Novia por tratado Capítulo ocho La oferta
35%

Capítulo ocho La oferta

Delia

Lo habían pintado en la plataforma de aterrizaje con letras de seis metros de alto.

NOVIA TRAIDORA.

Lo vi desde el ventanal de la lanzadera mientras descendíamos entre el polvo.

Era pintura blanca sobre roca roja, con las letras un poco torcidas y la N más grande que las demás, como si a quien sostenía la brocha se le hubiera acabado la paciencia a mitad de camino.

Conocía esa letra. Media colonia había aprendido a escribir con el mismo maestro que yo.

Anso me miró desde el asiento del piloto. Por una vez, no hizo ningún chiste.

Jarrow tampoco dijo nada. Estaba sentado frente a mí en la estrecha cabina, con las rodillas casi rozando las mías, las manos entrelazadas y los ojos en el ventanal.

No nos habíamos dicho más de una docena de palabras en tres días.

Su sello me colgaba del cuello bajo la camisa, pesado y caliente. No me lo había quitado ni una sola vez.

Eli estaba sentado a mi lado, con una pierna temblándole sin parar. Cuando la lanzadera tomó tierra, me apretó la mano con fuerza y no me la soltó.

—Ya cambiarán de opinión —dijo—. Cuando vean el recuperador. Ya cambiarán de opinión.

—Claro —dije.

* * *

El recuperador bajó detrás de nosotros, colgado de los ganchos de dos grúas volantes sarovanas.

Era una mole enorme y reluciente, el triple de grande que el antiguo, suspendida en una cuna de cable negro y descendiendo despacio a través del aire rojo hacia las ruinas ennegrecidas de la casa de bombas.

Los motores de las grúas tronaban con tanta fuerza que lo sentía en los dientes.

Media colonia había salido a mirar.

Formaban una multitud desordenada en el borde de la plataforma de aterrizaje, contenida por una fila de agentes de seguridad colonial con uniformes grises remendados.

Mineros con mascarillas antipolvo. Trabajadores de los invernaderos con las manos manchadas de rojo.

Críos a hombros de sus padres. La anciana señora Okafor, de la clínica, que me había entablillado el brazo cuando tenía ocho años.

Conocía la mitad de aquellas caras. Había crecido con ellos.

Ni uno solo me sonrió.

Alguien gritó la palabra pintada en la plataforma. Otro la recogió. Se extendió entre la multitud como se había extendido la risa por la corte de Jarrow, solo que más fea, un cántico grave y rítmico que golpeaba contra el estruendo de las grúas.

Trai-do-ra. Trai-do-ra. Trai-do-ra.

Bajé la rampa de todos modos. Barbilla alta. Traje gris. Botas prácticas. Su sello bajo la camisa.

Jarrow caminaba a mi lado. No me tomó del brazo. Se mantuvo a un palmo prudente, como hacía siempre ahora. Pero caminaba por el lado más cercano a la multitud, entre ellos y yo.

Me di cuenta. Lo archivé.

Priya me esperaba al pie de la rampa.

Estaba exactamente igual que siempre. Cazadora de vuelo con los parches medio arrancados, el pelo corto y oscuro de punta por el sudor, un ceño capaz de levantar la pintura.

Me miró de arriba abajo una vez. Luego me rodeó con los brazos y me apretó, fuerte y rápido, como me había abrazado Eli en el hangar.

—Tienes una pinta horrible —me dijo contra el pelo.

—Gracias.

—Lo digo en serio. Parece que no hayas dormido en una semana. —Se apartó y me sujetó por los hombros. Luego sus ojos subieron, y subieron, hasta Jarrow, y se le endureció toda la cara—. Y tú. Hay que tener valor.

—Sí —dijo Jarrow.

—Dije que estrellaría un carguero contra tu puente.

—Lo recuerdo.

—Lo decía en serio.

—Lo sé.

Priya abrió la boca y la cerró. Me miró.

—¿Siempre es así?

—Siempre —dije.

El cántico no había cesado. Si acaso, había subido de volumen. Uno de los agentes de seguridad nos echó una mirada nerviosa por encima del hombro.

Entonces algo salió volando de entre la multitud.

No vi quién lo lanzó. Solo lo vi venir: un trozo dentado de tubería ennegrecida, tan largo como mi antebrazo, dando vueltas por el aire rojo, directo hacia mi cara.

No tuve tiempo de moverme. Ni siquiera tuve tiempo de encogerme.

Jarrow se movió.

No alzó las manos. No buscó el arma que llevaba en la cadera. Simplemente se interpuso en el espacio delante de mí, con tanta calma como si cruzara una puerta. La tubería le golpeó justo encima del ojo izquierdo con un crujido que sentí en mi propio cráneo.

La cabeza se le fue hacia atrás. Luego volvió hacia delante.

La sangre le corrió por un lado de la cara, oscura sobre el bronce. Le entró en el ojo, le bajó por la mandíbula y goteó sobre la roca roja de la plataforma de aterrizaje.

No se la limpió. No se volvió hacia la multitud. Se quedó allí, entre ellos y yo, muy quieto, con la sangre corriéndole por la cara, y miró a la gente de Haven’s Reach.

El cántico se detuvo.

Se detuvo de golpe, como si alguien hubiera cortado un cable.

Las grúas tronaban en lo alto. El recuperador descendía despacio hacia las ruinas de la casa de bombas.

Y dos mil personas guardaban un silencio absoluto, mirando al señor de la guerra sarovano de más de dos metros que sangraba sobre su plataforma de aterrizaje sin haber alzado una mano.

—Ella no ha disparado contra ustedes —dijo Jarrow. No habló alto. No le hacía falta—. A quien lo haya hecho, lo encontraré. Hasta entonces, si necesitan a alguien a quien culpar, pueden culparme a mí. Déjenla en paz.

Nadie lanzó nada más.

A mi lado, Priya emitió un sonido débil.

Cuando la miré, no estaba mirando a la multitud.

Lo miraba a él, la sangre y la forma en que se había puesto delante de mí sin un instante de duda.

Se le había transformado la cara. No se había ablandado.

La cara de Priya no se ablanda. Pero algo en ella había cambiado, como una cerradura que gira.

—Ay —dijo en voz baja—. Ay, Dee. Te has metido en un buen lío.

* * *

Nos sentamos en los escalones traseros de la vieja casa de mi madre mientras los ingenieros sarovanos y las cuadrillas de la colonia peleaban por encajar el recuperador en su sitio, más abajo.

Eli estaba allí con ellos, discutiendo a gritos sobre el circuito de refrigeración con un ingeniero sarovano que le doblaba la estatura.

Acabaría dando con el fallo. Siempre lo hacía.

La casa era de Eli desde que murió nuestra madre.

Era pequeña y polvorienta y olía a fruta roja, que crecía en la parra a lo largo de la valla trasera y lo ponía todo perdido cada verano.

Yo había vivido allí hasta los dieciocho años, cuando me fui a la estación universitaria. Llevaba dos años sin volver.

Priya me pasó una taza de té. Té de las colonias, flojo y amargo. Nunca había probado nada tan bueno.

—Bueno —dijo.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Ibas a decirlo.

—Iba a decir —dijo Priya con gran dignidad— que un hombre no se lleva un tubazo en la cara por una rehén política.

Bajé la vista a mi té.

—Llevo seis años cruzando su bloqueo, Dee.

He visto sus naves de cerca. He visto a su gente.

Son duros. Son fríos. No se inmutan. —Me dio un golpecito en el hombro con el suyo—.

Te mira como si fuera capaz de incendiar el cielo si se lo pidieras.

Lo he visto en la plataforma. Todo el mundo lo ha visto. Por eso han parado.

—Pensó que yo era una espía —dije—. Hace tres días. Lo admitió.

—¿Y?

—Y me dio su sello de mando. Y desde entonces no me ha dirigido la palabra.

Priya se quedó callada un momento.

—Sigo sin fiarme de él —dijo—. Que conste. Seguiría estrellando un carguero contra su puente. Solo quiero que eso quede claro. —Le dio un sorbo al té—. Pero no creo que sea él a quien tienes que vigilar.

Abajo, en la casa de bombas, alguien gritó. Una segunda lanzadera se posaba en la plataforma de aterrizaje junto a la de Anso, estilizada y plateada, con el emblema azul de la autoridad colonial en el costado.

Supe quién era antes de que bajara la rampa.

* * *

Neil Pryor subió por el camino hacia la casa de mi madre con un traje de lino planchado, polvo rojo en los zapatos y una sonrisa en la cara.

Detrás de él venían dos agentes de seguridad colonial cargando cajas. Y detrás de ellos, dos jóvenes más con monos de técnico y el emblema azul de la autoridad colonial en las mangas, que miraban la colonia como si nunca hubieran visto una.

—Delia. —Extendió las manos—. Gracias a Dios. Llevo días intentando localizarte.

—He estado en una nave de guerra sarovana. Tienen comunicaciones.

—Comunicaciones sin cifrar. —Su sonrisa no vaciló—. ¿Puedo sentarme?

No esperó a que le contestara. Se sentó en el escalón de debajo del mío, lo que le dejaba la cara más o menos a la altura de mis rodillas. Creo que pensaba que así parecía humilde.

—No te haré perder el tiempo —dijo—. Sé que estás enfadada conmigo. Tienes todo el derecho. Tomé una decisión difícil por el bien de las colonias, y la pagaste tú. Me ha tenido enfermo. —Se inclinó hacia mí—. Así que he venido a arreglarlo.

Sacó un documento doblado de la chaqueta y me lo tendió.

—Una anulación —dijo—. Según la ley colonial.

La autoridad la redactó esta mañana. Solo tienes que firmar.

El matrimonio se contrajo bajo coacción.

Cualquier tribunal colonial lo anularía en una tarde.

—Sonrió—. Serías libre, Delia. Podrías quedarte aquí.

En casa. Con tu hermano. Donde te corresponde.

No tomé el documento. Lo miré en su mano.

—¿Y el tratado?

—El tratado sigue en pie. Su tratado, su ley. Nosotros simplemente declinamos reconocer el matrimonio por nuestra parte. —Se encogió de hombros—. Que ellos se apañen con la suya.

—Según la ley sarovana, un matrimonio solo termina cuando uno de los cónyuges es declarado perjuro —dije despacio—. Si firmo esto, renuncio a un voto que pronuncié ante testigos. Para ellos, esa es la definición misma de perjurio. El tratado muere en el instante en que firme.

Durante un segundo, una fracción de segundo, se le escurrió la sonrisa.

—Su ley es muy antigua —dijo—. Las cosas se pueden interpretar.

—Ellos no las interpretan.