Aurelia Minor 2, Subasta de Esclavos
Danica
Desnuda, atada a un poste en la tarima de subastas, chupo la sangre de mi labio inferior agrietado.
Por favor, que esto sea rápido.
Cuanto más tiempo pase aquí arriba, temblando y expuesta a todas las miradas, mayor será la posibilidad de que alguien busque mi código de barras y descubra que me buscan.
Seguro que mi antiguo amo, Akron, puso precio a mi cabeza en cuanto se dio cuenta de que había escapado. Y ni siquiera conoce el secreto que guardo. El que me costaría la vida.
Sí.
Así que era escapar o morir. Y escapé. Brevemente.
Tres ocretianos pasan, riéndose entre ellos.
Uno de ellos me da una palmada en la teta y los tres rugen de risa.
Vacío la mirada, como si no hubiera nadie dentro de mi cuerpo, mientras rezo con todas mis fuerzas para que no se detengan.
Los ocretianos sabrían comprobar mi código de barras de esclava y rastrear mi historial hasta Akron.
No les llevaría más de media rotación planetaria descubrir la recompensa y entregarme a mi legítimo dueño.
Contengo la respiración hasta que se alejan.
Aparte de ellos, me da igual quién me compre. Pienso escapar de nuevo en cuanto pueda. Supuestamente, hay un planeta donde los esclavos humanos pueden ir y ser libres: Jesel. Es tremendamente peligroso, pero eso no me importa. Mi vida probablemente ya está perdida de todos modos.
Me retuerzo en las apretadas correas. La piel de animal se me clava en la carne.
Tengo los brazos y las piernas entumecidos, pero lo peor de todo es que la que me rodea el cuello está demasiado apretada y apenas puedo respirar.
Me esfuerzo por ralentizar la respiración porque el pánico solo lo empeorará.
El mercado está lleno de seres de todas las especies. La mayoría parecen demasiado pobres para ofrecer siquiera veinte steins por mí.
Por supuesto, no tengo muy buen aspecto.
Estoy sucia y magullada, cubierta de rasguños del viaje hasta aquí.
Cuando llegué, me froté un poco de la tierra carmesí de este planeta en el pelo para ocultar el color exótico.
Las rubias se consideran una rareza entre las esclavas humanas.
Por desgracia, me atraparon momentos después.
Al menos caí en manos de un contrabandista codicioso y corto de miras, cuyo único interés era una venta rápida.
Dos seres grandes y morados con cuernos pasean sin prisa por los puestos del mercado. Los músculos se les marcan bajo las túnicas blancas e inmaculadas y llevan espadas anticuadas en los cinturones.
Auténticos guerreros zandianos.
Nunca había visto uno, pero he oído hablar de ellos. Estudian para la batalla hasta que se convierte en un arte. Durante mucho tiempo se rumoreó que estaban extintos, pero los últimos rumores que corren por la galaxia dicen que acaban de recuperar su planeta con un ejército diminuto.
Me miran desde el otro lado de la explanada carmesí y uno de ellos se inclina hacia el otro y dice algo. Cuando empiezan a caminar hacia mí, el corazón me late con fuerza sin que sepa por qué.
Me humedezco los labios agrietados con la lengua. No sé si lo que siento es miedo o excitación.
Miedo. Definitivamente miedo. Guerreros como estos probablemente sean cazarrecompensas. Van tras la recompensa por mi cabeza.
Y puede que sea cierto, pero a medida que se acercan, un hormigueo me recorre la piel. Deben de ser las malditas hormonas reproductivas. Los machos nunca me han excitado.
Pero quizás es que no había conocido a la especie adecuada. Porque cuando se detienen frente a mí, se me endurecen los pezones y se me acelera la respiración. Por lo visto, los alienígenas morados con cuernos son exactamente mi tipo.
Uno de ellos inhala profundamente, dilatando las fosas nasales.
El otro extiende la mano y desliza los gruesos dedos bajo la correa de piel de animal que me ata el cuello al poste.
Abro los ojos de par en par e intento tomar aire contra la presión creciente.
Pero entonces la arranca, tirándola del poste y arrojándola al suelo. Aspiro una bocanada de aire y toso.
El comerciante aureliano levanta la misma pistola que usó conmigo y la apunta al pecho del macho.
—¡Atrás! No puedes liberarla.
Ninguno de los zandianos se mueve. No se inmutan ante la pistola ni levantan las manos en señal de rendición.
—Tu esclava se estaba ahogando —dice mi libertador con suavidad. Tiene una voz profunda que me hace flaquear las rodillas—. Deberías tener cuidado con lo apretadas que las atas. Nadie comprará una hembra muerta.
El comerciante suelta un bufido y me pellizca las mejillas, juntándome los labios sangrantes.
—Esta no moriría tan fácilmente.
Les muestra la marca de mordisco que le dejé en el brazo.
—Es una liineor.
No tengo ni idea de qué es una liineor, pero supongo que es alguna bestia salvaje de este planeta.
Los zandianos no se mueven, pero el labio superior del más delgado empieza a curvarse. Dice algo en voz baja en su idioma y su amigo asiente. Ninguno de los dos me quita los ojos de encima.
A primera vista, pensé que tenían los ojos marrones, pero ahora veo que son morados, como la piel. ¿O se les han vuelto más violetas? El más delgado me recorre el cuerpo con la mirada, despacio.
—¿Cuánto?
Suena solo a medias interesado, pero podría ser parte del juego de la negociación.
No sé si quiero que se interesen por mí. No debería. Estos machos son peligrosos. Muy peligrosos. Están entrenados para matar y parecen muy inteligentes.
Así que debería estar deseando que se larguen y vayan a molestar a otro vendedor.
Pero en cambio me descubro rezando para que me compren. Sin más razón que la de no poder soportar la idea de que se vayan.
El más grande me aparta el pelo enredado de los hombros y me mira el cuello. Sus dedos me rozan el hombro desnudo. Está tan cerca que huelo el aroma de su piel: masculino y limpio. Deja caer los mechones en su sitio y le dice algo a su amigo en zandiano.
Mierda.
Son inteligentes. Acaba de ver mi verdadero color de pelo, pero se lo está callando.
—¿Dónde la conseguiste? —pregunta. Tiene la mandíbula cuadrada y lampiña, y un hoyuelo en la barbilla que probablemente hace babear a todas las hembras de la galaxia cuando pasa.
El comerciante levanta la barbilla.
—No importa dónde.
—¿Así que no tienes su expediente? ¿No es legalmente tuya? —pregunta el más delgado.
Oh, mierda. Están haciendo demasiadas preguntas. Como sigan así, acabarán comprobando mi código de barras. Giro el cuello hacia un lado y me inclino hacia delante, alcanzando con la lengua la «V» de piel que asoma sobre la túnica del zandiano. Lamo una vez. Dos veces.
Me agarra del cabello y me echa la cabeza hacia atrás, mirándome divertido.
—Creo que le gustas —observa su amigo entre risas.
Me sujeta el cabello con el puño demasiado apretado, pero no creo que pretenda hacerme daño. Simplemente es demasiado fuerte, o no es consciente de lo mucho más débil que es mi especie. Se inclina y roza sus labios con los míos. Al mismo tiempo, su mano libre me cubre el pubis.
Me estremezco, más por sorpresa que por otra cosa. Y porque todas las veces que un macho me ha tocado ahí ha sido desagradable.
Pero esta vez no. Desliza la yema del dedo suavemente entre mis pliegues y me quedo atónita al descubrir lo húmeda que estoy.
Sus cuernos se endurecen y se inclinan hacia mí mientras me observa el rostro, con la nariz casi rozando la mía, los ojos amatistas encendidos.
Jadeo mientras el calor se enrosca como humo en mi vientre.
—Ciento cincuenta stein —dice. Retira el dedo de mi coño. Siento picazón y calor. Necesito que vuelva a tocarme.
—Trescientos —replica el vendedor.
—Ciento setenta y cinco. Oferta final. —Me suelta el cabello y da un paso atrás.
—Doscientos cincuenta.
Su amigo resopla con desdén. Él se encoge de hombros y se aleja.
El maldito vendedor los deja ir. Tres pasos. Cuatro. Cinco.
—Doscientos —les grita a sus espaldas.
Se detienen, pero no se vuelven. Parece que hablan entre ellos.
—Ciento noventa —el vendedor lo intenta de nuevo.
Al más corpulento le bastan dos largas zancadas para volver. Su amigo saca una bolsa de arpillera llena de monedas mientras él mete los dedos bajo la correa que me cruza el pecho. La arranca como si el grueso cuero fuera fácil de romper.
Hago una mueca cuando la sangre me baja por los brazos como un millón de picaduras de insecto. Arranca la correa de mis muslos y me desplomo, incapaz de sostenerme. En un instante, me alza sobre su hombro ancho.
El zandiano me da una palmada en el trasero.
—Vamos, pequeña esclava. Conocemos el lugar perfecto para humanas a las que les gusta escapar de sus amos.