retuerzo sobre su dedo para meterlo más adentro. Añade un segundo dedo.
Dejo escapar un gemido y la manguera cae al suelo. El zandiano me levanta la barbilla con un dedo y su boca desciende hacia la mía. El beso me sorprende. Sé que es un gesto humano de afecto, frecuente durante el sexo, pero mis antiguos amos nunca usaron mi boca para otra cosa que sus pollas.
Domina mi boca, me saborea, mueve sus labios sobre los míos con exigencia. Separo los labios, me rindo mientras sus dedos siguen entrando y saliendo de mí.
El guerrero que está detrás de mí agarra un puñado de mi pelo mojado y lo enrolla en su puño. No tira, pero ahora tengo la cabeza inmovilizada para el beso de su amigo. No hay escapatoria.
Al mismo tiempo, desliza un dedo entre mis nalgas y rodea mi ano.
Gimo en la boca del primer guerrero. Rompe el beso y me mira fijamente. Juro que veo diversión mezclada con lujuria en sus ojos.
—Tiene el coño dulce y jugoso. ¿Qué tal el trasero?
Me tenso e intento apretar las nalgas, pero solo consigo una palmada fuerte en una de ellas. Se me abre la boca y miro al guerrero que tengo delante para ver si los he enfadado.
—Oh, veck, haz eso otra vez. Pone la expresión más dulce imaginable.
Se me calienta el rostro. No recuerdo cuándo fue la última vez que me sonrojé, pero desde luego no ha sido en mi vida adulta.
El guerrero que está detrás de mí me golpea la otra nalga. El coño se me contrae alrededor de los dedos del primer zandiano.
—Oh, le encanta.
Suena emocionado. Bombea los dedos dentro de mí, alcanzando un punto ultrasensible en lo más profundo.
Grito y mis manos vuelan a agarrar sus antebrazos carnosos.
El guerrero que está detrás de mí me mete un dedo grueso en el trasero y estoy completamente a su merced. Intento no moverme, aunque las caderas me piden menearse y retorcerse. No sé si sería para alejarme de las sensaciones o para acercarme a ellas.